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martes, 26 de febrero de 2013

Sobre el origen de "nuestra lengua"

En su afán por hallar información fiable, científica y sólida a partir de la cual construir el argumento de su tesis, se encontró un texto de mediados del siglo pasado que sustentará, en parte, el discurso que está creando en torno al panhispanismo, nuestra lengua y la nueva política lingüística que afecta a los hispanohablantes y a hispanistas foráneos interesados. Escrito por Amado Alonso, un navarro bonaerense, pupilo del padre de la filología española, Ramón Menéndez Pidal, Estudios lingüísticos  Temas hispanoamericanos (1953) editado por Gredos, recoge de muy buena gana un planteamiento fundamental. 

A modo de registro del trabajo realizado hoy, a continuación se transcriben las primeras diez páginas de esa obra si no todavía vigente, al menos influyente.

Como ya es hora de dormir, corta y pega para dejar constancia...

"LA BASE LINGÜÍSTICA DEL ESPAÑOL AMERICANO

Castilla (Castella, “castillos”) fue la avanzada fortificada del reino cristiano de Oviedo, una pequeña región de la antigua Cantabria, erizada de castillos, con varios condes o gobernadores militares. Con Fernán González se unifican, se agrandan, y casi se independizan aquellos condados en el Gran Condado de Castilla. El lenguaje de aquel pequeño rincón era tan apartadizo como sus habitantes, rústico, tosco y de extrañas innovaciones, en doble oposición con el romance de los navarro-aragoneses y con el de los leoneses. Sobre todo, el contraste era fuerte con el hablar de la corte de Oviedo y luego de León, que había heredado la tradición culta de la corte visigótica.

En el siglo XI la dinastía navarra erige a Castilla en reino, y desde su primer rey se hace con la hegemonía de los reinos cristianos y con la dirección de la Reconquista.

La vida de los castellanos ha cambiado mucho en pocos años. Si antes eran gentes de frontera, ahora ocupan un territorio extenso y lleno de ciudades, pequeñas, pero ciudades al fin, y tienen su organización cortesana, y ya se cantan sus primeros poemas nacionales, y su nobleza, creciente con las hazañas y con las conquistas diarias, está desparramada por los antiguos solares. Aquel hablar disidente y tosco, antes usado por montañeses y rústicos, es ahora la lengua propia del estado más poderoso de toda la Península.

El idioma es compañero inseparable del género de vida de toda comunidad, a la vez su instrumento de coherencia y acción, su expresión y como la huella dactilar de su carácter. Las nuevas condiciones de vida traen al idioma castellano un nuevo sentido de cómo se debe hablar. Esto se acentúa en el siglo XII, cuando en Castilla, como en toda Europa, se desencadena un fuerte movimiento de secularización de la cultura, y más en el siglo siguiente, cuando Fernando III es Santo y su hijo Alfonso X el Sabio hacen del castellano el idioma oficial de la Cancillería, abandonando el latín, y echan las bases de la prosa castellana con las obras enciclopédicas y las traducciones que emprendieron y fomentaron.

Ya el castellano ha dejado de ser la lengua tosca de los arriscados fronterizos; ya su evolución no se cumple hacia una progresiva dialectización, sino que ahora, en el tono general de la lengua, en los caracteres de su funcionamiento y en la orientación de su desarrollo intervienen con peso creciente los caballeros, los letrados y cuantos sienten la dignidad de la cultura superior, y sobre todo, los escritores, que, por seguir y propagar ideales artísticos, son los que más empujan el idioma hacia modos de ser contrarios a los dialectales. Unos y otros fueron dando lentamente al idioma fijación y capacitación de instrumento literario.

Esta doble labor se continúa y prospera en los siglos siguientes, y se acelera desde la segunda mitad del siglo XV. Al llegar la época del Descubrimiento, el idioma ya está listo para que los poetas y escritores que lo usan edifiquen con él las más delicadas o magnificas construcciones artísticas. Si, ya sé que es lugar común entre los hispanistas decir que en la época de la conquista todavía no había alcanzado el idioma su mayoría de edad; pero eso es un espejismo: se piensa en la literatura “clásica” española, y como la vieja tradición escolar da al concepto de “clásico” el coeficiente de “perfecto”, entonces, naturalmente, lo que es diferente y anterior a lo perfecto resulta inmaduro, y lo que es diferente y posterior resulta degenerado o decadente: un “todavía no” y una “ya no”. Y sobre todo eso, la mayoría de los hispanistas hasta hace poco veían la sazón del clasicismo en el siglo XVII, en el genial Cervantes anciano, y sobre todo en el esplendor barroco presidido por Calderón. El siglo XVI era una magnifica antesala. Pero, con el idioma español que hablaban los súbditos de los Reyes Católicos, un Jorge Manrique compone sus |Coplas a la Muerte de su Padre, hoy mismo milagro de lozanía idiomática. En los días mismos del Descubrimiento se escribió La Celestina, y por los años de la conquista de México y del Perú, en la plenitud de Carlos V mozo, un genio anónimo revoluciona el arte de novelar con El Lazarillo de Tormes, Garcilaso llegaba en sus versos al colmo de la tersura idiomática, y Fray Antonio de Guevara subía la prosa artística a un grado tal de transparencia y a la vez de artificiosidad nunca ya sobrepasado, una prosa que enseño a escribir con arte, directa o indirectamente, a muchos escritores ingleses y franceses y que todavía resuena con algunos de sus procedimientos en los periodos de Mateo Alemán. Es más: el idioma de Guevara y de Garcilaso resulta más cercano a nuestro actual sentimiento lingüístico que el de Calderón, Quevedo y Góngora en el siglo siguiente. Los españoles hicieron después otras formas de estilo, pero otras formas no implican necesariamente formas mejores; en el hablar, los españoles olvidaron unas palabras y modismos e introdujeron otras y otros, el significado y el valor de otros pudo cambiar en el uso, pero eso que pasó en el siglo XVI respecto al XV y en el XVII respecto al XVI, pasa de necesidad siglo tras siglo, porque en la esencia misma del lenguaje vivo está el cambiar incesantemente. Y cambiar no es necesariamente mejorar ni empeorar. Ciertamente entonces se podía decir con igual legitimidad vanedad y vanidad, mesmo y mismo, traxo y truxo, y hoy solo se admiten vanidad, mismo y trajo; cierto también que la fijación de las formas es un índice de la educación idiomática de los hablantes, y que las formas no se han acabado de fijar hasta que ha habido un organismo fijador: la Academia, y una poderosa organización que imponga las fijaciones: la enseñanza pública, instituciones ambas modernas; pero, con todo, eso afecta a la aceptación social de unas  otras formas del idioma, no a su existencia y vigencia, y, sobre todo, si las formas no estaban fijadas en los días de Garcilaso y de Guevara, tampoco lo estaban en los de Cervantes y Lope. Cuando se dice que el idioma de los conquistadores, en comparación con el de un siglo después, era un lenguaje tosco y poco hecho, se dice una cosa muy repetida, pero que no tiene correspondencia con la historia.

El español anteclásico ¿base del americano?

Lo he leído en varios de los filólogos que se han ocupado del tema: que el español de América tiene por base el español anteclásico. Dos errores o confusiones son los responsables: el primero es de orden teórico-lingüístico, la confusión tan general entre “lengua” y “lengua literaria”, confusión combatida y acometida con todas armas desde hace medio siglo, pero que, al parecer, es inmortal. Lengua clásica es solamente la de las obras literarias que tengamos por clásicas, la cual, como todo lenguaje literario, es especial, una elevación del idioma por elaboración artística. El idioma hablado por la gente, por los aguadores y los obispos, por los oidores y los soldados, por los catedráticos y los bedeles, no es ni puede ser nunca clásico, y, por tanto, nunca puede ser anteclásico ni posclásico. El segundo error es de orden históricolingüístico, y es el pensar (¡que maravillosa precisión!) que el español que hoy se habla en la extensa América es un derivado concretamente del idioma que en 1492 trajeron los compañeros de Cristóbal Colón en la Pinta, la Niña y la Santa María. No hacemos caricatura; son esos mismos filólogos los que despejan la duda aclarando que el idioma base es el anteclásico “del siglo XV”. Como si la tripulación descubridora hubiera puesto en la Isabela o en la Española un huevo lingüístico, hubiera escondido un día en la tierra una invasora semilla lingüística que desde allí se hubiera ido extendiendo y multiplicando hasta cubrir las islas y los dos continentes. Esa tan extraña como autentica concepción implica que Bernal Díaz (1519-1522), Francisco Pizarro y sus 160 soldados conquistadores del Perú, Pedro de Mendoza y sus 1200 fundadores del primer Buenos Aires (1536), etc., tuvieron que abandonar su idioma del siglo XVI y volverse al del siglo XV que los Pinzones habían depositado en la Española. Y sin embargo, un minúsculo acierto hay en este descomunal error: en la isla Española, asiento primero de los españoles, el idioma adquirió o fijo algunos elementos que después se extendieron y naturalizaron por toda América; indigenismos, desde luego (maíz, canoa, ají, batata, hamaca, etc.), pero también voces patrimoniales con significado americano (por ejemplo, quebrada, estancia) y algunos de los marinerismos tan característicos del español americano (mazamorra, botar, halar, largarse). Pero claro que estos elementos antillanos en el español de las otras regiones americanas suman una parte mínima en la totalidad del sistema.

Del judeo-español sí que es la base el español del siglo XV, porque desde el siglo XV quedaron apartados los judíos de los demás españoles y desde entonces su hablar, my conservador, no participo de la evolución peninsular del idioma. Las colonias de América, en cambio, eran durante todo el siglo XVI una real prolongación de la España peninsular. Olas y olas de españoles iban a las colonias y renovaban cada año la sangre idiomática. Muchas iban y venían. Lo que era nuevo en la península saltaba al océano y en las colonias prendía como en su propio suelo: todos los barcos llevaban remesas de libros españoles; comedias de Lope se representaban en los teatros coloniales casi en seguida de su estreno madrileño; las modas de vestir cambiaban en América conforme cambiaban en España. El idioma también: no como una servil reproducción, sino como la forma americana que fue adquiriendo en su marcha natural el idioma que hablaban los españoles del siglo XVI, los de 1500 y los de 1600, y unos decenios del CVII. El español “anteclásico” no lo puede ser porque “clásico” es concepto de aplicación literaria; el español del siglo XV no lo es más que en el sentido perogrullesco de que precedió al del siglo XVI como el del siglo XIV precedió al del XV. En la época de la conquista y de la colonización, el lenguaje español del siglo XV, en lo que tenía del siglo XV y no del siglo XVI (en lo que ya había salido del uso), estaba tan pesado y muerto e inoperante como el lenguaje del siglo X. Lo pasado y caducado no se cuenta por la distancia temporal, sino por su condición de no pertenecer al sistema lingüístico vivo. No perduran en América, ni menos son su base, ni la pronunciación del siglo XV (cambiaba en el XVI), ni las formas verbales, ni las palabras ni las formas sintácticas que en España quedaron obsoletas en el siglo XVI.

El lenguaje de los andaluces ¿base del americano?

Los castellanos pueden confundir por su hablar a un hispanoamericano con un andaluz, nunca con un gallego ni con un aragonés. La impresión de andalucismo que los castellanos reciben es autentica; un hecho seguro. Pero tal impresión, en si objeto digna de estudio, no tiene justificación histórica. La impresión que los argentinos reciben de oír hablar a un castellano es la de que es agallegado; la impresión es verdadera, pero no tiene justificación histórico lingüística. El apoyo principal en la impresión argentina es la pronunciación castellana de la s; su timbre palatal da color a la percepción argentina entera de la pronunciación castellana, y como la s palatal es también característica de la pronunciación de los gallegos, tan abundantes en la Argentina, los castellanos (y los leoneses, navarros y aragoneses) quedan sentidos como gallegos o agallegados. Pero, a pesar de lo auténtico de la impresión, el castellano nada tiene de gallego ni de agallegado.

La impresión castellana del andalucismo americano se basa similarmente en dos rasgos principales de pronunciación: el seseo y el yeísmo. Pero el yeísmo esta documento antes en América que en España; el seseo, al revés, pero en América con proceso autóctono y además lingüísticamente heterogéneo con el andaluz. Ninguno de los dos se ha podido propagar desde Andalucía a América. Pero, además, es que esa impresión de semejanza se basa en el hablar de los andaluces cultos (muy desandaluzado, pero conservando el seseo y el yeísmo) y en el hablar de los viajeros americanos cultos (desregionalizado también, como todo hablar culto, pero no del seseo ni del yeísmo). Si se le quita al hablar de los andaluces y americanos la mayor parte de lo que de regionales tienen, dejándoles sin embargo a ambos el seseo y el yeísmo, es claro que se parecerán, y se parecerán tanto más cuando mas desandaluzado este el del americano. (NOTA AL PIE: El gran Hugo Schuchardt dijo que “el andaluz tiene la más grande semejanza con el lenguaje del pueblo bajo de Madrid” (Zeitschrift für romanische Philologie, V, 304), y no como creencia impresionista, sino como fruto de su análisis. Como para la impresión de los castellanos el seseo es rasgo decisivo, estos ponen a los madrileños aparte de los andaluces. Verdad es que además del seseo hay otros rasgos fonéticos, muchos e importantes, que separan a los madrileños de los andaluces, y por eso la afirmación de Schuchardt nos parece inexacta; pero, por análoga razón, lo mismo hay que pensar y afirmar de la supuesta semejanza entre andaluces y americanos).  El español culto de América es variadísimo en las distintas regiones y zonas, y en las que fueron las más importantes en los siglos coloniales no tiene nada de andaluz. Su español rústico (para atender a lo de más sabor regional) y el de los rústicos andaluces son todo lo antípodas que pueden ser dos dialectos de nuestro idioma. En otras partes, las Antillas, por ejemplo, son más cercanos, pero aun en estos dialectos tienen más semejanza el andaluz con el castellano y el antillano con el castellano que el antillano y el andaluz entre sí.

Históricamente tampoco está justificada la supuesta población de América por andaluces. Muchos fueron los colonizadores andaluces, pero no más que los castellanos. El predominio de los andaluces, se dice, se explica porque los puertos de Sevilla y Cádiz tenían el monopolio de las Indias. Se olvida que desde 1529 la Corona autorizo y legalizo la salida de barcos desde puertos del Cantábrico, salida que ya se venía haciendo antes. Parece además razonable que, si un castellano se sentía dispuesto a cruzar el Océano para emprender una nueva vida, no le iba a arredrar hacer por tierra el camino a Sevilla (si no embarcaba por el Norte). La opinión corriente no toma en cuenta que no podían existir en Andalucía andaluces suficientes para poblar todo lo que se les atribuye y además quedarse en Andalucía. La idea vulgar de su profusión pobladora se basa en un cómputo imposible, como el de los árabes muertos en Covadonga según la tradición, o como los millones de indios aniquilados en las Antillas por los españoles según el P. Las Casas. Yo tengo en cuenta, sobre todo, que el andalucismo del español de América se debe mantener, dejando de lado los argumentos impresionistas, con el análisis integral del sistema lingüístico (o, si se quiere reducir, del fonético) del español americano y del andaluz. Este análisis yo lo he hecho con todos los elementos a  mi alcance (nunca completos, sobre todo por la gran variedad regional tanto de lo andaluz como de los hispanoamericanos), y resulta que la única región donde existe alguna correspondencia plural es la de las Antillas y tierras costeras del Caribe.

Solo el Caribe coincide con Andalucía en algo más que el seseo y el yeísmo. La base del español americano no es el andaluz del siglo XVI en lo que tenia de disidente del castellano”.  (Págs. 7 a 16).

sábado, 23 de febrero de 2013

Palabras con "ch" y "ll"

Hasta ahora ha venido trabajando en un modelo de encuesta "piloto" que pretende administrar en algunos países hispanoparlantes con el fin de evaluar el uso de nuestra lengua según las normas académicas publicadas en 2010 por la Real Academia Española a través de la (¿eufemística?) Asociación de Academias de la Lengua Española, para poder sustentar un juicio teórico-critico en torno a la noción de panhispanismo en el siglo XXI. 

En su afán por demostrar que tales normas no obedecen a la realidad de la situación actual de esta lengua y por tanto la idea panhispánica parece estar más bien sustentada en un asunto económico-político en vez de en lo socio-cultural, estuvo buscando palabras que contuvieran, simultáneamente, los dígrafos "ch" y "ll". Encontró solo cuatro: "chillar", "ganchillo", "cuchillo" y "chiquilla". 

viernes, 22 de febrero de 2013

Del “señor Puig” al “haiga” (en torno al abuelo putativo o a cuestiones de Nuestralengua)

¿EXTRACTO DE "CUENTOS DE FAMILIA"?

El viejo, o Tito, era todo un personaje. De sastre pasó a ser auxiliar de administración en la destilería que ha producido uno de los mejores rones de Venezuela. José Alberto, su nombre de pila riocaribeña, hizo de las suyas mientras vivió sus más de setenta primaveras.
Una de las tantas anécdotas familiares que existen de él consiste en que cuando volvía a casa después del trabajo, hablaba de sus compañeros y de las experiencias cotidianas que le convenía. Así pudieron conocer sus familiares de un tal López Moro, de Toyita, del señor Puchi (según él mismo pronunciaba) y otros tantos cuyos rostros jamás conocieron.
Sin haber recibido educación formal, logró hacerse de un trabajo suficientemente estable para sacar adelante cuatro hijos ajenos que crió como suyos. Contaba con una red de amistades influyentes gracias a su adulante actitud, su excelente capacidad de persuasión (a punta de botellas de ron que cargaba en su automóvil) y su porte de galán con labia prodigiosa. Fértil no fue, pero cosechó lo suficiente para conducir un haiga Cougar color gris de asientos (rojos) y ventanas eléctricas, aire acondicionado con termómetro y luces indicadoras del cilindro de la cerradura de las puertas.
Pasó el tiempo y un día regresó a casa sin su carro. Aseguraba que se lo habían robado en la Caracas que entonces empezaba a convertirse en un santuario de malandros. Las malas lenguas dicen que en realidad lo había vendido y en una de sus artimañas para no dar explicaciones optó por llevarse su verdad a la tumba. Murió el día que desde siempre había dicho moriría...



Haiga: para quienes insisten que es una palabra que no existe es el nombre que recibía el coche de los Indianos (ciudadanos españoles de los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX que amasaron enormes fortunas tras el negocio de ultramar) caracterizado por ser de dimensiones muy grandes, de características ostentosas y de alto precio.

martes, 19 de febrero de 2013

¿Poeta yo?


Desde enero ha estado expuesto a “El giro pragmático en la teoría literaria hispánica”, a “Un enfoque estratégico del análisis del discurso”, a “El debate literario del siglo XVIII español”, a “Introducción a la métrica española”, a “Del rey Arturo a Don Quijote”, a “La representación dramática en la España del Siglo de Oro”, a “La edición crítica del texto literario”, a “La censura como fenómeno pragmático y lingüístico”, a “Edición y anotación de textos del Siglo de Oro”, a “Literatura y mercado editorial en la España del siglo XIX”, a “Análisis de la dramaturgia” y a “Cambios normativos recientes en el español actual”.

Consciente de su necesidad de hacer aportes mediante una propuesta critico-académica en pro de su formación y el mandato de hacer propuestas, se conecta por segunda vez -via Skype- con una de las referencias de las lenguas uruguayas y luego 92:55 minutos recibió finalmente la musa y siente anclar un pie a la tierra. Ergo escribe:

Satisfacción desde hace tiempo ida:
¿Cómo es que inundas de nuevo mi entusiasmo?
¿Será que antes, ingenuo y desconcentrado estuviste de partida?
¿O es que no supe que te hallabas dentro de mi “prevenida al bate”?

domingo, 17 de febrero de 2013

¿Privilegio con sabor a logro?

El Instituto de Lengua, Literatura y Antropología del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España es el sancta sanctorum* de la filología española. Ubicado en su relativamente nueva sede de la calle Albasanz de Madrid, es una institución de referencia que de algún modo marca la Escuela española de estudios filológicos. Aunque otrora ocupaba instalaciones en la exclusiva calle del Duque de Medinacelli ha sido siempre el lugar donde se congregan los doctus de las letras hispánicas. Es heredera de su fundador, Don Ramón Menéndez Pidal que a partir del famoso decreto real del 8 de marzo de 1910 dio espacio al Centro de Estudios Históricos para encargarse del sagrado deber de descubrir nuestra historia a partir de la edición critica de documentos históricos. Sus discípulos de la talla de Américo Castro, Tomás Navarro Tomás, Rafael Lapesa, Manuel Alvar han generado a su vez otra generación de especialistas como Miguel A. Garrido Gallardo, Domínguez Caparrós, Pérez Priego que son los que al final hoy en día se encargan de formar a las nuevas generaciones. 

Ha pasado mucha agua desde entonces. El nombre y la situación de la institución ha mutado (antes y durante un tiempo se llamó Instituto de Lengua Española), ha sido también interrumpida (cerrada por la dictadura franquista y forzada a repatriaciones que permitieron la formación de escuelas en Puerto Rico, México  Argentina, etc.), luego fue vuelta a inaugurar y como todo en esta vida de acuerdos siempre del timbo al tambo para hallar la manera de sobrevivir a los recortes presupuestarios y los designios de los personeros políticos. Gracias al trabajo de estos investigadores hoy en día se tiene referencia y se puede acceder a ediciones de El Cid, El Quijote, los relativos al Siglo de Oro, entre otros. En cualquier caso, tener la oportunidad de formarse ahí es un verdadero tesoro, pero lo más importante a sortear es encontrar una manera de ser reconocido, aceptado y promovido (bien calificado) en un trabajo de investigación que a simple vista no encaja del todo en esa corriente; hablamos de evidenciar científicamente la hegemonía de España sobre nuestra lengua a través de lo que han llamado política lingüística panhispánica. Lograr tan solo terminar una investigación en este sentido y aprobarla ha de ser ya un gran logro.

*se refiere al "espacio más sagrado del tabernáculo y del rey Salomón  en el cual se custodiaba el Arca de la Alianza, espacio pues, en el que solamente el Sumo Sacerdote" podía tener acceso. En el Antiguo Egipto esta expresión hacia referencia al lugar más sagrado, secreto y recóndito a donde únicamente el Faraón accedía; ergo y por extensión  el Sancta santorum ha quedado como el santuario más reservado y hasta secreto de los templos.

domingo, 10 de febrero de 2013

Canto-Terapia y más aprendizaje

En enero hizo una audición y fue aceptado en la Escuela Coral de Madrid. Luego lo incluyeron en el Coro de la Escuela. Un par de días a la semana, después de sus clases de filología hispánica, se lanza a los ensayos. A continuación el ensayo de un arreglo de un tango llamado "El Último Café", grabado en enero del 2013.  
Letra: Cátulo Castillo

Llega tu recuerdo en torbellino,
vuelve en el otoño a atardecer
miro la garúa, y mientras miro,
gira la cuchara de café.

Del último café
que tus labios con frío,
pidieron esa vez
con la voz de un suspiro.

Recuerdo tu desdén,
te evoco sin razón,
te escucho sin que estés.
"Lo nuestro terminó",
dijiste en un adiós
de azúcar y de hiel...

¡Lo mismo que el café,
que el amor, que el olvido!
Que el vértigo final
de un rencor sin porqué...

Y allí, con tu impiedad,
me vi morir de pie,
medí tu vanidad
y entonces comprendí mi soledad
sin para qué...

Llovía y te ofrecí, ¡el último café!

viernes, 8 de febrero de 2013

Homoioteleuton

Sigue registrando experiencias.

Aunque en retórica se le asocia con la similidesinencia, figura de repetición fonética (usada para dar rima [asonancia] en las prosas), esa palabra que titula este escrito, refiere también, desde un punto estrictamente crítico y asociándola a la edición crítica de textos, al error en el que incurrieron no pocas veces los escribientes de manuscritos medievales. Durante la semana que acaba de terminar lo tuvieron distraído este tipo de aprendizajes.

Pero claro, no solo es un asunto del medioevo. Todavía sucede y de hecho, en lo personal, es algo que le ha pasado en su trabajo de biblioteca pese a la tecnología de la que se dispone hoy en día.

El error de homoioteleuton es aquel que se presenta cuando un copista pasa un texto y da un salto al renglón siguiente donde aparece una palabra exacta (o parecida) a la otra que escribe. Es decir, al copiar un texto en que se lee, por ejemplo: “en la playa de Machurucuto todo estaba preparado…”, quien copia vuelca su mirada al texto que crea, separa su vista del original pero no se da cuenta que al volver a mirar continúa unas líneas más abajo de ese mismo enunciado y vuelve su atención a donde dice, por ejemplo “por eso, el desembarco de Machurucuto se supo al poco tiempo…”. Sin percatarse termina escribiendo el transcriptor, por descuido (falta de luz, frío, cansancio o simple agüevoneamiento, amén de cualquier motivo), “en la playa de Machurucuto se supo al poco tiempo” omitiendo una parte importante del texto original.

Según los eruditos este tipo de detalles ha sucedido muchas veces en la historia creando diferentes versiones e incongruencias de un mismo texto, introduciendo errores y modificando sentidos y concepciones. En cualquier caso, además de la duplografía (repetición) y la haplografía (comerse una sílaba, un segmento) el control de este tipo de detalles hacen mucha diferencia…