Sigo tratando de obtener la información, pero nada. "Las cosas de palacio van despacio", y desde marzo (formalmente hablando) no se consigue mucho...
Como no conviene despotricar y dar detalles, porque en esos casos se corre riesgo de ser clasificado de terrorista, valga este "post" como registro de lo que se viene tratando: compilar la info para el toque final de la tesina y la presentación en Cuenca de la semana de arriba.
En principio, una imagen elocuente que retoriza (por aquello del buen decir) sobre las decisiones asumidas tras la publicación de la Gramática de 2009...
De resto algunos tres textos. Un par, transcritos de documentos consultados en la biblioteca de la RAE, sobre el aporte de Bello y las ideas de "panespañol" en el trascendental año 1989, y una compilación de citas interesantes del libro El español en los flujos económicos internacionales.
Valga esta info para "multidisciplinar" el intento...
I. Memoria del Noveno Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española, San José de Costa Rica del 8 al 15 de octubre, 1989.
COMISIÓN II
Unidad y Defensa del Idioma Español
"El
Panespañol"
Academia
Salvadoreña de la Lengua Española
Salvador,
18 de agosto de 1989
Los
diferentes esfuerzos que en los últimos años se están haciendo en los países
hispanohablantes por recoger y valorar debidamente el tesoro de los aportes
léxicos regionales al español general han puesto de manifiesto la necesidad de
precisar la existencia y el contenido de un español general, llamado también
panespañol. No se piensa en un español de Madrid o de España como modelo sino en
un español que, habiéndose constituido como un fenómeno o una atmósfera
espiritual sobre todos los pueblos hispanohablantes, debe ser mirado por todos
estos pueblos como un modelo y como un punto de referencia para la
contrastividad, en el caso de los regionalismos.
Después de
esta afirmación fundamental, que consideramos no como una opinión sino como un
hecho histórico, nos oponemos a la tendencia de ciertos lexicógrafos que le dan
a los regionalismos una importancia demasiado emocional y casi política, en
detrimento del hecho más relevante de la unidad del idioma. Los regionalismos
deben considerarse como un aporte enriquecedor o imprescindible, pero no como
un enemigo o como una negación de la unidad espiritual del panespañol.
A continuación
proponemos un concepto de lo que se entiende por panespañol: Se entiende por panespañol el gran acervo lingüístico
de los términos de uso generalizado en España y en los demás países
hispanohablantes y de los conceptos esenciales que, contenidos en ese léxico,
constituyen el tesoro de la cultura hispánica y son un lazo de unión entre los
pueblos hispanoamericanos y una prueba viva y permanente de que el panespañol
existe como una unidad espiritual. (Pág 100)
II. "Aportación del Pensamiento Gramatical de Bello"
Luis
Quiroga Torrealba -Academia
Venezolana de la Lengua Española
Ramón
Trujillo, en su Edición Crítica de la Gramática
de la Lengua Castellana de Andrés Bello, da cuenta de las varias revisiones
que llegó a realizar nuestro autor a las diferentes ediciones de su obra,
aparecidas hasta 1860. Llega a precisar Trujillo, a partir de los cambios que
observa como resultado de tales revisiones de Bello, “los fundamentos
ideológicos que parecen haber orientado el conjunto principal de esas alteraciones
desde el primer texto de 1847”.
Al señalar
estos fundamentos, se refiere Trujillo, particularmente, a la desconfianza con
que rechaza Bello el criterio semántico en la delimitación de las unidades de
la lengua; a su preferencia por la descripción formal para explicar el
mecanismo y funcionamiento gramatical; y a su oposición para aceptar el
criterio logicista y el latinizante, incompatibles con una consecuente posición
suya frente “al influjo de las explicaciones e interpretaciones historicistas
de los hechos gramaticales”.
Fueron tales
principios o fundamentos los que, continuamente revisados, pero siempre
corregidos y sistemáticamente superados, supo exponer y sustentar Andrés Bello
a lo largo del desarrollo de su pensamiento gramatical. Fueron ellos también los
que desde su perspectiva lingüística universal, enmarcada en un amplio y
concienzudo conocimiento del castellano, sentaron las bases para el estudio realmente
científico y moderno de nuestra lengua, desde su Gramática llegó a alcanzar alguna trascendencia y desde que pudo
ser reconocida esa maestría suya para la adecuada descripción de los valores de
las formas gramaticales. Todo lo cual tendría que haber ocurrido desde esa
misma época en que, justamente -como diría Amado Alonso-, llegaría a
constituirse en ciencia el estudio del lenguaje.
Sobre esos
principios, ya plenamente analizados por Ramón Trujillo, queremos agregar ahora
nuestros comentarios, circunscribiéndonos en esta ocasión a uno de los aspectos
señalados en el Tema IV de este Congreso. Nos atenemos, en la exposición, al
orden en que hemos resumido las referencias de Trujillo.
1. El criterio semántico de Bello. Ciertamente,
Bello desconfía de las definiciones semánticas; y en algunos pasajes de su Gramática da razones no tanto para
evitarlas como para rechazarlas y criticarlas. Sus puntos de vista, sin embargo,
no podrían considerarse invariablemente negativos ante ningún criterio
semántico que pudiera conducir a una deslinde categorial correcto de las unidades
significativas del lenguaje. Su oposición
en este aspecto se manifiesta particularmente hacia la generalizada
actitud de los gramáticos de la época de definir esas categorías sin llegar a
tener en cuenta una distinción precisa entre los planos que conforman la
funcionalidad de la lengua desde el punto de vista lingüístico, lógico y ontológico.
Tiene muy en cuenta Bello las semejanzas de significado que estas categorías
presentan en relación con la realidad objetiva o natural; y sabe también, por
ello, tomar las debidas precauciones para diferenciarlas delimitando acertadamente
sus variadas correspondencias.
Esa actitud
suya de asegurarse de un criterio rigurosamente lingüístico para dar con las
entidades verbales, lo lleva a la convicción de sostener invariablemente el
principio de que todo estudio o análisis gramatical de una lengua ha de tener
como fin explicar los usos de la misma. Puesto que “el uso -afirma- no puede
exponerse con exactitud y fidelidad sino analizando, desenvolviendo los
principios verdaderos que los dirigen”. De allí esta decisiva conclusión suya cuando
procede a justificar el criterio a que se ha atenido para clasificar las
palabras: “A este uso, pues, han de referirse y acomodarse las diferentes
clases de palabras, de manera que cada clase se distinga de las otras por las
funcione peculiares que desempeñan en el razonamiento”. A lo que agrega además
la necesidad imprescindible de que “los varios miembros de la clasificación no
se comprendan unos a otros”.
Se trata,
pues, de establecer esas unidades evitando toda interferencia de los planos del
significado, y distinguiéndolas en pleno funcionamiento de la lengua, o en sus usos.
Eso es, no sólo en la forma de articularse y de funcionar mediante unas determinadas
reglas de combinación, sino ajustándose también a un orden jerárquico de ideas
(semántico) en el acto mismo de expresar el pensamiento. Es lo que en nuestros
días encontramos acertadamente expuesto en tesis como la de Eugenio Coseriu.
2. Las descripciones formales. Ha señalado
Trujillo que Bello tiene preferencia por la descripción, es decir, “ajustada a
los comportamiento rigurosamente comprobantes del mecanismo gramatical”.
Y en ésta,
precisamente, la finalidad de las descripciones gramaticales: “Las categorías
de la gramática son necesariamente formales”, ha expresado también Coseriu; y por
eso la función de la gramática es siempre descriptiva y caracterizadora. A ello
se atuvo Bello al aplicar, en sus análisis, el criterio lingüístico que lo
guiaba. Fue preocupación constante suya la de identificar y distinguir las
categorías gramaticales por medio de sus rasgos formales caracterizadores. En este
sentido se detuvo asiduamente a analizar las unidades morfémicas,
instrumentales, de nuestra lengua en función de un deslinde riguroso de las
partes del discurso. Apuntaba, por ejemplo:
“La clase a
que pertenece el sustantivo, según la terminación del adjetivo con que se
construya, cuando éste tiene dos en cada número, se llama género”. “El atributo
(predicado) varía de forma, según el sujeto significa unidad o pluralidad, o en
otros términos, según el sujeto está en número singular o plural”. “El verbo en
una clase de palabras que significan el atribuyo de la proposición, indicando
justamente la persona y número del sujeto, el tiempo y modo del atributo”.
Para
afrontar su análisis Bello no parecía desconocer, como se ve, los procedimientos
paradigmáticos y sintagmáticos, más tarde descubiertos por Saussure; y de los
que, como intuitivamente, echaba mano con no pocas ventajas y con real
provecho. Caracterizar el modo verbal mediante sus rasgos gramaticales, fue una
prueba de ello. De una parte, en la manera de especificarlo sintagmáticamente:
“Llámase modo las inflexiones del verbo en cuanto provienen de la influencia o
régimen de una palabra o frase a que esté o pueda estar subordinado el verbo”;
y de otra, por el criterio “conmutativo” al determinarlo paradigmáticamente:
“Las inflexiones verbales que son regidas por una palabra o frase dada en
circunstancias iguales o que solo varían en cuanto a las ideas de persona,
número y tiempo, pertenecen a un modo idéntico”. Es el mismo punto de vista que
sustenta al clasificar al artículo dentro de los adjetivos y el pronombre
personal en el grupo de los sustantivos.
Pero el
análisis formal no deja de utilizarse, de otro lado, como un procedimiento
definidor o actualizador de ciertas categorías. La función semántica que tienen
para Bello los sustantivos propios, por ejemplo, es de características
individualizadora con respecto a la persona u objeto que designan; de allí que
los considere como una especie de unidad categorial autodeterminada (“Nada más
personal ni determinado que los nombres propios…” -ha dicho de ellos). Pues
bien, esa individualización funcional de estos sustantivos está sujeta, para nuestro
gramático, a la relación formal que pueda manifestarse entre ellos mediante la
oposición ausencia/presencia del artículo definido.
3. Posición ante el logicismo gramatical.
El logicismo de Bello se halla vinculado, naturalmente, a su posición
filosófica; es decir, al criterio racionalista -empirista que predomina, particularmente,
en los años de su formación intelectual, y que luego influyera decididamente en
sus obras. Estas ideas inspiraron, como se sabe, su obra juvenil dedicada al
análisis de los tiempos verbales; y no dejaron, indudablemente, de constituirse
en puntos de referencia permanente, aunque sustancialmente moderados, para el
desarrollo de la doctrina lingüística en la que ulteriormente fundamentara la obra
gramatical de su madurez. Como lo ha demostrado Arturo Ardao, privó en Bello la
preocupación de aplicar sus puntos de vista filosóficos solo a los aspectos en
que aquéllos pudieran conciliarse con la teoría gramatical específica de una lengua particular; como, en
su caso lo hiciera con la española. Por lo que rehuyó siempre la actitud, en
prédica constante, de atenerse de manera radical a las ideas directrices de las
gramáticas generales o filosóficas, que entonces señoreaban.
En este
sentido, fue siempre Bello consecuente con su tesis de hallar o entrever en las
relaciones de pensamiento y lenguaje, solo las necesarias, es decir, las que
permitieran explicar rigurosamente el mecanismo de los usos de la lengua. Así
procedió en sus ensayos de juventud al someter a fórmulas precisas el
significado de las inflexiones del verbo; y fue esta también su posición en sus
reflexiones posteriores sobre la naturaleza de los signos del lenguaje. Ha sido
así como, al analizar su funcionamiento, ha sabido diferenciar en ellos sus
valores específicos en cada uno de los planos o campos del significado: o bien
al distinguir aquellos que pudieran derivarse de las leyes a que está sometido
el pensamiento; o al identificar los que caracterizan al propio al propio signo
por la inherente capacidad de sus funciones.
4. El criterio historicista. No siempre llegó
a evitar Bello la explicación diacrónica. Lo ha hecho, limitadamente, al dar cuenta
de ciertas formas particulares de la lengua española, que ya Amado Alonso ha
destacado. Estos casos, sin embargo, quedaron reducidos solo a algunas
estructuras morfémicas (entre ellas, los denominados demostrativos), en las que quiso halar, diacrónicamente,
determinadas analogías. De lo contrario, nuestro gramático fijó siempre
doctrina para rechazar la revisión historicista como explicación de rigor
gramatical. Actuó en esto con aguda crítica; sobre todo al saber concebir y
estimar la condición de inmanencia y conformación propia de los hechos del
lenguaje, dentro de una bien definida posición sincrónica.
Ya la misma
definición de idioma que Bello estampa en su Prólogo anticipa, en este sentido,
y en admirable coincidencia de términos -como ha dicho Amado Alonso- la
definición de lengua de Ferdinand de Saussure: “el habla de un pueblo es un sistema artificial de signos, que bajo
muchos respectos se diferencia de los otros sitemas de la misma especie”. A
lo que agrega, con acertado criterio, y como consecuencia de esta
caracterizadora distinción, un justo deslinde de la conformación sincrónica de
la lengua: “De que se sigue -afirma- que cada lengua tiene su teoría particular,
su gramática. No debemos, pues, aplicar indistintamente a un idioma los
principios, los términos, las analogías en que se resumen bien o mal las
prácticas de otros. Esta misma palabra idioma
está diciendo que cada lengua tiene su genio, su fisionomía, sus giros; y mal
desempeñaría su oficio el gramático que explicando la suya se limitara a lo que
ella tuviese de común con otra, o (todavía peor) que supusiera semejanzas donde
no hubiese más que diferencias, y diferencias importantes, radicales. Una cosa
es la gramática general, y otra la gramática de un idioma dado: una cosa
comparar entre sí dos idiomas, y otra considerar un idioma como es en sí
mismo”.
Punto de
vista éste que parece advertir la presencia del análisis comparado y el
histórico, que para entonces inician ya su infujo; y ante los que solo faltaba
el pertinente señalamiento del lugar que, con respecto a ellos, habría de tomar
el análisis sincrónico. Señalamiento que, con completa certidumbre de su significado,
valor y vigencia, ya reparamos también en uno u otro pasaje de la obra de
Bello; como en los siguientes:
“…Desde que
la elipsis se hace genial de la lengua, y preferible a la expresión completa,
las palabras entre las cuales media contraen un vínculo natural y directo entre
sí. La palabra tácitamente; deja de haber elipsis. La elipsis pertenece
entonces a los antecedentes históricos de la lengua, no a su estado actual”.
“¿Y qué
diremos de una teoría que no se adapta a lo que es hoy la lengua sino a lo que
se supone que fue?”. “Ver en las palabras lo que bien o mal se supone que
fueron y no lo que son, no es hacer gramática de una lengua sino su historia”.
No podía
hablarse, pues, de otra manera de la valide e importancia del pensamiento
gramatical de Bello en cuanto a lo que ha significado para el conocimiento y
estudio de la lengua castellana, si ella ya se asienta en el rigor metódico de
los principios y procedimientos en que habría de sustentarse la lingüística
contemporánea.
III. JIMÉNEZ, Juan Carlos y Aránzazu
NARBONA (2012): El español en los flujos
económicos internacionales. Madrid: Ariel/Fundación Telefónica
El libro está dividido en siete
capítulos, en 265 páginas. Se incluyen algunas citas de los primeros dos capítulos.
C1 Introducción
C2 El PIB del español en mundo: un ancho mercado común
C3 Lengua y distancia
C4 Los modelos de gravedad aplicados al estudio de los flujos
económicos
C5 El español en el comercio internacional
C6 El español en los flujos de inversión directa extranjera
C7 Recapitulación: El español como instrumento de la
internacionalización
C1 Introducción
La lengua es, ante todo, un
instrumento de comunicación. Su función más primigenia es servir como sistema
de interrelación entre los seres humanos. Desde el puntos de vista de la
economía: la posibilidad, como ya intuyó Adam Smith hace más de dos siglos, de
especializarse y comercializar.
Al preguntarse por “el
principio que motiva la división del trabajo”, Adam Smith concluyó que es la
consecuencia de “la propensión a permutar, cambiar y negociar una cosa por
otra”; una propensión que, a su vez, “como parece más probable, es la
consecuencia de las facultades discursivas y del lenguaje”. La lengua, por
tanto, es lo que distingue al ser humano del resto de las criaturas: es lo que
le permite cooperar, comerciar y, de ahí, especializarse (p.9)
Hubo que esperar casi dos
siglos para que un notable económetra, Jacob Marschak (1965), definiera el
lengua (“la lengua, oral o escrita”) como “el más desarrollado sistema de
comunicaciones entre las organizaciones humanas”: un medio de intercambio, una
especie de moneda única cuyo uso reduce los costes de transacción. Aunque la
contribución germinal de Marschak haya dado pie…al desarrollo de un campo
científico denominado “Economía de la lengua”…, lo cierto es que a la lengua le
ha costado abrirse camino dentro de los causes del análisis económico.
Su carácter intangible le ha
hecho comúnmente invisible al análisis económico. Pero hay otras razones. La
economía neoclásica -y, con ella, la corriente central del pensamiento económico-
se ha construido, desde hace siglo y medio, sobre la base de tres grandes
factores productivos: capital, trabajo y tecnología. Y la lengua encaja
difícilmente en este esquema analítico.
Por un lado, la lengua es, ante
todo, una tecnología social de
comunicación, si bien ha sido vasta comúnmente, por decirlo de un modo
actual, como una especie de software
libre, sin costes -aunque sí los tiene de acceso- y, por tanto, sin retribución
específica dentro del producto (esto es, del PIB, totémica medida de lo que
vale y lo que no en economía). (p.10)
Por otro lado, la lengua, en
tanto que destreza comunicativa, es parte del capital humano, y, por tanto, del factor trabajo tal y como hoy se
concibe: de este modo, el conocimiento de varias lenguas -o el buen uso de una-
se monetiza en el mercado de trabajo, al igual que lo hace cualquier otra
habilidad educativa.
La lengua también contribuye a
la formación de capital: pero no del capital físico, en la concepción neoclásica,
sino del capital social, ese “pegamento
social” -en la acepción de Robert J. Putnam (2000)- en forma de redes de
relación y lazos de confianza que tanto contribuye al crecimiento, como se
reconoce cada vez más ampliamente en la literatura, aunque siga siendo en todas
sus facetas -y, por supuesto, en esta de la lengua- tan difícil de cuantificar.
Edward P. Lazaer (1999) ha
sostenido que “una cultura y un lenguaje comunes facilitan el comercio entre
los individuos”, lo que hace que éstos “tengan incentivos para aprender otras
lenguas y culturas con el objetivo de tener así
mayor conjunto de potenciales socios comerciales”. Que la lengua -una
lengua común- tiene valor económico como factor de aproximación y, por tanto,
de intercambio y de creación de riqueza, parece fuera de toda duda. De igual
modo que empobrece no contar con ella. Bien lo sabe cualquier inmigrante que
llega a un país de lengua diferente y sufre, al menos hasta que la domina, la
“sanción” económica, en el acceso al empleo o en forma de menores salarios, que
conlleva su desconocimiento (José Antonio Alonso y Rodolfo Gutiérrez, 2010).
(p.11)
“Una lengua común provee una
herramienta de comunicación y permite, igualmente, un mejor conocimiento de las
normas culturales, en la medida en que una lengua refleja diversos aspectos de
la cultura. A través tanto de la comunicación directa como de los canales
culturales, una lengua común contribuye a facilitar el comercio entre los
países y el desarrollo de proyectos conjuntos […] La comunicación personal
también afecta la inversión directa extranjera, debido a que reduce la
asimetría de información entre los interlocutores nacionales y extranjeros (…)”
(OCDE, 2008)
Algunos autores, como Krishna S.
Dhir (2005), han buscado el paralelismo entre una lengua y una moneda común,
atribuyéndole a aquélla las tres funciones tradicionales de ésta: medio de cambio (en este caso, de
intercambio, de comunicación), depósito
de valor (de un intangible que conforma la identidad de los pueblos) y unidad de cuenta (de traducción en signos
orales o escritos de la creación científica o cultural). La analogía entre un idioma
común y una moneda común, traída anteriormente a colación por Jack Carr (1985)
con otros fines interpretativos -demostrar la tendencia al monopolio que tienen
todos los idiomas-, ilumina una vía de análisis para el estudio de los
beneficios económicos de la lengua, en la medida, sobre todo, en que un idioma
común elimina, como una moneda común, una parte de los costes de transacción de
todo intercambio (Breton, 1998; Reksulak, Shughart y Tollison, 2004). (p.12)
Las tres grandes funciones económicas que se le pueden
asignar, en principio, a una lengua:
· Primero, como destreza
o herramienta de comunicación social:
de hecho, como la más antigua y poderosa tecnología de comunicación social con
que ha contando el ser humano.
· Segundo, como elemento
identitario: la lengua constituye igualmente un atributo de identidad
colectiva y un factor de socialización que condiciona el estatus socioeconómico
de los individuos y ayuda a extender los lazos de confianza entre estos.
· Y, tercero, como soporte
creativo, como gran “materia prima del conocimiento” que se plasma en múltiples
manifestaciones intelectuales y artísticas y, en última instancia, en todo un
conjunto de industrias culturales. (p.13)
El poder económico de una lengua
común -creciente con el número de sus hablantes- se deriva básicamente de tres cualidades económicas de ésta que
potencian los intercambios (José Luis García Delgado, José Antonio Alonso y Juan
Carlos Jiménez, 2008):
· * En primer lugar, como bien
de club que difunde externalidades de
red (acumulados efectos indirectos sobre terceros que no son contemplados
en la función de decisión de quien los genera) y permite, con ello, multiplicar
el potencial comunicativo de una colectidad.
· * En segundo lugar, la lengua como reductora de los costes de transacción (aquellos en los
que incurren los agentes para formalizar y cumplir los contratos, expresos o tácitos,
sobre os que se fundamente la actividad económica), al modo en que lo hace una
moneda común o el levantamiento de una barrer comercial.
· * Y, tercero, aunque
no deje de ser una faceta de la cualidad anterior, como amortiguadora de la distancia psicológica entre los
mercados, un concepto que remite a la Escuela de Upssala: compartir una lengua,
compendio muchas veces de otras afinidades culturales e históricas, es un factor
explicativo de la implantación, directa o comercial, de las empresas en otros
mercados y de los propios movimientos migratorios, tan sensibles también a las
posibilidades de inserción en el país de acogida. (p.14)
Ante la pregunta de “cuánto vale una lengua” es fundamental seguir
el consejo machadiano de no confundir neciamente valor y precio. Porque la lengua
es un bien muy complejo, cuyo valor no siempre pasa por el mercado; es más, en raras ocasiones lo hace. En muchas
de sus facetas, no tiene un precio explícito, y, en las que sí lo tiene, éste no
suele reflejar todo lo que vale para el conjunto de la sociedad. La lengua es
un bien del que disfrutamos sin pagar -una vez que hemos accedido a su conocimiento,
muchas veces, como sucede con la lengua materna, con un coste sólo tácito, o muy
difuso-, que no se desgasta con el uso, antes al contrario, y tanto más útil, y
por tanto valioso, cuanto más personas lo compartan. Es, ante todo, un bien público de club, cuya valoración privada
y social no coincide. No es, en todo caso, un bien libre, como el aire o la luz del sol: aunque no tiene, como estos,
costes de producción, sí los tiene de acceso.
Pero, en cierto modo, tratar de medir su valor a través de los precios de
mercado de los productos que incorporan lengua
sería como valorar la luz del sol a través del precio de la energía obtenida en
paneles, como si éste fuera todo su valor económico, por más que se le sumase
el ahorro diurno de consumo eléctrico en iluminación que el astro evita. (p.15)
El valor económico de una lengua
-y el del español que aquí más nos interesa- requiere, pues, un plano de análisis
más plural que singular, en tanto que
una lengua común encierra muchos “valores”, tantos como facetas, y esto no es
reductible a una simple magnitud escalar, a un número mágico (sea éste el
célebre “15% del PIB”, o cualquier otro), que siempre será reflejo de unos
limitados instrumentos de medida. Un enfoque más dinámico y relativo que
estático, por cuanto todas las lenguas “valen”, y lo verdaderamente crucial es
dilucidar cuánto aporta -como plus- una lengua al crecimiento de las magnitudes
económicas, y cuánto puede hacerlo en el futuro si se saben aprovechar sus
ventajas. Y más internacional que sólo
nacional, en la medida en que las lenguas conforman condominios lingüísticos de
dimensión transnacional, y es en los intercambios entre países donde se manifiesta
más claramente su valor, y la ventaja de unas lenguas sobre otras.
Darle a la lengua un valor
económico reflejado en una única cifra es, sin duda, una entelequia. Las
lenguas son vehículos de comunicación interpersonal y, como tales, puede
decirse que toda la actividad económica depende de ellas. El equipo encabezado
por Ángel Martín Municio (2003) cifró en el 15% del PIB el valor del español
incorporado en los bienes y servicios producidos cada año, cálculo que ha sido recientemente
refrendado al alza en el nuevo estudio de Francisco Javier Girón y Agustín
Cañada (2009). Pero ésta es sólo una de las facetas en que puede valorarse un
idioma. De hecho, si lo que interesa es conocer el valor diferencial del español como gran lengua de comunicación
internacional hay que acudir al estudio de sus efectos multiplicadores sobre los
grandes flujos migratorios, comerciales y de capitales. (p.16)
C2 El PIB DEL
ESPAÑO: UN ANCHO MERCADO COMÚN
Donde hay una lengua común, hay
un mercado también común (desde luego, comunicado),
como el que ayudan a conformar -de un modo más reconocido- una moneda única o
un espacio económico sin barreras comerciales. Otra cosa es que la economía no
lo haya tenido expresamente en cuenta; esto es, que no lo haya incorporado a sus
modelos, al menos hasta ahora.
EL “PIB DEL ESPAÑOL”
En una red de interacciones lo
que cuenta, en primer lugar, es el número de nodos que la componen. En el caso
de la lengua, esa primera medida de tamaño viene dada por el número de sus
hablantes; por dos motivos: uno es el factor multiplicativo, de carácter potencial,
que tiene cada nuevo individuo que se incorpora a una red de hablantes. El
cálculo es sencillo: en una comunidad lingüística de n individuos las posibilidades de interacción binaria, es decir, entre
cada dos de ellos, es de n(n-1); con
lo que cada individuo añade 2n potenciales
interacciones. Otra razón, sumada a esta, es la capacidad de la lengua para
generar lo que en economía se llaman externalidades
de red: acumulados efectos indirectos sobre terceros -en el caso de la
lengua, casi todos positivos- que no son contemplados en la función de decisión
de quien los genera, lo que hace que la utilidad que un usuario dado obtiene de
un bien dependa de forma creciente del número de otros usuarios que están en la
misma red. Este rasgo confiere a la lengua el carácter de bien de club (o supercolectivo),
e implica que el valor de pertenecer a un grupo lingüístico -a un “club”; el
del español- aumenta con el número de sus “socios”. (p.22)
Hay un segundo e importantísimo
factor, además del puramente demográfico, que tiene que ver con la intensidad
potencial de esas interacciones. Cuando se habla de potencia económica, es la
renta, la capacidad de compra de los
hablantes, lo que multiplica de verdad los intercambios, las transacciones
mutuas. Un mercado puede ser amplio por el número de los que concurren a él,
pero lo que lo dota de profundidad y de auténtica magnitud son las cantidades y
el volumen de las transacciones, que dependen, más bien, de la renta de los
concurrentes. Cabe incluso introducir un tercer elemento, complementario de los
anteriores, que ayuda a percibir la auténtica medida del valor de una lengua:
su carácter internacional. Desde este punto de vista, el español puede
calificarse como segunda lengua internacional de relación; tras el inglés,
claro, pero por delante del chino, al que aventaja en cosmopolitismo. La prueba
está en la pujanza del español como “segunda lengua” preferida de aprendizaje
en todo el mundo, con Europa y Estados Unidos a la cabeza.
Si el número de hablantes
señala la anchura del mercado abierto
por una lengua común, la capacidad de compra de estos es lo que determina su profundidad. (p.23)
El carácter compacto o disperso
del condominio lingüístico de que se trate, por cuanto la comunidad de lengua
es un factor de aproximación intangible, y solo virtual, que puede tener en la
distancia física (o geodésica) una barrera limitativa que impida, o reduzca
drásticamente, la materialización de sus ventajas (por más que el desarrollo de
las comunicaciones haya convertido este factor, en buena medida, en
secundario).
La lengua, en suma, puede
acortar distancias, pero no suprimirlas; y puede ayudar a saltar las fronteras
económicas, pero no derribarlas sin más. Subráyese, de momento, que el español,
como lengua, hoy, americana, se
distribuye de un modo relativamente compacto sobre el territorio de este
continente, y eso es una ventaja; pero entre países con frecuentes carencias de
desarrollo y cuya integración económica -como el grado de calidad institucional
que condiciona igualmente los flujos económicos de todo tipo- está, en general,
lejos de ser satisfactoria. (p.24)
La parte fundamental del
condominio hispano se corresponde con el grupo de dominio nativo. La razón es
que el español es hablado por casi el 97%. En Paraguay, donde poco más de dos
tercios de los habitantes domina el español, y Bolivia, Guatemala y Perú, con
proporciones en torno al 87%, debido también a la importante presencia de
lenguas indígenas. Por encima está Guinea Ecuatorial, cuyo cociente de
hispanohablantes se sitúa en torno al 90% de la población. En el resto de los
países, lo común es que roce o supere el 99%. (p.27)
He aquí, pues, un primer e importante rasgo de
la cartografía del español descrita por Moreno y Otero: su compactibilidad geográfica. El condominio del español no solo goza
del continuum de 19 repúblicas a lo
largo del subcontinente americano, sino que, además, a diferencia de otras lenguas
más diseminadas, es, casi, sin excepción y abrumadoramente, la lengua vehicular
utilizada por (…) los habitantes que pueblan los territorios en que es lengua
oficial. A esta característica se le une otra, muy importante desde el punto de
vista lingüístico -y económico-, en comparación con otras grandes lenguas del
mundo: su relativa homogeneidad, con
muy altos grados de comunicatividad -posibilidad de entendimiento mutuo-, y muy
bajos de diversidad a lo largo de todo el condominio hispánico, lo que no es
incompatible con una amplia convivencia con otras lenguas. Una gran “unidad lingüística”,
fruto en gran parte de la continuada labor de las Academias a uno y otro lado
del Atlántico, que facilita la capacidad del español para conformar un mercado
igualmente “común”. (p.28)
En las cifras de aumento del
grupo de dominio nativo del español en los últimos diez años, cercanas al 10%,
han influido tanto el crecimiento vegetativo de la población como la extensión
de nuestra lengua dentro de los propios países hispanohablantes, particularmente
en Iberoamérica, donde los niveles previos ya eran muy altos. Y sin que los intensos
movimientos migratorios que han seguido partiendo de esta zona hacia países de
otras lenguas -con Estados Unidos como destino prioritario- hayan reducido,
antes al contrario, las cifras de conjunto. No es aventurado, pues, atribuir a
la ya citada unidad lingüística del español una función amalgamadora de primera
entidad.
Una parte esencial del futuro
del español se juega en la extensión de su enseñanza por el mundo, en respuesta
a una demanda que, desde hace tiempo, refleja la percepción que millones de
personas tienen de su valor como lengua de
futuro. Los 14 millones de estudiantes de español como lengua extranjera que
estima el Instituto Cervantes la convierten en la segunda más estudiada del
mundo, por detrás tan solo del inglés; además, un rasgo común en todos los
países que se consideren es la tendencia creciente de la demanda de español como
lengua extranjera. Una demanda en muchos casos insatisfecha, pero que, en una industria
que obedece tan claramente a los impulsos del mercado (de lo que se percibe como
útil y por lo que se está dispuesto a pagar y a sacrificarse), ofrece una prueba
algo más que indiciaria del valor económico del español. (p.29)
La prueba de la prudente
ponderación que aquí se hace de la contribución del universo hispano de Estados
Unidos al “PIB del español” en el mundo es que esos 798 millardos de dólares
tan solo suponían, en 2006, el 5,9% del PIB norteamericano (cuando su proporción
en la población norteamericana se aproximaba, en esa fecha, al 15%). En una
estimación alternativa: véase la nota al pie del gráfico 2.3), ello supondría
el 7,7% del PIB de Estados Unidos. (p.30)
Este “PIB del español”, no obstante, se
reparte geográficamente con parecida asimetría a la que prevalece en la
distribución internacional de la renta dentro de buena parte del condominio
hispánico.
Así, dos grandes áreas
concentran la parte fundamental de ese gran poder de compra: la que conforman
México y Estados Unidos -más Canadá, por incluir toda Norteamérica (o el
Tratado de Libre Comercio de América del Norte)-, por un lado, y la Unión
Europea -con España, obviamente, a la cabeza-, por otro. Ahí están más las tres cuartas partes (el 78%) del “poder
de compra” de los hablantes de español. Esto o es algo que deba pasar
desapercibido: el futuro de la fuerza económica del español está muy ligado al
progreso económico de los casi 200 millones de hispanohablantes (prácticamente
la mitad de los contabilizados en el mundo) cuto poder de compra apenas si alcanza
al 22% del total. Como también está ligado al más equitativo reparto de la
riqueza dentro de cada uno de nuestros países, habida cuenta, sobre todo, de
que en Iberoamérica subsisten algunas de las ratios de desigualdad más extremas
del mundo.
Al poner en relación el PIB
global “en manos” de los hablantes de español a la altura de 2006 con la cifra
de PIB mundial ofrecida por el Banco Mundial para el mismo año de referencia (48,5
billones de dólares) se estaría, con la prudente estimación previa del “poder
de compra” hispano en Estados Unidos, ante el 8,7% del PIB mundial: y, con el
factor de elevación antes explicado, ante el 9,2%. (p.32)
Lo que significa ese “PIB del español” es “poder
de compra en español”. O, dicho de otro modo, en qué se materializa este desde
el punto de vista económico. Porque, siento un factor de potencial provecho, no
es en modo alguno una medida precisa -sino más bien hiperbólica- del valor
económico de nuestra lengua. Lo es, si acaso, de algunas posibilidades,
añadidas a las actuales, de aprovechamiento comercial, particularmente en las
actividades más ligadas a la lengua y a la cultura en español. Puede decirse,
valga el retruécano, que no es lo mismo el “PIB del español” que el “español en
el PIB”.
EL ESPAÑOL EN EL PIB
La expresión “español en el PIB”
remite al ya famoso, por repetido en múltiplesforos, “15% del PIB” en que cifró
el equipo el equipo dirigido por Ángel Martín Municio (para 2004) el valor
económico del español; cálculo que ha sido refrendado, con matices al alza, por
la actualización llevada a cabo por los profesores Francisco Javier Girón y Agustín
Cañada (2009) (recuadro 2.2). (p.34)
refleja, de acuerdo con el procedimiento de cálculo que está en su base,
la parte del producto global compuesto por bienes y servicios que son enteramente lengua (edición, telecomunicaciones,
servicios artísticos) o por otros que, no siéndolo, la incorporan como insumos -valorando
la parte correspondiente a través de los “coeficientes de lengua”- en sus
respectivos procesos productivos. Una medida, en todo caso, con componentes
arbitrarios, al basarse en supuestos acerca de lo que es o no lengua dentro del
producto que incorporan valoraciones subjetivas; y, por otro lado, seguramente
muy parecida en la mayoría de los países, al menos en los que comparten un nivel
de desarrollo y una estructura productiva similares a los de España. De modo
que si los hablantes de español en el mundo manejan una cifra del producto (y,
por tanto, de la renta y el gasto) próxima a los 4,5 billones de dólares, y el
15% es una suerte de “proporción áurea” del valor de la lengua (cabe suponer
que algo menos en los países iberoamericanos más atrasados, en los que aun
tienen gran peso las actividades primarias), bastaría con una simple multiplicación
para situar en cerca de 700 millardos de dólares el valor del español en el PIB
mundial. Pero ¿significa esto algo
realmente, desde el punto de vista de la potencia económica de una lengua?
Conviene no llamarse a engaño:
una cosa es el contenido en lengua de
la producción anual de bienes y servicios de un país o de un conjunto de países
-algo sujeto, además, a unos presupuestos metodológicos que condicionan su alcance
y significación-, y otra muy distinta lo que puede llega a impulsar una lengua común los intercambios económicos. Por un lado,
una parte fundamental de ese mágico “15%” se compone del valor de los servicios
producidos en el país, pero no susceptibles de intercambio internacional (piénsese
en la educación, la sanidad o la administración pública). Y, por otro, disponer
de una herramienta común de comunicación como la lengua puede potenciar los
flujos de bienes y de servicios que, en principio, no están “compuestos” de
lengua: desde el comercio agroalimentario al establecimiento en otros países de
empresas energéticas, por poner dos simples ejemplos. (p.36)