Una de las cosas que resaltan de este libro -para quienes lo descubrimos hace no más de dos años-, cuyos editores son José del Valle y Luis Gabriel-Stheeman, es que fue publicado en español hace ya una década.
The battle over Spanish between 1800 and 2000: language ideologies and hispanic intellectuals, había sido publicado por Routledge en 2002, pero dos años más tarde es que aparece
La batalla del idioma. La intelectualidad hispánica ante la lengua en la editorial Vervueishrt/Iberoamericana
.
Resalta por la profundidad de los argumentos de los diez trabajos que componen el texto. No dudo de su impacto.
A continuación, se comparten algunas citas a modo de literature review de los capítulos 2 y 4; muy adecuados para los interesados en los intríngulis de eso que llaman política lingüística panhispánica.
LIBRO:
DEL VALLE, José & Luis
GABRIEL-STHEEMAN (Eds.) (2004): La
batalla del idioma. La intelectualidad hispánica ante la lengua. Madrid:
Iberoamericana/Vervuert.
CAPÍTULO:
2. Antiacademismo lingüístico y
comunidad hispánica: Sarmiento y Unamuno, por Barry Velleman (p.35-65)
COMPENDIO DE
CITAS:
“La llamada Generación argentina
de 1837 ha sido considerada como “probablemente el grupo de intelectuales
latinoamericanos más elocuente y consciente de sí mismo” de su siglo (Katra
1996:7). Juan Bautista Alberti, Esteban Echeverría, Juan María Gutiérrez, y Domingo
F. Sarmiento -todos ellos nacidos entre 1805 y 1811- fueron vástagos de la
independencia argentina de España (1810-6), así como testigos de los graves
conflictos ocurridos durante la agitada era postcolonial de su país” (p35).
“Defensores de los valores
tradicionales hispánicos se oponían a aquellos que aspiraban a imponer los
ideales liberales europeos, y en especial los franceses. Para Sarmiento,
además, la revolución había servido para provocar otra confrontación, en este
caso entre dos elementos opuestos que ya estaban presentes en la sociedad
argentina de la preindependencia: barbarie y civilización”. (p36).
“La independencia política
había de llevar a una análoga liberación de la inteligencia y, de hecho, de
cualquier manifestación cultural. Esto significaba, por supuesto, romper con la
tradición intelectual española, a la que todos consideraban anquilosada (Katra
1996:88)” (p37).
“Estos escritores consideraban
que la autonomía literaria y lingüística de España debía ser una consecuencia
natural de la independencia política. Como escribió Echeverría: Nos parece absurdo ser español en literatura
y americano en política…la lengua argentina no es la lengua española (cit.
en Rosenblat 1960:558)” (p37).
“Rosenblat ofrece la siguiente
síntesis de las ideas lingüísticas de este grupo de intelectuales: Todos ellos coinciden en un antiespañolismo
cultural y lingüístico, que a veces llega a la hispanofobia; en n entusiasmo
ferviente y neófito por la literatura y el pensamiento francés; en a devoción
por pueblo y la tierra; en la afirmación
de la inspiración americana…; en la exaltación de las ideas y el menosprecio de
las palabras; en el rechazo de toda tutela académica o academicista; en la
afirmación de la libertad de la lengua, para que pueda progresar con las ideas
nuevas. Sarmiento, Alberdi y Juan María Gutiérrez llegaban a proclamar la
soberanía popular en materia del lenguaje (1960:557)” (p37).
“En opinión de Sarmiento, a
través de los errores de sus déspotas -y especialmente de la Inquisición-
España había producido una civilización inerte que, por supuesto, Latinoamérica
había heredado…Mediados los años cuarenta, Sarmiento aún veía la influencia
española en oposición diametral a las necesidades de los estados independientes
latinoamericanos…el español, como lengua de una cultura inerte, era
necesariamente una lengua muerta, incapaz de expresar ideas modernas. En 1843
escribió: La España no posee un solo
escritor que pueda educarnos, ni tiene libros que nos sean útiles (Sarmiento
1843c:38). En 1867, Sarmiento le
escribió lo siguiente al presidente Mitre de Argentina: ¡Estamos hablando un idioma muerto! Las colonias no se emanciparán,
sino abandonándolo, o traduciendo entero otro. Esto último será obra de varón.
Lo otro sucederá por la lenta acción de otras razas, que poblarán nuestro
suelo, sirviendo nosotros de abono a la tierra (1911:30)” (p38).
“En sus escritos de 1843,
Sarmiento enfatiza lo que percibe como falta de legitimidad de la RAE, aun en
el contexto de España. Sus miembros, opina, son pensadores poco originales:
“[…] son, no obstante ser los más notables de España, escritores subalternos,
pensadores comunes que importan ideas de las naciones vecinas a su país, o como
Hermosilla y otros pobres diablos, se aferran en sostener lo pasado con dientes
y uñas” (1843c:6). Esa falta de legitimidad y por ende de autoridad justifica,
en opinión de Sarmiento, el separatismo cultural respecto a España que radica
en el mismísimo corazón de la nacionalidad americana: [E]l estarnos esperando que una academia impotente, sin autoridad en
España mismo, sin prestigio y aletargada por la conciencia de su propia
nulidad, nos de reglas, que no nos vendrán bien después de todo, es abyección
indigna de naciones que han asumido el rango de tales (1843c:29)” (p43).
“Es ridículo estar usando la
ortografía de una nación que pronuncia las palabras de distinto modo que
nosotros” (1843c:3) (p44).
“El 19 de noviembre de 1842 se
aprobó el plan de fundación de la Universidad de Chile, con Andrés Bello como
rector y Sarmiento como miembro fundador. Una de las tareas de la nueva
universidad fue la supervisión de la educación elemental. Bello, quien había
escrito algunos artículos en torno a la reforma ortográfica, animó a Sarmiento
a investigar más a fondo la cuestión. El 17 de octubre de 1843, exactamente un
mes después de la inauguración de la universidad, Sarmiento presentó su
“Memoria sobre ortografía americana” (1843c). Las reformas ortográficas
propuestas en ella se basaban principalmente en otras anteriores a García del
Río y Bello (1823), pero Sarmiento dio un paso más al reclamar una ortografía
estrictamente latinoamericana. Por otra parte, el texto de Sarmiento reflejaba
una postura fuertemente antiespañola: eso
es lo que diferencia fundamentalmente su sistema del de Bello, el cual veía con
alarma todo signo de escisión lingüística, de fraccionamiento de la amplia
comunidad hispánica. Sarmiento en cambio se dejaba llevar por el violento
anti-españolismo que en las generaciones jóvenes había seguido a la guerra de
la Independencia (Rosenblat 1981:cvii)”. (p45).
“Sarmiento rechazaba dos de los
tres criterios ortográficos tradicionales. Por una parte, aseguraba que el uso constante apenas existía en las
naciones hispanas, dada ausencia de autores eminentes que pudieran servir como
modelos. Por otro lado, la etimología
no se podía considerar una opción práctica, ya que iba más allá del
entendimiento de la gente común. Por consecuencia, la pronunciación era el único criterio viable para la reforma
ortográfica (Sarmiento 1843c:12-3)” (p46).
“Más de medio siglo después de
las polémicas suscitadas por Sarmiento en Chile, Miguel de Unamuno volvería en
España sobre muchas de las mismas cuestiones” (p51).
“Unamuno se consideraba un
“devoto lector y… entusiasta panegirista” de Sarmiento e incluso, en un momento
dado, pensó en escribir un libro sobre el argentino (Holguín 1964:155; Unamuno
1997:34), quien, no en balde, era su autor favorito del siglo XIX, un hombre
“más español que ninguno de los españoles”, a pesar -o más precisamente, por-
sus ataques a España (Unamuno 1905a:903)” (p51).
“Un examen de las visiones del
lenguaje de Sarmiento y Unamuno revela que ninguno de los dos sentía gran interés
por las investigaciones de la lingüística formal. Para nuestros autores, el
saber sobre el lenguaje debe estar humanizado para tener valor. Unamuno escribió:
en mí la filología no es nunca más que un
pretexto, o mejor un trampolín. Ambos escritores establecían una conexión
inmediata entre lengua y crítica social:
la visión unamuniana de la lengua y su perplejidad acerca de los profundos
conflictos de su sociedad proceden de las mismas circunstancias…Su visión de lengua
y su percepción de las disfunciones de su sociedad son simultáneas (Lacy
1967:120, 101)” (p53).
“Sarmiento y Unamuno compartían
un profundo escepticismo con respecto a la utilidad y legitimidad de la Real
Academia Española: ambos se mostraban reacios a aceptar que “un cuerpo de
sabios” pudiera desempeñar un papel positivo en la vida lingüística de una
comunidad; veían en “la gente” al verdadero poseedor de la legitimidad
lingüística e insistían en defender una visión necesariamente pragmática de la
lengua” (p55).
“Para Sarmiento, la Academia
era inútil en cuestiones prácticas: “no se ocupaba por entonces de escuelas
primarias, ni del desenvolvimiento de la razón pública” (1843c:23). De manera
similar, Unamuno escribió: “La tal Academia es una institución aristocrática
que no trabaja para la cultura popular” (1907c:372). Por otra parte, en sus
críticas a la Academia, ambos autores enfatizaban la imposibilidad de
estabilizar una lengua viva. Unamuno afirmaba así la futilidad de tales
esfuerzos: [D]ejemos a la Real Academia
que fije la lengua castellana, haciéndole hipoteca inmueble, y, por nuestra parte,
nosotros, los vivos heterodoxos, los que por favor de la naturaleza no somos
instituciones ni tiramos a serlo, ya que tenemos que servirnos de esa lengua,
procuremos, en la medida de nuestras fuerzas cada uno, movilizarla, aunque para
conseguirlo tengamos que ensuciarla algo y quitarle algún esplendor (1903a:1072)”
(p55).
“Sarmiento se había opuesto a
la opinión de Bello de que, en la lengua, era necesario un cuerpo de sabios
para “dictar las leyes convenientes” (Bello 1842a:252) y había definido como la
función más apropiada de la Academia la de “recoger en un armario las palabras
cuyo uso está autorizado unánimemente por el pueblo mismo y por los poetas” (Sarmiento
1842f:242)” (p55).
“La aceptación del uso popular
como fuente principal de legitimidad lingüística era predominante entre las
nociones románticas de la lengua. Alberti había escrito: “las lenguas no son
obra de las Academias; nacen y se forman en la boca del pueblo” (cit. en
Cambours Ocampo 1983:34). Unamuno, por su parte afirma que la “lengua la hace
el pueblo, señor mío, y no los académicos” (1907c:369)” (p56).
“La Generación de 1837,
influida por el nacionalismo lingüístico, por las ideas revolucionarias de
Francia y los Estados Unidos, y por el pesimismo crítico de Larra en España,
reaccionó contra aquellas opiniones. En la controversia sobre la posible
fragmentación de la lengua española en América, la postura separatista de Sarmiento
mantenía que el progreso inmediato de la sociedad era lo primordial, aun si la
continuidad del español acababa siendo una víctima de este empeño. En
contraste, otros escritores latinoamericanos, como Andrés Bello en su Gramática,
expresaron una mayor preocupación por la unidad lingüística hispana y vieron un
peligroso precedente en la fragmentación del latín vulgar en las diferentes
lenguas románicas: juzgo importante la
conservación de la lengua de nuestros padres en su posible pureza, como un
medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias
naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes… [L]a avenida
de neologismos de construcción, que inunda y enturbia mucha parte de lo que se
escribe en América, y alterando la estructura del idioma, tiende a convertirlo
en una multitud de dialectos irregulares, licenciosos, bárbaros; embriones de
idiomas futuros, que durante una larga elaboración reproducirían en América lo
que fue la Europa en el tenebroso período de la corrupción del latín (Bello
1981:129-30)” (p60).
“A finales del siglo XIX y comienzos
del XX se produjo una intensificación del debate respecto a la cuestión de la
fragmentación. El escritor español Juan Valera y el filólogo colombiano Rufino
J. Cuervo se habían enzarzado en una áspera polémica. Unamuno a su vez apoyó la
postura de Valera, rechazando la idea de Cuervo de que el español se dividiría
inevitablemente en muchas lenguas. Asimismo, le dedicó un buen número de
páginas a la teoría fragmentacionista del escritor francés Luciano Abeille
(1860-1949), cuyo libro Idioma nacional
de los argentinos proponía la idea de que hablar español era para los
argentinos “[contrario al] derecho inherente a un pueblo de hablar un idioma
especial” (1900:5)” (p60).
“La lengua hispánica, hoy
patrimonio de una veintena de naciones… es la lengua que compartirá un día con
la inglesa el predominio mundial” (Unamuno 1911a:598-9)” (p61).
"Unamuno sostenía que la
situación del latín durante y tras el Imperio Romano había sido muy diferente de
la del español en América. Aparte de que éste poseía diferentes condiciones de
sustrato y niveles de competencia cultural muchos más altos y amplios, la
fragmentación lingüística en América se prevendría o retrasaría gracias al
ascenso de la clase obrara (resultante del crecimiento del comercialismo
postindustrial) y a innovaciones tecnológicas como la imprenta, que había
perpetuado una norma escrita conservadora (ver Unamuno 1908b: 591-3)” (p61).
“Sarmiento creía que la falta
de una literatura de valor haría imposible un modelo peninsular en
Latinoamérica; la postura de Cuervo era similar en el hecho de que consideraba
improbable que la comunidad intelectual hispana se pusiera de acuerdo en cuanto
a una norma común. Por el contrario, Unamuno enfatizaba la centralidad de un lengua
común como una tradición intrahistórica que creaba sociedad: sociedad no es más que lenguaje común”
(1919:438) “Lo que hace la continuidad de un pueblo no es tanto la tradición
histórica de una literatura cuanto la tradición intra-histórica de una lengua;
aún rota aquélla, vuelve a renacer merced a ésta” (cit. en Betancur 1964:87)”
(p62).
“Unamuno encuentra la fuente de
la unidad hispánica en una lengua compartida que él denomina “sobrecastellano”
o “hispanoamericano” (Unamuno 1911b:227-8). Unamuno identifica al
“sobrecastellano” como el viejo romance
castellano enriquecido por su contacto con nuevas ideas y nuevas culturas.
“El futuro lenguaje hispánico no puede ni debe ser una mera expansión del
castizo castellano, sino una integración de hablas diferenciadas sobre su base,
respetando su índole, o sin respetarla, si hace al caso” (1903a:1065)” (p62).
“En los artículos escritos
inmediatamente después de los cruciales sucesos de 1898, Unamuno valoró la
literatura latinoamericana en contexto de recolonización, considerándola como
un “proyecto de nostalgia imperial” (Fiddian 1999:119)” (p63).
“En 1908 le escribió a Menéndez
Pidal: mi tribuna es La Nación de Buenos Aires,
donde a mi modo españolizo, y sobre todo, procuro destruir ciertos aditamentos que
allí iban anejos a lo español (cit. en Unamuno 1970:26)” (p63).
“La actitud de Unamuno hacia
Latinoamérica cambió con el tiempo. Si en 1905 todavía estaba de acuerdo con el
juicio enunciado por Sarmiento en sus Viajes
(1846) -a propósito de la vacuidad de la cultura literaria y académica española
(1999:207)- después de 1908, sin embargo, se advierte una actitud
crecientemente negativa hacia Sarmiento. Para 1911, Unamuno ya percibía una
falta de información en la conceptualización sarmentiana de la historia
española: este escritor “tan profundamente español” era ahora para él una
víctima del afrancesamiento”. (p64).
“El argentino consideraba
impotente a la Real Academia Española para contribuir a la formación de una
cultura latinoamericana en la que el proceso social pudiera tener lugar. La RAE
era para Sarmiento un símbolo de los tiempos ya pasados de la “la colonia” de
una cultura en decadencia. Además, en la Península no existían modelos
literarios contemporáneos que fueran aceptables y la ortografía tradicional,
anárquica y arcaica, representaba un obstáculo para una regeneración pedagógica
fundamental en el progreso cultural de Latinoamérica. Por estas razones, las
repúblicas independientes deberían volver la mirada a los modelos culturales de
los “países cultos”. Los viajes de Sarmiento a Europa y los Estados Unidos
(1846-8) fueron cruciales en su búsqueda de modelos culturales (es decir,
educacionales). Cualquiera que fuera su fuente, las nuevas ideas
inevitablemente provocarían cambios lingüísticos en Latinoamérica que los
individuos y las Academias serían incapaces de impedir. La unidad de la lengua
española podría perderse en este proceso, pero las “necesidades inmediatas” de
América debían recibir prioridad” (p65).
Realizado por
Jesús A. Meza M.
chumeza@hotmail.com
Sofía, 10 de
julio de 2014.
CAPÍTULO:
4. Lingüística histórica e
historia cultural: notas sobre la polémica entre Rufino José Cuervo y Juan
Valera, por José del Valle (p.93-107)
COMPENDIO DE
CITAS:
“Esta conocida controversia
coincidió con dos momentos cruciales en la historia política e intelectual de
las naciones hispánicas: empezó en 1899, el año después de que España perdiera
sus últimas colonias, y se terminó en 1903, el año antes de que Ramón Menéndez
Pidal publicara su emblemático Manual de
gramática histórica española. La refriega entre Cuervo y Valera subraya el
valor que la lingüística adquiere como fuente de legitimidad en debates culturales
y políticos, y en particular en el debate sobre la naturaleza de la identidad
hispánica durante los primeros años del siglo XX” (p94).
“En 1899, veía la luz una
narración en verso titulada Nastasio
escrita por el poeta argentino Francisco Soto y Calvo. El poema…venía precedido
de una carta-prólogo de Rufino José Cuervo, en la cual, tras resumir y elogiar
el poema, don Rufino aludía al glosario de términos regionales que lo había de
acompañar. Estos provincialismos y, en especial, su cada vez más frecuente
aparición en la literatura eran, para Cuervo, germen de futuras lenguas
independientes y amargo presagio de la inevitable fragmentación del español,
que emularía así el triste destino del latín. Esta división de la lengua la
atribuía Cuervo a tres factores: la natural diferenciación a que conducen los distintos
climas, estilos de vida y razas, el colapso de España como centro unificador y
fuente de inspiración intelectual, y la falta de contacto entre los países
hispanoamericanos. Todo esto lo expresaba Cuervo con la mayor amargura e
insistiendo en que estas épocas de división “en la vida de los pueblos pueden ser
muy largas”” y en que “no hemos de olvidar que somos hermanos” (Cuervo 1899)”
(p94).
“Por aquellos años, Juan Valera
colaboraba asiduamente con La Nación
de Buenos Aires, con cartas que solían girar en torno a temas culturales y literarios.
Hacia agosto o septiembre de 1900 debió de recibir Valera una copia del Nastasio, y tanto lo contrariaron las
palabras de Cuervo que sin demora escribió una respuesta (titulada “Sobre la
duración del habla castellana” [Valera 1900] que habría de ser publicada el
veinticuatro de septiembre en Los lunes
de El Imparcial de Madrid (la reseña del Nastasio aparecería por fin en La
Nación el dos de diciembre del mismo año). Esta nota de Valera, impregnada
de sarcasmo valerino, rechazaba la posibilidad de diferenciación lingüística de
los países hispánicos; los provincialismos, afirmaba, son comunes también en
España y normales en la vida de toda lengua” (p95).
“La reacción de Cuervo no se
hizo esperar (ver Guitarte 1981). En 1901, el volumen III del Bulletin Hispanique, incluía un artículo
del colombiano titulado “El castellano de América”…En primer lugar, puso Cuervo
a un lado la discusión sobre las fuentes culturales (ibéricas y no ibéricas) de
las que bebe o ha de beber Hispanoamérica; y lo hizo con un comentario no
carente de una cierta causticidad que nos recuerda al escepticismo con el que,
como indica Velleman en el capítulo 2, Sarmiento y los miembro de su generación
veían el estado de la vida intelectual española: yo lamento también, como el que más, y sin poderlo remediar, que si en América
quiere uno estar al tanto del progreso científico y literario, desde la
gramática hasta la medicina, la astronomía o la teología, no se le ocurra acudir
a los libros españoles, y que si tienen los recursos necesarios para
trasladarse a las universidades europeas, no escoja las de Madrid o Salamanca
(Cuervo 1950:275)” (p96)
“A lo largo del cuerpo central
del texto, Cuervo insiste en la validez de la comparación entre la
fragmentación del latín y la futura del español. Para ello echa mano de
abundante evidencia filológica que demuestra el lento pero natural e inevitable
proceso de cambio lingüístico y aporta datos dialectológicos que prueban la
presencia del germen de la disgregación. Concluye que, cuando la propia
dinámica interna del organismo lingüístico se suman circunstancias geográficas
e históricas que favorecen el relativo aislamiento de unas regiones de otras,
es inevitable la divergencia: “es visto que todo conspira a descalabrar la
unidad” (306)” (p96)
“En 1903, de nuevo en el Bulletin Hispanique, Cuervo, irritado
por la incapacidad de Valera para discutir en términos lingüísticos y ofendido
por la tergiversación que el español había hecho de sus palabras, pone fin a la
polémica con palabras muy reveladoras del verdadero espíritu de la misma: [Valera] pretende que las naciones hispanoamericanas
sean colonias literarias de España, aunque para abastecerlas sea menester tomar
productos de países extranjeros, y, figurándose tener aún el imprescindible
derecho a la represión violenta de las insurgentes, no puede sufrir que un americano
ponga en duda el que las circunstancias actuales consientan tales ilusiones:: esto
le hace perder los estribos y la serenidad clásica. Hasta aquí llega el
fraternal afecto (Cuervo 1950:332)” (p98)
“Las ideas lingüísticas de
Valera, así como la actitud hacia la ciencia del lenguaje que acabamos de
describir, son complementarias de su visión de la realidad cultural y política
de España y del mundo hispánico: sumándose a “aquella parte de España que no se
resigna a la decadencia” (Tuñón de Lara 1980:97), propone que, frente al
abatimiento y decaimiento económico y político en que se encontraba España, es
responsabilidad de todo español afirmar la grandeza de la civilización española
y defender la unidad de esta civilización” (p100)
“Valera fundió y confundió su defensa
de la unidad del mundo hispánico con la defensa de la uniformidad lingüística y
cultural (de nuevo en un gesto propio del movimiento hispanista que anticipaba
la visión pidalina de la lengua española). En un sentido, su ideología era
resultado de lo que Joan Ramón Resina ha llamado “una de las grandes equivocaciones
de la historia de España: la superposición de la identidad castellana como
identidad del estado español” (p100)
“Valera promovió la proyección
transoceánica de la superordinación de la identidad castiza, y por eso concibió
a Hispanoamérica como una simple prolongación de España. A lo largo de su obra
ensayística, defendió y practicó con denuelo el fortalecimiento de vínculos y formas
de comunicación entre ambos continentes: la
unidad de civilización y de lengua, y en gran parte de raza también, persiste
en España y en esas Repúblicas de América, a pesar de su emancipación e
independencia de la metrópoli (Valera 1958:313)” (p100)
“Esta unidad y uniformidad
entre “españoles de España” y “españoles de América” conllevaba una latente
jerarquización, e implicaba necesariamente una condena de silencio, o mejor una
negación, de lo indio y lo negro como elementos de la hispanidad: lo que sostengo es que ni el salvajismo de
las tribus indígenas en general, ni la semicultura o semibarbarie que ahí
llevamos y que ustedes mantienen y quizá mejoran y magnifican (Valera 1958 (1889):
365)” (p100)
“La lectura de la obra
ensayística de Valera nos revela, en suma, a un hombre empeñado en una misión
de matices casi quijotescos: la de
devolverle el orgullo a un pueblo atrasado económicamente, derrotado
militarmente, convulsionado políticamente y abatido y decaído culturalmente”
(p101)
“Como ha señalado Donald F.
Fogelquist, “después de las guerras, todo tendía a la disgregación” (1968:11):
las jóvenes naciones americanas buscaban inspiración en doctrinas filosóficas y
modelos políticos europeos; y España, a su vez, se enfrentaba a los retos de su
desarrollo como nación-Estado moderna en medio de una crisis económica y de
conciencia. La interrupción del comercio espiritual y material entre la
metrópoli y sus antiguas colonias acentuó la ignorancia y desinterés que en
España había hacia lo americano: en la
segunda mitad del siglo XIX lo que menos interesaba al español eran los países
hispánicos de allende el mar. Los periódicos traían noticias de Francia,
Inglaterra, Alemania, Italia y otros países europeos, pero casi nada de América
o sobre América (Fogelquist 1968:19)” (p105)
“Las polémicas de la lengua en
la Hispanoamérica decimonónica (particularmente intensas en el Cono Sur) habían
probablemente alimentado los recelos puristas de la intelectualidad española.
Estas polémicas se desarrollaron en el seno del movimiento cultural de
afirmación de lo americano y de proclamación de autonomía literaria (Caballero
Wanguemert 1989:180). Pero en la propia América, y por debajo del espíritu
americanista dominante, habían de surgir diferencias, y muy marcadas, al tratar
el espinoso tema de la emancipación lingüística” (p106)
“En conclusión, la lectura aquí
propuesta de la polémica entre Cuervo y Valera sugiere varias claves para la
comprensión de las relaciones culturales entre España y Latinoamérica y para la
contextualización de la historia reciente de la lingüística hispánica. Primero,
muestra la profunda implicación de la ciencia del lenguaje en la elaboración de
discursos culturales de abierta orientación política; segundo, ilustra cómo, a
principios del siglo XX, la tradición filológica hispánica tenía que plantearse
la conveniencia ideológica de reconciliar el estudio científico del lenguaje y la
concepción romántica del mismo que lo
mantenía ligado a la voluntad humana…; y por último, la polémica ilustra la difícil
relación entre la vieja metrópoli y sus antiguas colonias en el proceso de
configuración de una identidad común ajustada a la nueva realidad postcolonial:
Valera insistió en la supervivencia de un espíritu panhispánico asociado con
las fuerzas de la civilización e hizo un llamamiento a españoles y americanos
para defenderlo. Cuervo dejó ver su escepticismo ante el glorioso futuro de una
comunidad hispánica unida y su decepción ante los intentos de la
intelectualidad española de retener la posición hegemónica en el concierto de
naciones hispánicas” (p107)
Realizado
por Jesús A. Meza M.
chumeza@hotmail.com
Sofía, 13 de
julio de 2014.