El viejo, o Tito, era todo un personaje. De sastre pasó a ser auxiliar de administración en la destilería que ha producido uno de los mejores rones de Venezuela. José Alberto, su nombre de pila riocaribeña, hizo de las suyas mientras vivió sus más de setenta primaveras.
Una de las tantas anécdotas familiares
que existen de él consiste en que cuando volvía a casa después del trabajo,
hablaba de sus compañeros y de las experiencias cotidianas que le convenía. Así
pudieron conocer sus familiares de un tal López Moro, de Toyita, del señor
Puchi (según él mismo pronunciaba) y otros tantos cuyos rostros jamás
conocieron.
Sin haber recibido educación formal,
logró hacerse de un trabajo suficientemente estable para sacar adelante cuatro
hijos ajenos que crió como suyos. Contaba con una red de amistades influyentes
gracias a su adulante actitud, su excelente capacidad de persuasión (a punta de
botellas de ron que cargaba en su automóvil) y su porte de galán con labia
prodigiosa. Fértil no fue, pero cosechó lo suficiente para conducir un haiga Cougar color gris de asientos (rojos)
y ventanas eléctricas, aire acondicionado con termómetro y luces indicadoras del
cilindro de la cerradura de las puertas.
Pasó el tiempo y un día regresó a casa sin su carro. Aseguraba que se lo habían robado en la Caracas que entonces empezaba a convertirse en un santuario de malandros. Las malas lenguas dicen que en realidad lo había vendido y en una de sus artimañas para no dar explicaciones optó por llevarse su verdad a la tumba. Murió el día que desde siempre había dicho moriría...
Pasó el tiempo y un día regresó a casa sin su carro. Aseguraba que se lo habían robado en la Caracas que entonces empezaba a convertirse en un santuario de malandros. Las malas lenguas dicen que en realidad lo había vendido y en una de sus artimañas para no dar explicaciones optó por llevarse su verdad a la tumba. Murió el día que desde siempre había dicho moriría...
Haiga: para quienes insisten que es
una palabra que no existe es el nombre que recibía el coche de los Indianos
(ciudadanos españoles de los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX que amasaron enormes
fortunas tras el negocio de ultramar) caracterizado por ser de dimensiones muy
grandes, de características ostentosas y de alto precio.
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