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domingo, 29 de junio de 2014

La valentía del primer paso

Para empezar, lo mejor es iniciar por el principio. Claro está, para eso es menester saber dónde comienza todo.

Ante la dificultad, apela a un pedazo de papel y lápiz. Anota. Uno, dos, tres, hasta que agota los puntos. Se para, desconecta físicamente y mientras camina para salir de la habitación le va dando vueltas a la lista. Se hidrata. Se airea. Se ahuma y vuelve al lápiz y el papel. Fusiona. Edita. Agrupa. Ordena. Rescribe. Termina, deja el lápiz rodar y dobla el papel. Le sigue dando vueltas a la lista, pero ahora, concentrada. Transforma aquello en acciones y en el revés doblado y reducido en cuatro, apunta ahora en tinta, los "por hacer" organizados según el tiempo previsto para cada asunto y el lugar donde supone que debe realizarse. "¡Lento que tengo prisa!" se repite para sí en sus vueltas y en los momentos en que se sabe bajo presión, pero con todo relativamente controlado, entiende que lo menester no es solo conocer el dónde / cómo arranca todo, sino que previo a esa necesidad de empezar (y/o en sintonía), se requiere valentía para precisamente iniciar lo que no se había resuelto o comenzado y que, el hecho de que estuviera así, sin empezar, evidenciaba: decidia, apatía, temor, trauma, incomprensión, ignorancia; valga decir, monstruosas emociones para cuyo enfrentamiento se requiere valentía.

Un guerrero necesita descansar, pero también entender que la valentía no lo es todo. La mayoría de sus batallas son contra sí y representan su forja más importante. La cortesía es clave también. El refrán que expresa que una cosa no quita a la otra es muy conocido. Pero además otro entendido una vez dijo: "en la lucha se conoce al soldado, pero en la paz al caballero" dejando más que claro el valor de esa llave. Saber por dónde empezar demanda conocimientos pero también instintos...

Lo único constante es el cambio. Muchas veces su pronóstico no es extrasensorial. Sí, es un cliché pero también una realidad. Como incluso la frase que siempre se y le repite: "¿en qué momento se transforma la constancia en terquedad?". Al respecto agrega que además de saber que esa transformación se da al no entender las las características de tus propias limitaciones, ahora cree que también se da transformación cuando no hay apoyo (pero la línea con el "victimismo" es muy delgada); porque la palabra junto al acto son siempre ingredientes de un primer paso.

La cuenta regresiva no termina sino con el olvido...

sábado, 28 de junio de 2014

Tanto nadar para morir en la orilla. Reflexiones sobre la lengua panhispánica del siglo XXI

La experiencia en el congreso fue muy buena, enriquecedora. De esas que ahora que empezó a pasar el tiempo, una vez culminado el evento, se reflexiona sobre aquello de mejor manera...

Menos mal que pudo ir al congreso en Sevilla en diciembre 2013; allá se enteró de este.

¿Hay alguien interesad@ en leer esa comunicación? A continuación el texto leído ayer viernes 27 de junio de 2014, en la sala 2 del Auditorio de Cuenca, España.

PonenciaJMezaM

domingo, 22 de junio de 2014

Al ver que ahora cecea...

Once again, he reckons English might be a solution.

sábado, 21 de junio de 2014

Constancia de momentos duros

Anoche recibió otro baño de agua fría. Se siente solo, desmotivado, frustrado. Supone que debe seguir pero lo principal, la confianza le falta... Considera que ha hecho e intentado algo y viendo que no cosecha, desespera por tener que seguir tratando sin espejo, reconocimiento ni gloria, sino al contrario.

viernes, 20 de junio de 2014

Cuestiones de política lingüística

Sigo tratando de obtener la información, pero nada. "Las cosas de palacio van despacio", y desde marzo (formalmente hablando) no se consigue mucho...

Como no conviene despotricar y dar detalles, porque en esos casos se corre riesgo de ser clasificado de terrorista, valga este "post" como registro de lo que se viene tratando: compilar la info para el toque final de la tesina y la presentación en Cuenca de la semana de arriba. 

En principio, una imagen elocuente que retoriza (por aquello del buen decir) sobre las decisiones asumidas tras la publicación de la Gramática de 2009...
De resto algunos tres textos. Un par, transcritos de documentos consultados en la biblioteca de la RAE, sobre el aporte de Bello y las ideas de "panespañol" en el trascendental año 1989, y una compilación de citas interesantes del libro El español en los flujos económicos internacionales.

Valga esta info para "multidisciplinar" el intento...

I. Memoria del Noveno Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española, San José de Costa Rica del 8 al 15 de octubre, 1989. 

COMISIÓN II Unidad y Defensa del Idioma Español
"El Panespañol"
Academia Salvadoreña de la Lengua Española
Salvador, 18 de agosto de 1989

Los diferentes esfuerzos que en los últimos años se están haciendo en los países hispanohablantes por recoger y valorar debidamente el tesoro de los aportes léxicos regionales al español general han puesto de manifiesto la necesidad de precisar la existencia y el contenido de un español general, llamado también panespañol. No se piensa en un español de Madrid o de España como modelo sino en un español que, habiéndose constituido como un fenómeno o una atmósfera espiritual sobre todos los pueblos hispanohablantes, debe ser mirado por todos estos pueblos como un modelo y como un punto de referencia para la contrastividad, en el caso de los regionalismos.
Después de esta afirmación fundamental, que consideramos no como una opinión sino como un hecho histórico, nos oponemos a la tendencia de ciertos lexicógrafos que le dan a los regionalismos una importancia demasiado emocional y casi política, en detrimento del hecho más relevante de la unidad del idioma. Los regionalismos deben considerarse como un aporte enriquecedor o imprescindible, pero no como un enemigo o como una negación de la unidad espiritual del panespañol.
A continuación proponemos un concepto de lo que se entiende por panespañol: Se entiende por panespañol el gran acervo lingüístico de los términos de uso generalizado en España y en los demás países hispanohablantes y de los conceptos esenciales que, contenidos en ese léxico, constituyen el tesoro de la cultura hispánica y son un lazo de unión entre los pueblos hispanoamericanos y una prueba viva y permanente de que el panespañol existe como una unidad espiritual.  (Pág 100)

II. "Aportación del Pensamiento Gramatical de Bello"
Luis Quiroga Torrealba -Academia Venezolana de la Lengua Española

Ramón Trujillo, en su Edición Crítica de la Gramática de la Lengua Castellana de Andrés Bello, da cuenta de las varias revisiones que llegó a realizar nuestro autor a las diferentes ediciones de su obra, aparecidas hasta 1860. Llega a precisar Trujillo, a partir de los cambios que observa como resultado de tales revisiones de Bello, “los fundamentos ideológicos que parecen haber orientado el conjunto principal de esas alteraciones desde el primer texto de 1847”.
Al señalar estos fundamentos, se refiere Trujillo, particularmente, a la desconfianza con que rechaza Bello el criterio semántico en la delimitación de las unidades de la lengua; a su preferencia por la descripción formal para explicar el mecanismo y funcionamiento gramatical; y a su oposición para aceptar el criterio logicista y el latinizante, incompatibles con una consecuente posición suya frente “al influjo de las explicaciones e interpretaciones historicistas de los hechos gramaticales”.
Fueron tales principios o fundamentos los que, continuamente revisados, pero siempre corregidos y sistemáticamente superados, supo exponer y sustentar Andrés Bello a lo largo del desarrollo de su pensamiento gramatical. Fueron ellos también los que desde su perspectiva lingüística universal, enmarcada en un amplio y concienzudo conocimiento del castellano, sentaron las bases para el estudio realmente científico y moderno de nuestra lengua, desde su Gramática llegó a alcanzar alguna trascendencia y desde que pudo ser reconocida esa maestría suya para la adecuada descripción de los valores de las formas gramaticales. Todo lo cual tendría que haber ocurrido desde esa misma época en que, justamente -como diría Amado Alonso-, llegaría a constituirse en ciencia el estudio del lenguaje.
Sobre esos principios, ya plenamente analizados por Ramón Trujillo, queremos agregar ahora nuestros comentarios, circunscribiéndonos en esta ocasión a uno de los aspectos señalados en el Tema IV de este Congreso. Nos atenemos, en la exposición, al orden en que hemos resumido las referencias de Trujillo.
1. El criterio semántico de Bello. Ciertamente, Bello desconfía de las definiciones semánticas; y en algunos pasajes de su Gramática da razones no tanto para evitarlas como para rechazarlas y criticarlas. Sus puntos de vista, sin embargo, no podrían considerarse invariablemente negativos ante ningún criterio semántico que pudiera conducir a una deslinde categorial correcto de las unidades significativas del lenguaje. Su oposición  en este aspecto se manifiesta particularmente hacia la generalizada actitud de los gramáticos de la época de definir esas categorías sin llegar a tener en cuenta una distinción precisa entre los planos que conforman la funcionalidad de la lengua desde el punto de vista lingüístico, lógico y ontológico. Tiene muy en cuenta Bello las semejanzas de significado que estas categorías presentan en relación con la realidad objetiva o natural; y sabe también, por ello, tomar las debidas precauciones para diferenciarlas delimitando acertadamente sus variadas correspondencias.
Esa actitud suya de asegurarse de un criterio rigurosamente lingüístico para dar con las entidades verbales, lo lleva a la convicción de sostener invariablemente el principio de que todo estudio o análisis gramatical de una lengua ha de tener como fin explicar los usos de la misma. Puesto que “el uso -afirma- no puede exponerse con exactitud y fidelidad sino analizando, desenvolviendo los principios verdaderos que los dirigen”. De allí esta decisiva conclusión suya cuando procede a justificar el criterio a que se ha atenido para clasificar las palabras: “A este uso, pues, han de referirse y acomodarse las diferentes clases de palabras, de manera que cada clase se distinga de las otras por las funcione peculiares que desempeñan en el razonamiento”. A lo que agrega además la necesidad imprescindible de que “los varios miembros de la clasificación no se comprendan unos a otros”.
Se trata, pues, de establecer esas unidades evitando toda interferencia de los planos del significado, y distinguiéndolas en pleno funcionamiento de la lengua, o en sus usos. Eso es, no sólo en la forma de articularse y de funcionar mediante unas determinadas reglas de combinación, sino ajustándose también a un orden jerárquico de ideas (semántico) en el acto mismo de expresar el pensamiento. Es lo que en nuestros días encontramos acertadamente expuesto en tesis como la de Eugenio Coseriu.
2. Las descripciones formales. Ha señalado Trujillo que Bello tiene preferencia por la descripción, es decir, “ajustada a los comportamiento rigurosamente comprobantes del mecanismo gramatical”.
Y en ésta, precisamente, la finalidad de las descripciones gramaticales: “Las categorías de la gramática son necesariamente formales”, ha expresado también Coseriu; y por eso la función de la gramática es siempre descriptiva y caracterizadora. A ello se atuvo Bello al aplicar, en sus análisis, el criterio lingüístico que lo guiaba. Fue preocupación constante suya la de identificar y distinguir las categorías gramaticales por medio de sus rasgos formales caracterizadores. En este sentido se detuvo asiduamente a analizar las unidades morfémicas, instrumentales, de nuestra lengua en función de un deslinde riguroso de las partes del discurso. Apuntaba, por ejemplo:
“La clase a que pertenece el sustantivo, según la terminación del adjetivo con que se construya, cuando éste tiene dos en cada número, se llama género”. “El atributo (predicado) varía de forma, según el sujeto significa unidad o pluralidad, o en otros términos, según el sujeto está en número singular o plural”. “El verbo en una clase de palabras que significan el atribuyo de la proposición, indicando justamente la persona y número del sujeto, el tiempo y modo del atributo”.
Para afrontar su análisis Bello no parecía desconocer, como se ve, los procedimientos paradigmáticos y sintagmáticos, más tarde descubiertos por Saussure; y de los que, como intuitivamente, echaba mano con no pocas ventajas y con real provecho. Caracterizar el modo verbal mediante sus rasgos gramaticales, fue una prueba de ello. De una parte, en la manera de especificarlo sintagmáticamente: “Llámase modo las inflexiones del verbo en cuanto provienen de la influencia o régimen de una palabra o frase a que esté o pueda estar subordinado el verbo”; y de otra, por el criterio “conmutativo” al determinarlo paradigmáticamente: “Las inflexiones verbales que son regidas por una palabra o frase dada en circunstancias iguales o que solo varían en cuanto a las ideas de persona, número y tiempo, pertenecen a un modo idéntico”. Es el mismo punto de vista que sustenta al clasificar al artículo dentro de los adjetivos y el pronombre personal en el grupo de los sustantivos.
Pero el análisis formal no deja de utilizarse, de otro lado, como un procedimiento definidor o actualizador de ciertas categorías. La función semántica que tienen para Bello los sustantivos propios, por ejemplo, es de características individualizadora con respecto a la persona u objeto que designan; de allí que los considere como una especie de unidad categorial autodeterminada (“Nada más personal ni determinado que los nombres propios…” -ha dicho de ellos). Pues bien, esa individualización funcional de estos sustantivos está sujeta, para nuestro gramático, a la relación formal que pueda manifestarse entre ellos mediante la oposición ausencia/presencia del artículo definido.
3. Posición ante el logicismo gramatical. El logicismo de Bello se halla vinculado, naturalmente, a su posición filosófica; es decir, al criterio racionalista -empirista que predomina, particularmente, en los años de su formación intelectual, y que luego influyera decididamente en sus obras. Estas ideas inspiraron, como se sabe, su obra juvenil dedicada al análisis de los tiempos verbales; y no dejaron, indudablemente, de constituirse en puntos de referencia permanente, aunque sustancialmente moderados, para el desarrollo de la doctrina lingüística en la que ulteriormente fundamentara la obra gramatical de su madurez. Como lo ha demostrado Arturo Ardao, privó en Bello la preocupación de aplicar sus puntos de vista filosóficos solo a los aspectos en que aquéllos pudieran conciliarse con la teoría gramatical  específica de una lengua particular; como, en su caso lo hiciera con la española. Por lo que rehuyó siempre la actitud, en prédica constante, de atenerse de manera radical a las ideas directrices de las gramáticas generales o filosóficas, que entonces señoreaban.
En este sentido, fue siempre Bello consecuente con su tesis de hallar o entrever en las relaciones de pensamiento y lenguaje, solo las necesarias, es decir, las que permitieran explicar rigurosamente el mecanismo de los usos de la lengua. Así procedió en sus ensayos de juventud al someter a fórmulas precisas el significado de las inflexiones del verbo; y fue esta también su posición en sus reflexiones posteriores sobre la naturaleza de los signos del lenguaje. Ha sido así como, al analizar su funcionamiento, ha sabido diferenciar en ellos sus valores específicos en cada uno de los planos o campos del significado: o bien al distinguir aquellos que pudieran derivarse de las leyes a que está sometido el pensamiento; o al identificar los que caracterizan al propio al propio signo por la inherente capacidad de sus funciones.
4. El criterio historicista. No siempre llegó a evitar Bello la explicación diacrónica. Lo ha hecho, limitadamente, al dar cuenta de ciertas formas particulares de la lengua española, que ya Amado Alonso ha destacado. Estos casos, sin embargo, quedaron reducidos solo a algunas estructuras morfémicas (entre ellas, los denominados demostrativos), en las que quiso halar, diacrónicamente, determinadas analogías. De lo contrario, nuestro gramático fijó siempre doctrina para rechazar la revisión historicista como explicación de rigor gramatical. Actuó en esto con aguda crítica; sobre todo al saber concebir y estimar la condición de inmanencia y conformación propia de los hechos del lenguaje, dentro de una bien definida posición sincrónica.
Ya la misma definición de idioma que Bello estampa en su Prólogo anticipa, en este sentido, y en admirable coincidencia de términos -como ha dicho Amado Alonso- la definición de lengua de Ferdinand de Saussure: “el habla de un pueblo es un sistema artificial de signos, que bajo muchos respectos se diferencia de los otros sitemas de la misma especie”. A lo que agrega, con acertado criterio, y como consecuencia de esta caracterizadora distinción, un justo deslinde de la conformación sincrónica de la lengua: “De que se sigue -afirma- que cada lengua tiene su teoría particular, su gramática. No debemos, pues, aplicar indistintamente a un idioma los principios, los términos, las analogías en que se resumen bien o mal las prácticas de otros. Esta misma palabra idioma está diciendo que cada lengua tiene su genio, su fisionomía, sus giros; y mal desempeñaría su oficio el gramático que explicando la suya se limitara a lo que ella tuviese de común con otra, o (todavía peor) que supusiera semejanzas donde no hubiese más que diferencias, y diferencias importantes, radicales. Una cosa es la gramática general, y otra la gramática de un idioma dado: una cosa comparar entre sí dos idiomas, y otra considerar un idioma como es en sí mismo”.
Punto de vista éste que parece advertir la presencia del análisis comparado y el histórico, que para entonces inician ya su infujo; y ante los que solo faltaba el pertinente señalamiento del lugar que, con respecto a ellos, habría de tomar el análisis sincrónico. Señalamiento que, con completa certidumbre de su significado, valor y vigencia, ya reparamos también en uno u otro pasaje de la obra de Bello; como en los siguientes:
“…Desde que la elipsis se hace genial de la lengua, y preferible a la expresión completa, las palabras entre las cuales media contraen un vínculo natural y directo entre sí. La palabra tácitamente; deja de haber elipsis. La elipsis pertenece entonces a los antecedentes históricos de la lengua, no a su estado actual”.
“¿Y qué diremos de una teoría que no se adapta a lo que es hoy la lengua sino a lo que se supone que fue?”. “Ver en las palabras lo que bien o mal se supone que fueron y no lo que son, no es hacer gramática de una lengua sino su historia”.
No podía hablarse, pues, de otra manera de la valide e importancia del pensamiento gramatical de Bello en cuanto a lo que ha significado para el conocimiento y estudio de la lengua castellana, si ella ya se asienta en el rigor metódico de los principios y procedimientos en que habría de sustentarse la lingüística contemporánea.

III. JIMÉNEZ, Juan Carlos y Aránzazu NARBONA (2012): El español en los flujos económicos internacionales. Madrid: Ariel/Fundación Telefónica

El libro está dividido en siete capítulos, en 265 páginas. Se incluyen algunas citas de los primeros dos capítulos.

C1        Introducción
C2        El PIB del español en mundo: un ancho mercado común
C3        Lengua y distancia
C4        Los modelos de gravedad aplicados al estudio de los flujos económicos
C5        El español en el comercio internacional
C6        El español en los flujos de inversión directa extranjera
C7        Recapitulación: El español como instrumento de la internacionalización

C1 Introducción
La lengua es, ante todo, un instrumento de comunicación. Su función más primigenia es servir como sistema de interrelación entre los seres humanos. Desde el puntos de vista de la economía: la posibilidad, como ya intuyó Adam Smith hace más de dos siglos, de especializarse y comercializar.
Al preguntarse por “el principio que motiva la división del trabajo”, Adam Smith concluyó que es la consecuencia de “la propensión a permutar, cambiar y negociar una cosa por otra”; una propensión que, a su vez, “como parece más probable, es la consecuencia de las facultades discursivas y del lenguaje”. La lengua, por tanto, es lo que distingue al ser humano del resto de las criaturas: es lo que le permite cooperar, comerciar y, de ahí, especializarse (p.9)
Hubo que esperar casi dos siglos para que un notable económetra, Jacob Marschak (1965), definiera el lengua (“la lengua, oral o escrita”) como “el más desarrollado sistema de comunicaciones entre las organizaciones humanas”: un medio de intercambio, una especie de moneda única cuyo uso reduce los costes de transacción. Aunque la contribución germinal de Marschak haya dado pie…al desarrollo de un campo científico denominado “Economía de la lengua”…, lo cierto es que a la lengua le ha costado abrirse camino dentro de los causes del análisis económico.
Su carácter intangible le ha hecho comúnmente invisible al análisis económico. Pero hay otras razones. La economía neoclásica -y, con ella, la corriente central del pensamiento económico- se ha construido, desde hace siglo y medio, sobre la base de tres grandes factores productivos: capital, trabajo y tecnología. Y la lengua encaja difícilmente en este esquema analítico.
Por un lado, la lengua es, ante todo, una tecnología social de comunicación, si bien ha sido vasta comúnmente, por decirlo de un modo actual, como una especie de software libre, sin costes -aunque sí los tiene de acceso- y, por tanto, sin retribución específica dentro del producto (esto es, del PIB, totémica medida de lo que vale y lo que no en economía). (p.10)
Por otro lado, la lengua, en tanto que destreza comunicativa, es parte del capital humano, y, por tanto, del factor trabajo tal y como hoy se concibe: de este modo, el conocimiento de varias lenguas -o el buen uso de una- se monetiza en el mercado de trabajo, al igual que lo hace cualquier otra habilidad educativa.
La lengua también contribuye a la formación de capital: pero no del capital físico, en la concepción neoclásica, sino del capital social, ese “pegamento social” -en la acepción de Robert J. Putnam (2000)- en forma de redes de relación y lazos de confianza que tanto contribuye al crecimiento, como se reconoce cada vez más ampliamente en la literatura, aunque siga siendo en todas sus facetas -y, por supuesto, en esta de la lengua- tan difícil de cuantificar.
Edward P. Lazaer (1999) ha sostenido que “una cultura y un lenguaje comunes facilitan el comercio entre los individuos”, lo que hace que éstos “tengan incentivos para aprender otras lenguas y culturas con el objetivo de tener así  mayor conjunto de potenciales socios comerciales”. Que la lengua -una lengua común- tiene valor económico como factor de aproximación y, por tanto, de intercambio y de creación de riqueza, parece fuera de toda duda. De igual modo que empobrece no contar con ella. Bien lo sabe cualquier inmigrante que llega a un país de lengua diferente y sufre, al menos hasta que la domina, la “sanción” económica, en el acceso al empleo o en forma de menores salarios, que conlleva su desconocimiento (José Antonio Alonso y Rodolfo Gutiérrez, 2010). (p.11)
“Una lengua común provee una herramienta de comunicación y permite, igualmente, un mejor conocimiento de las normas culturales, en la medida en que una lengua refleja diversos aspectos de la cultura. A través tanto de la comunicación directa como de los canales culturales, una lengua común contribuye a facilitar el comercio entre los países y el desarrollo de proyectos conjuntos […] La comunicación personal también afecta la inversión directa extranjera, debido a que reduce la asimetría de información entre los interlocutores nacionales y extranjeros (…)” (OCDE, 2008)
Algunos autores, como Krishna S. Dhir (2005), han buscado el paralelismo entre una lengua y una moneda común, atribuyéndole a aquélla las tres funciones tradicionales de ésta: medio de cambio (en este caso, de intercambio, de comunicación), depósito de valor (de un intangible que conforma la identidad de los pueblos) y unidad de cuenta (de traducción en signos orales o escritos de la creación científica o cultural). La analogía entre un idioma común y una moneda común, traída anteriormente a colación por Jack Carr (1985) con otros fines interpretativos -demostrar la tendencia al monopolio que tienen todos los idiomas-, ilumina una vía de análisis para el estudio de los beneficios económicos de la lengua, en la medida, sobre todo, en que un idioma común elimina, como una moneda común, una parte de los costes de transacción de todo intercambio (Breton, 1998; Reksulak, Shughart y Tollison, 2004). (p.12)
Las tres grandes funciones económicas que se le pueden asignar, en principio, a una lengua:
·      Primero, como destreza o herramienta de comunicación social: de hecho, como la más antigua y poderosa tecnología de comunicación social con que ha contando el ser humano.
·       Segundo, como elemento identitario: la lengua constituye igualmente un atributo de identidad colectiva y un factor de socialización que condiciona el estatus socioeconómico de los individuos y ayuda a extender los lazos de confianza entre estos.
·      Y, tercero, como soporte creativo, como gran “materia prima del conocimiento” que se plasma en múltiples manifestaciones intelectuales y artísticas y, en última instancia, en todo un conjunto de industrias culturales. (p.13)
El poder económico de una lengua común -creciente con el número de sus hablantes- se deriva básicamente de tres cualidades económicas de ésta que potencian los intercambios (José Luis García Delgado, José Antonio Alonso y Juan Carlos Jiménez, 2008):
·     * En primer lugar, como bien de club que difunde externalidades de red (acumulados efectos indirectos sobre terceros que no son contemplados en la función de decisión de quien los genera) y permite, con ello, multiplicar el potencial comunicativo de una colectidad.
·       * En segundo lugar, la lengua como reductora de los costes de transacción (aquellos en los que incurren los agentes para formalizar y cumplir los contratos, expresos o tácitos, sobre os que se fundamente la actividad económica), al modo en que lo hace una moneda común o el levantamiento de una barrer comercial.
·       * Y,  tercero, aunque no deje de ser una faceta de la cualidad anterior, como amortiguadora de la distancia psicológica entre los mercados, un concepto que remite a la Escuela de Upssala: compartir una lengua, compendio muchas veces de otras afinidades culturales e históricas, es un factor explicativo de la implantación, directa o comercial, de las empresas en otros mercados y de los propios movimientos migratorios, tan sensibles también a las posibilidades de inserción en el país de acogida. (p.14)
Ante la pregunta de “cuánto vale una lengua” es fundamental seguir el consejo machadiano de no confundir neciamente valor y precio. Porque la lengua es un bien muy complejo, cuyo valor no siempre pasa por el mercado; es más, en raras ocasiones lo hace. En muchas de sus facetas, no tiene un precio explícito, y, en las que sí lo tiene, éste no suele reflejar todo lo que vale para el conjunto de la sociedad. La lengua es un bien del que disfrutamos sin pagar -una vez que hemos accedido a su conocimiento, muchas veces, como sucede con la lengua materna, con un coste sólo tácito, o muy difuso-, que no se desgasta con el uso, antes al contrario, y tanto más útil, y por tanto valioso, cuanto más personas lo compartan. Es, ante todo, un bien público de club, cuya valoración privada y social no coincide. No es, en todo caso, un bien libre, como el aire o la luz del sol: aunque no tiene, como estos, costes de producción, sí los tiene de acceso. Pero, en cierto modo, tratar de medir su valor a través de los precios de mercado de los productos que incorporan lengua sería como valorar la luz del sol a través del precio de la energía obtenida en paneles, como si éste fuera todo su valor económico, por más que se le sumase el ahorro diurno de consumo eléctrico en iluminación que el astro evita. (p.15)
El valor económico de una lengua -y el del español que aquí más nos interesa- requiere, pues, un plano de análisis más plural que singular, en tanto que una lengua común encierra muchos “valores”, tantos como facetas, y esto no es reductible a una simple magnitud escalar, a un número mágico (sea éste el célebre “15% del PIB”, o cualquier otro), que siempre será reflejo de unos limitados instrumentos de medida. Un enfoque más dinámico y relativo que estático, por cuanto todas las lenguas “valen”, y lo verdaderamente crucial es dilucidar cuánto aporta -como plus- una lengua al crecimiento de las magnitudes económicas, y cuánto puede hacerlo en el futuro si se saben aprovechar sus ventajas. Y más internacional que sólo nacional, en la medida en que las lenguas conforman condominios lingüísticos de dimensión transnacional, y es en los intercambios entre países donde se manifiesta más claramente su valor, y la ventaja de unas lenguas sobre otras.
Darle a la lengua un valor económico reflejado en una única cifra es, sin duda, una entelequia. Las lenguas son vehículos de comunicación interpersonal y, como tales, puede decirse que toda la actividad económica depende de ellas. El equipo encabezado por Ángel Martín Municio (2003) cifró en el 15% del PIB el valor del español incorporado en los bienes y servicios producidos cada año, cálculo que ha sido recientemente refrendado al alza en el nuevo estudio de Francisco Javier Girón y Agustín Cañada (2009). Pero ésta es sólo una de las facetas en que puede valorarse un idioma. De hecho, si lo que interesa es conocer el valor diferencial del español como gran lengua de comunicación internacional hay que acudir al estudio de sus efectos multiplicadores sobre los grandes flujos migratorios, comerciales y de capitales. (p.16)
C2 El PIB DEL ESPAÑO: UN ANCHO MERCADO COMÚN
Donde hay una lengua común, hay un mercado también común (desde luego, comunicado), como el que ayudan a conformar -de un modo más reconocido- una moneda única o un espacio económico sin barreras comerciales. Otra cosa es que la economía no lo haya tenido expresamente en cuenta; esto es, que no lo haya incorporado a sus modelos, al menos hasta ahora.
EL “PIB DEL ESPAÑOL”
En una red de interacciones lo que cuenta, en primer lugar, es el número de nodos que la componen. En el caso de la lengua, esa primera medida de tamaño viene dada por el número de sus hablantes; por dos motivos: uno es el factor multiplicativo, de carácter potencial, que tiene cada nuevo individuo que se incorpora a una red de hablantes. El cálculo es sencillo: en una comunidad lingüística de n individuos las posibilidades de interacción binaria, es decir, entre cada dos de ellos, es de n(n-1); con lo que cada individuo añade 2n potenciales interacciones. Otra razón, sumada a esta, es la capacidad de la lengua para generar lo que en economía se llaman externalidades de red: acumulados efectos indirectos sobre terceros -en el caso de la lengua, casi todos positivos- que no son contemplados en la función de decisión de quien los genera, lo que hace que la utilidad que un usuario dado obtiene de un bien dependa de forma creciente del número de otros usuarios que están en la misma red. Este rasgo confiere a la lengua el carácter de bien de club (o supercolectivo), e implica que el valor de pertenecer a un grupo lingüístico -a un “club”; el del español- aumenta con el número de sus “socios”. (p.22)
Hay un segundo e importantísimo factor, además del puramente demográfico, que tiene que ver con la intensidad potencial de esas interacciones. Cuando se habla de potencia económica, es la renta, la capacidad de compra de los hablantes, lo que multiplica de verdad los intercambios, las transacciones mutuas. Un mercado puede ser amplio por el número de los que concurren a él, pero lo que lo dota de profundidad y de auténtica magnitud son las cantidades y el volumen de las transacciones, que dependen, más bien, de la renta de los concurrentes. Cabe incluso introducir un tercer elemento, complementario de los anteriores, que ayuda a percibir la auténtica medida del valor de una lengua: su carácter internacional. Desde este punto de vista, el español puede calificarse como segunda lengua internacional de relación; tras el inglés, claro, pero por delante del chino, al que aventaja en cosmopolitismo. La prueba está en la pujanza del español como “segunda lengua” preferida de aprendizaje en todo el mundo, con Europa y Estados Unidos a la cabeza.
Si el número de hablantes señala la anchura del mercado abierto por una lengua común, la capacidad de compra de estos es lo que determina su profundidad. (p.23)
El carácter compacto o disperso del condominio lingüístico de que se trate, por cuanto la comunidad de lengua es un factor de aproximación intangible, y solo virtual, que puede tener en la distancia física (o geodésica) una barrera limitativa que impida, o reduzca drásticamente, la materialización de sus ventajas (por más que el desarrollo de las comunicaciones haya convertido este factor, en buena medida, en secundario).
La lengua, en suma, puede acortar distancias, pero no suprimirlas; y puede ayudar a saltar las fronteras económicas, pero no derribarlas sin más. Subráyese, de momento, que el español, como lengua, hoy, americana, se distribuye de un modo relativamente compacto sobre el territorio de este continente, y eso es una ventaja; pero entre países con frecuentes carencias de desarrollo y cuya integración económica -como el grado de calidad institucional que condiciona igualmente los flujos económicos de todo tipo- está, en general, lejos de ser satisfactoria. (p.24)
La parte fundamental del condominio hispano se corresponde con el grupo de dominio nativo. La razón es que el español es hablado por casi el 97%. En Paraguay, donde poco más de dos tercios de los habitantes domina el español, y Bolivia, Guatemala y Perú, con proporciones en torno al 87%, debido también a la importante presencia de lenguas indígenas. Por encima está Guinea Ecuatorial, cuyo cociente de hispanohablantes se sitúa en torno al 90% de la población. En el resto de los países, lo común es que roce o supere el 99%. (p.27)
He aquí, pues, un primer e importante rasgo de la cartografía del español descrita por Moreno y Otero: su compactibilidad geográfica. El condominio del español no solo goza del continuum de 19 repúblicas a lo largo del subcontinente americano, sino que, además, a diferencia de otras lenguas más diseminadas, es, casi, sin excepción y abrumadoramente, la lengua vehicular utilizada por (…) los habitantes que pueblan los territorios en que es lengua oficial. A esta característica se le une otra, muy importante desde el punto de vista lingüístico -y económico-, en comparación con otras grandes lenguas del mundo: su relativa homogeneidad, con muy altos grados de comunicatividad -posibilidad de entendimiento mutuo-, y muy bajos de diversidad a lo largo de todo el condominio hispánico, lo que no es incompatible con una amplia convivencia con otras lenguas. Una gran “unidad lingüística”, fruto en gran parte de la continuada labor de las Academias a uno y otro lado del Atlántico, que facilita la capacidad del español para conformar un mercado igualmente “común”. (p.28)
En las cifras de aumento del grupo de dominio nativo del español en los últimos diez años, cercanas al 10%, han influido tanto el crecimiento vegetativo de la población como la extensión de nuestra lengua dentro de los propios países hispanohablantes, particularmente en Iberoamérica, donde los niveles previos ya eran muy altos. Y sin que los intensos movimientos migratorios que han seguido partiendo de esta zona hacia países de otras lenguas -con Estados Unidos como destino prioritario- hayan reducido, antes al contrario, las cifras de conjunto. No es aventurado, pues, atribuir a la ya citada unidad lingüística del español una función amalgamadora de primera entidad.
Una parte esencial del futuro del español se juega en la extensión de su enseñanza por el mundo, en respuesta a una demanda que, desde hace tiempo, refleja la percepción que millones de personas tienen de su valor como lengua de futuro. Los 14 millones de estudiantes de español como lengua extranjera que estima el Instituto Cervantes la convierten en la segunda más estudiada del mundo, por detrás tan solo del inglés; además, un rasgo común en todos los países que se consideren es la tendencia creciente de la demanda de español como lengua extranjera. Una demanda en muchos casos insatisfecha, pero que, en una industria que obedece tan claramente a los impulsos del mercado (de lo que se percibe como útil y por lo que se está dispuesto a pagar y a sacrificarse), ofrece una prueba algo más que indiciaria del valor económico del español. (p.29)
La prueba de la prudente ponderación que aquí se hace de la contribución del universo hispano de Estados Unidos al “PIB del español” en el mundo es que esos 798 millardos de dólares tan solo suponían, en 2006, el 5,9% del PIB norteamericano (cuando su proporción en la población norteamericana se aproximaba, en esa fecha, al 15%). En una estimación alternativa: véase la nota al pie del gráfico 2.3), ello supondría el 7,7% del PIB de Estados Unidos. (p.30)
Este “PIB del español”, no obstante, se reparte geográficamente con parecida asimetría a la que prevalece en la distribución internacional de la renta dentro de buena parte del condominio hispánico.
Así, dos grandes áreas concentran la parte fundamental de ese gran poder de compra: la que conforman México y Estados Unidos -más Canadá, por incluir toda Norteamérica (o el Tratado de Libre Comercio de América del Norte)-, por un lado, y la Unión Europea -con España, obviamente, a la cabeza-, por otro. Ahí están más  las tres cuartas partes (el 78%) del “poder de compra” de los hablantes de español. Esto o es algo que deba pasar desapercibido: el futuro de la fuerza económica del español está muy ligado al progreso económico de los casi 200 millones de hispanohablantes (prácticamente la mitad de los contabilizados en el mundo) cuto poder de compra apenas si alcanza al 22% del total. Como también está ligado al más equitativo reparto de la riqueza dentro de cada uno de nuestros países, habida cuenta, sobre todo, de que en Iberoamérica subsisten algunas de las ratios de desigualdad más extremas del mundo.
Al poner en relación el PIB global “en manos” de los hablantes de español a la altura de 2006 con la cifra de PIB mundial ofrecida por el Banco Mundial para el mismo año de referencia (48,5 billones de dólares) se estaría, con la prudente estimación previa del “poder de compra” hispano en Estados Unidos, ante el 8,7% del PIB mundial: y, con el factor de elevación antes explicado, ante el 9,2%.  (p.32)
Lo que significa ese “PIB del español” es “poder de compra en español”. O, dicho de otro modo, en qué se materializa este desde el punto de vista económico. Porque, siento un factor de potencial provecho, no es en modo alguno una medida precisa -sino más bien hiperbólica- del valor económico de nuestra lengua. Lo es, si acaso, de algunas posibilidades, añadidas a las actuales, de aprovechamiento comercial, particularmente en las actividades más ligadas a la lengua y a la cultura en español. Puede decirse, valga el retruécano, que no es lo mismo el “PIB del español” que el “español en el PIB”.
EL ESPAÑOL EN EL PIB
La expresión “español en el PIB” remite al ya famoso, por repetido en múltiplesforos, “15% del PIB” en que cifró el equipo el equipo dirigido por Ángel Martín Municio (para 2004) el valor económico del español; cálculo que ha sido refrendado, con matices al alza, por la actualización llevada a cabo por los profesores Francisco Javier Girón y Agustín Cañada (2009) (recuadro 2.2). (p.34)
refleja, de acuerdo con el procedimiento de cálculo que está en su base, la parte del producto global compuesto por bienes y servicios que son enteramente lengua (edición, telecomunicaciones, servicios artísticos) o por otros que, no siéndolo, la incorporan como insumos -valorando la parte correspondiente a través de los “coeficientes de lengua”- en sus respectivos procesos productivos. Una medida, en todo caso, con componentes arbitrarios, al basarse en supuestos acerca de lo que es o no lengua dentro del producto que incorporan valoraciones subjetivas; y, por otro lado, seguramente muy parecida en la mayoría de los países, al menos en los que comparten un nivel de desarrollo y una estructura productiva similares a los de España. De modo que si los hablantes de español en el mundo manejan una cifra del producto (y, por tanto, de la renta y el gasto) próxima a los 4,5 billones de dólares, y el 15% es una suerte de “proporción áurea” del valor de la lengua (cabe suponer que algo menos en los países iberoamericanos más atrasados, en los que aun tienen gran peso las actividades primarias), bastaría con una simple multiplicación para situar en cerca de 700 millardos de dólares el valor del español en el PIB mundial. Pero ¿significa esto algo realmente, desde el punto de vista de la potencia económica de una lengua?
Conviene no llamarse a engaño: una cosa es el contenido en lengua de la producción anual de bienes y servicios de un país o de un conjunto de países -algo sujeto, además, a unos presupuestos metodológicos que condicionan su alcance y significación-, y otra muy distinta lo que puede llega a impulsar una lengua común los intercambios económicos. Por un lado, una parte fundamental de ese mágico “15%” se compone del valor de los servicios producidos en el país, pero no susceptibles de intercambio internacional (piénsese en la educación, la sanidad o la administración pública). Y, por otro, disponer de una herramienta común de comunicación como la lengua puede potenciar los flujos de bienes y de servicios que, en principio, no están “compuestos” de lengua: desde el comercio agroalimentario al establecimiento en otros países de empresas energéticas, por poner dos simples ejemplos. (p.36)

jueves, 5 de junio de 2014

Zahara De Los Atunes

Siempre habrá críticas... Y el más ahora... Aunque solo anhele que un accidente justifique y resuelva... Quiso que el escenario fuese otro pero no hubo manera de reaccionar, se dejó que corriese el tiempo sin manera de contradecir las evidencias. 

La primera y segunda guerra mundial han iniciado como reacciones...

Busca sin aceptar esperando lo que jamás ha obtenido, porque inconforme ya tiene demasiadas cuestas bajas...

martes, 3 de junio de 2014

Segundo máster culminado


Hoy es el acto de graduación. Desde octubre de 2013 estuvo concentrado en ese proyecto. Agradecimientos totales y parciales eternos. Tras culminar, solo le queda terminar la tesina de máster y emprender el siguiente paso en julio-agosto. Desde septiembre abundan escenarios pero a ciencia cierta, y así como el Máster en Diplomacia y Relaciones Internacionales cuya invitación y orla se adjunta, no hay nada seguro.

En la soledad que le tocó vivir en ese período en Madrid, pero sobretodo a partir de enero (último viaje consecuente a Bulgaria), "Cheo" salvó la patria al usar la entrada al acto de graduación.

lunes, 2 de junio de 2014

Escenario "España"

Hoy al mediodía abdicó el rey Juan Carlos I de Borbón... 

domingo, 1 de junio de 2014

Lengua, relaciones trasatlánticas y comunidades de países agrupados ideológicamente

La selección adecuada de los términos es fundamental en los tiempos que corren; también para la poesía... Tal actitud de precisión implica la creación de una perspectiva panorámica, integral, contextualizada que de base y vincule, la lengua, las relaciones entre un lado y otro del Atlántico y los constructos ideológicos que se han venido construyendo en torno a las alianzas económicas, militares, políticas, etc. entre los países (instituciones gubernamentales) de Europa y América.

El fin del medioevo da paso a la conquista del mar atlántico. El imperio español extiende su lengua. Luego emerge el británico que desenvoca en el estadounidense... El vehículo que une, es el océano.

Desde entonces lo panhispánico, lo latinoamericano, lo pan o interamericano, lo hispano o iberoamericano, comprendidos como imaginarios, son constructos ideológicos que representan una vinculación entre los miembros de esa comunidad que obedece, gestiona, actúa, a partir o de unos objetivos muy bien definidos o de prácticas y costumbres que al pugnar entre sí... 

La política lingüística panhispánica se legitima a través/partir de la Asociación de Academias de la Lengua Española, organismo internacional con sede en Madrid que congrega a partir de un Convenio Multilateral (Bogotá 1960; ratificado con Cartagena de Indias 1994) estados parte comprometidos en torno al "desarrollo" y "defensa" de su "lengua común", ubicados de un lado y otro del océano, e involucrados (unos más que otros) en las instituciones que consolidan esas comunidades -al fin y al cabo ideológicas- quese estructuran mediante organismos, instituciones y programas; valga decir: OEI, OEA, CEPAL, UNASUR, etc. 

Así como los viajes de Colón determinan el inicio, el nacimiento de las Naciones Unidas, la Unión Europea y el sinfín de organizaciones internacionales, gubernamentales o no, convendría seguir avanzando...