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lunes, 5 de mayo de 2014

"La influencia de España en Estados Unidos" aunque se escriba en viceversa

Hasta hoy estuvo tratando de darle forma a un argumento que no pudo culminar. Inconcluso envió el esbozo aunque siente, sabe, que hay mucho ellocutio y poco dispositio. 

A modo de introducción

Hablar de pactos, alianzas y tratados entre estados es algo absolutamente común. Relacionar la política exterior de Estados Unidos y España respecto a América Latina, y viceversa, tampoco es algo fuera de lo común. Es, de hecho, su escenario natural, desde la lógica anglo-eurocéntrica que estandariza los métodos de análisis, las elucubraciones teóricas, y parte de su propio empirismo para comprender, argumentar y definir lo ajeno. Ese estadio histórico que emerge entre una “civilización” y otra, entre un modelo diferenciado del castellano a partir de la lengua, el rito y las concepciones filosóficas respecto a las lógicas de sus sistemas de moral, luces y producción, en realidad, son más las coincidencias inoculadas mediante la tradición religiosa cristiana (bien sea católica o anglicana), barroca (Shakespeare y Cervantes), clasista y jerárquica (monarquías), egocéntricos (idem), etc.

La propuesta de este trabajo es introductoria. Mediante un recorrido fugaz que resalta la relación Estados Unidos – España con América Latina como espejo (causa – consecuencia) se propone una lectura que apunta hacia la coincidencia de intereses estatales y cuestiones personales, individuales de gobernantes (subjetivas) que luego del distanciamiento entre la guerra de 1898 el periodo entre guerras mundiales hicieron que tanto para Estados Unidos como para España resultara conveniente ese supuesto pacto implícito que deja verse al analizar el desarrollo de las relaciones hasta finales del siglo XX y los números de las Inversiones Directas (ID); queramos o no, las más influentes fuerzas que mueven los intereses.

El argumento demanda un manejo historiográfico muy preciso. Lejos de esa pretensión, se presentan referencias generales pero enmarcardas en la rigurosidad interpretativa, que no fuerza las lecturas, sino que enfatizando con citas, se plantea ese acuerdo Estados Unidos – España.

Para llegar al final del siglo XX y comienzos del XXI conviene repasar que de la Europa post medieval, multisápida, diversa, fueron tres las potencias que lograron adueñarse del “Nuevo Mundo”; quienes lo “descubrieron”, Gran Bretaña y en menor medida, Francia. Esa pugna inter potencias moduló tres corrientes, imaginarios, ideologías, constructos, que han son claves para interpretar esa evolución en las relaciones Estados Unidos - España y América Latina. Inicialmente desde Francia reivindican el latinoamericanismo apelando al vínculo galo con la raíz romance, latina, para justificar la incursión (el caso de Maximiliano en México es notable ejemplo) y dar más sentido a su acción en El Caribe y al norte del Golfo o sur de lo que hoy es Estados Unidos. Por otro lado, el transcurrir histórico presenta también a la noción hispanoamericanista, la primogénita que pudiera haber sido heredada del panhispanismo medieval entendido en Europa a partir de la expansión de las dinastías “castellanas” (que de ser visigodas, terminaron siendo germanas) pero que en la perspectiva de un territorio reconocido como Indias, tendría que ubicársele formalmente a partir del planteamiento constitucional republicano de La Pepa, en 1812, que reconocía a los españoles de un lado y otro del océano. Esa forma de concebir su grupo, su pueblo, su nación, evolucionó, lamentablemente a la sombra del tinte franquista, hacia un iberoamericanismo forzado, tomado por los pelos, que implica a Portugal como anzuelo para engatusar a Brasil en una idea que impulsa España pero que no coincide con las pretensiones hegemónicas del gigante del sur en la región ni tampoco con las alternativas de carácter populista, discurso reivindicador y revolucionarias en unas zonas del continente suramericano. El tercer constructo lo representa la posición anglo, que aunque impulsó en principio lo latinoamericano, después y precisamente con la doctrina Monroe (1823) dirigida de forma clara contra lo español al establecer el “América para los americanos”, la noción de panamericanidad y ahora interamericanidad capitalizó la influencia en la zona. Esos constructos pudiesen ser ampliados en otro apartado. Conviene iniciar esta reflexión a partir de estas “fuerzas invisibles” (para no utilizar a destiempo las teorías nyesianas) pues dentro de esos conceptos convergen un conjunto de valores e ideologías que representan y construyen los imaginarios, las realidades, y de alguna manera ilustran la argumentación en este texto.

La percepción general y la literatura a la que ha podido accederse confirman que entre los Estados Unidos de América y el Reino de España ha existido una relación vital, de amor y odio, simbiótica; que incluso ha llegado a expresarse, como primera frase de ese libro, que “de no haber sido por España, los Estados Unidos, tal como hoy los conocemos, tal vez nunca habrían existido” (Chislett, 2005:15).

No se pretende poner en duda los vínculos, pero resulta fundamental presentar nuevas narrativas menos extremas que fomenten esas relaciones que, según insiste en resaltarse desde España, se remontan al comienzo del siglo XVI, cuando Ponce de León atracó en las costas de Florida, reclamando la península para la Corona española en 1513. ¿Pero ese reclamo se hizo frente a los Estados Unidos? ¿Existía España entonces? ¿Estados Unidos? Claro que no, pero también se dice, que los miembros de aquellas expediciones que desde entonces empezaron a realizarse para adentrarse por esos parajes naturales (entendidos desde una perspectiva europea, como espacios vírgenes, naturales y “pueblos” sin civilización) fueron los primeros blancos en ver el Mississippi hacia el año 1539-40. Eran épocas en que Núñez Cabeza de Vaca exploraba el Golfo mexicano y atravesaba lo que ahora es Texas y cuando en 1565, Menéndez de Avilés funda San Agustín, que en términos estrictos es hoy la ciudad más antigua que ha sido habitada sin interrupción en los actuales Estados Unidos. Todo esos vínculos, que vale la pena “encursivar” por el matiz interpretativo a que son sensibles, se complementa con la interpretación al hecho, que también se destaca desde España, que consiste en sostener con dejo de supremacía indiscutible que sustenta el hecho histórico que para cuando llegaron los puritanos en el Mayflower a Plymouth (Massachussets), en 1620, el Imperio Español estaba ya más que consolidado.

Esta primera aproximación se podría metaforizar como un pantano discursivo en el que las mismas pretensiones pomposas y de alarde de la política exterior de la diada Estados Unidos-España es el mayor obstáculo que ha de sortearse. Los ímpetus de ambos estados tienden a alimentarse uno al otro y la información que se maneja y la premura misma de este análisis introductorio, tras un par de semanas de trabajo, complejiza la posibilidad de sostener el argumento inicial, ya que lo primero que se nota al estudiar las relaciones internacionales entre EE.UU. y España es la estigmatización y la fosilización de estereotipos y creencias de un lado y otro que cuando menos, denotan un profundo desconocimiento. “La relación con EE.UU. ha sido la gran desconocida para la población española durante decenios, que ha basado su conocimiento en imágenes preconcebidas o discursos políticos intencionados, desconociendo la realidad de una de las relaciones más importantes en término de política exterior desde hace más de 100 años” (García Cantalapiedra en Pereira, 2010: 441)

En la época de la Revolución Estadounidense (1775-1783), mas no “americana” como sostiene la literatura, la mayoría de las tierras ubicadas del oeste del río Mississippi hasta Canadá eran, cuando no territorios indígenas no doblegados, parte de Nueva España. Las relaciones internacionales en el teatro de operaciones del momento, la sociedad internacional pro viejo orden, el altibajo de las alianzas de España con Francia y el espíritu anti británico ayudaron para que el reino español tomara partido a favor de los rebeldes americanos; no tanto por apoyo a la causa independentista, que luego le salió como un tiro por la culata y se convirtió en cuchillo para el pescuezo español, sino por las viejas rencillas que tenía España contra los ingleses y la posibilidad que representaba la eventual recuperación de Jamaica y Gibraltar que para entonces ya controlaban los británicos.

El campo es amplísimo. Historias hay muchas. Precisamente en la búsqueda por aportar matiz a un debate que como la paradoja del huevo y la gallina trata de establecer causa-consecuencia con una dicotomía que no siempre se presenta o cumple, la intención con este trabajo es introducir algunas interpretaciones para sugerir que la existencia de un acuerdo entre Estados Unidos y España entre finales del siglo XX y comienzos del XXI que impulsó la inversión y la neo influencia de España en una región históricamente y culturalmente “española”.

Se presentan cifras de inversiones por un lado y por otro la lucha de esos constructos ideológicos, el cambio que impulsa lo iberoamericano, quizás algo más interamericano que hispano, lo interamericano, etc.; todo esto a la luz de que los organismos que sustentan la sociedad internacional actual han sido impulsados, modulados, fomentados y creados por los propios Estados Unidos; ONU, UE, etc.
Ese desconocimiento de Estados Unidos por España y viceversa que, valga decir, ha venido arreglándose paulatinamente, se intensifica después de la guerra generada a partir del “Maine”.

Los vínculos Estados Unidos - España durante los siglos XVIII y XIX

El periodo revolucionario estadounidense decantó el apoyo de España a la causa independentista. De esa participación, de la que resalta el venezolano Francisco de Miranda, antes de entrar en desgracia perseguido por la Inquisición, en la Batalla de Pensacola contra los ingleses a favor de la causa hispano-estadounidense. También el noble gobernador de Luisiana, Bernardo de Gálvez incluso antes de que su país declarara la guerra a Inglaterra, él ya había establecido contacto con los líderes patriotas garantizándoles que la navegación del Mississippi, clave para el aprovisionamiento de los ejércitos al norte, fuera hecha por el puerto de New Orleans solo por navíos españoles, estadounidenses y franceses. De hecho, otro de los hitos que reivindica España para exaltar su influencia/relación con Estados Unidos son los nombres de algunas ciudades. Galveston, el puerto al sur de lo que hoy es la ciudad de Houston, en Texas, se llama así en honor al antiguo gobernador de Luisiana. El estado de Nevada debe su nombre a la sierra penibética andaluza. El Key West dicen que es la derivación que hace un hablante inglés para decir “Cayo Hueso”, e incluso, se sostiene que el símbolo del dólar, aunque la palabra provenga del holandés-bajo alemán taler o daler proviene de una antigua nomenclatura dada al peso que usaba una “p” con una letra “s” de exponente (Chislett: 2005). Otro hecho importante que se resalta desde España es el hecho de que establecieron relaciones con Estados Unidos seis años antes que Gran Bretaña, en 1785 (y el primer tratado defensivo EE.UU.-España fue firmado diez años más tarde). No obstante, el reconocimiento de España a sus provincias emancipadas se dio muy diferentemente; a partir de 1810 se amplió el frente en Indias y no fue sino hasta Ayacucho, en 1824, cuando empezó a reconocerse lo que finalmente se acepta en la década de los setenta del largo siglo XIX. Cabe destacar que el primer Columbus Day del que se tiene registro que se haya celebrado en EE.UU., cosa que se le atribuye también a la influencia española, se celebró para conmemorar los 300 años, el 12 de octubre de 1792.

De esta manera, con la prestancia que se establece a partir de 1800 al utilizar un símbolo de origen español para representar lo que se convertía en la moneda más importante del mundo, el inicio oficial del siglo XIX traería hechos de mucha trascendencia para la consolidación del territorio de la unión. “En el Tratado Transcontinental de 1819 Estados Unidos obtuvo Florida, mientras que España, a cambio de la promesa de EE.UU. de no intervenir en México, reconoció la adquisición de Luisiana (1803) a Francia, acuerdo conocido como el Lousiana Purchase (compra de más de dos millones de kilómetros cuadrados desde el Mississippi hasta las Montañas Rocosas)” (Chislett: 2005: 17). En este caso vale acotar que luego de la guerra de 1848 entre EE.UU. y México, ahora independiente de España, lo que hoy es Texas, Nuevo México, Arizona y California pasaron a formar parte de Estados Unidos.  

La dinámica del poder hizo que España aceptara la firma de un conjunto de tratados (1848, 1852, 1869) que cedían casi sin rechistar los territorios españoles a la nación creciente. Sin embargo, el valor geoestratégico de Las Antillas hizo que no hubiera consenso en cuanto al control de Cuba y Puerto Rico. Esa noción del “Destino Manifiesto” expresado desde 1845 generaron presiones que dejarían en evidencia la incapacidad de una España mermada por todos los frentes de controlar sus posesiones en ultramar. De mediado de siglo XIX son las declaraciones del entonces presidente Teodoro Roosevelt en que la teoría imperialista cobraba fuerza, y precisamente el tiempo en que emerge la idea del Canal de Panamá y las semillas de cuando estalla ese supuesto saboteo que incendia el barco estadounidense en La Habana y que da justificación para declarar la guerra a España (cualquier similitud con el 9-11 y el derrumbamiento de las torres gemelas para declarar la guerra al terrorismo es pura coincidencia).

Lo valioso de resaltar es que con esa guerra de 1898 que duró pocos meses y que termina al ceder España el control sobre Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Guam y otras islas incluso para Alemania, fue garrafal para la moral española que venía batiéndose a sable casi un siglo entero luchando por mantener su imperio donde otrora no se ocultaba el sol. Ese revés “conllevó la aparición de una corriente de antiamericanismo que se repetiría a lo largo de los años, sobretodo en el tardofranquismo y la Transición hasta llegar a nuestro días” (García Cantalapiedra en Pereira, 2010: 443). Llama poderosamente la atención que para España, el proceso de emancipación de las colonias parece ser menos grave que la pérdida de 1898. La intelectualidad española tal divulgada en Hispanoamérica pareció no ser capaz de cernir la realidad. “La realidad es que la Independencia de la América hispana, a pesar de su trascendencia histórica, tuvo escasa resonancia en la sociedad y en los medios gubernamentales españoles en comparación con lo que sucedería más tarde en el caso de Cuba y Puerto Rico” cita a Fernández Almagro (Del Arenal: 2011: 18).

Siendo la guerra de 1898 la última confrontación bélica que España asume con una potencia, existe un swap, un intercambio y de España pasa Estados Unidos a ser la potencia colonial en un continente del que el nombre también fue usado en su favor. Amanecía el siglo XX con confirmada supremacía en El Caribe y Asia Oriental.

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Bibliografía:

CHISLETT, William (2005): España y Estados Unidos. En busca de redescubrimiento mutuo. Real Instituto Alcano de Estudios Internacionales y Estratégicos. Ariel: Barcelona.
CHISLETT, William (2003): La Inversión Española Directa en América Latina: Retos y Oportunidades. Real Instituto Alcano de Estudios Internacionales y Estratégicos Madrid.
DEL ARENAL, Celestino (2011): Política exterior de España y relaciones con América Latina. Fundación Carolina. Siglo XXI: Madrid.
PEREIRA, Juan Carlos (coord.) (2010): La política exterior de España. De 1800 hasta hoy. Planeta / Ariel: Barcelona. 2ª edición.

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