En su afán por hallar información fiable, científica y sólida a partir de la cual construir el argumento de su tesis, se encontró un texto de mediados del siglo pasado que sustentará, en parte, el discurso que está creando en torno al panhispanismo, nuestra lengua y la nueva política lingüística que afecta a los hispanohablantes y a hispanistas foráneos interesados. Escrito por Amado Alonso, un navarro bonaerense, pupilo del padre de la filología española, Ramón Menéndez Pidal, Estudios lingüísticos Temas hispanoamericanos (1953) editado por Gredos, recoge de muy buena gana un planteamiento fundamental.
A modo de registro del trabajo realizado hoy, a continuación se transcriben las primeras diez páginas de esa obra si no todavía vigente, al menos influyente.
Como ya es hora de dormir, corta y pega para dejar constancia...
Como ya es hora de dormir, corta y pega para dejar constancia...
"LA
BASE LINGÜÍSTICA DEL ESPAÑOL AMERICANO
Castilla
(Castella, “castillos”) fue la avanzada fortificada del reino cristiano de
Oviedo, una pequeña región de la antigua Cantabria, erizada de castillos, con
varios condes o gobernadores militares. Con Fernán González se unifican, se
agrandan, y casi se independizan aquellos condados en el Gran Condado de
Castilla. El lenguaje de aquel pequeño rincón era tan apartadizo como sus
habitantes, rústico, tosco y de extrañas innovaciones, en doble oposición con
el romance de los navarro-aragoneses y con el de los leoneses. Sobre todo, el
contraste era fuerte con el hablar de la corte de Oviedo y luego de León, que había
heredado la tradición culta de la corte visigótica.
En
el siglo XI la dinastía navarra erige a Castilla en reino, y desde su primer
rey se hace con la hegemonía de los reinos cristianos y con la dirección de la
Reconquista.
La
vida de los castellanos ha cambiado mucho en pocos años. Si antes eran gentes
de frontera, ahora ocupan un territorio extenso y lleno de ciudades, pequeñas,
pero ciudades al fin, y tienen su organización cortesana, y ya se cantan sus
primeros poemas nacionales, y su nobleza, creciente con las hazañas y con las
conquistas diarias, está desparramada por los antiguos solares. Aquel hablar
disidente y tosco, antes usado por montañeses y rústicos, es ahora la lengua
propia del estado más poderoso de toda la Península.
El
idioma es compañero inseparable del género de vida de toda comunidad, a la vez
su instrumento de coherencia y acción, su expresión y como la huella dactilar
de su carácter. Las nuevas condiciones de vida traen al idioma castellano un
nuevo sentido de cómo se debe hablar. Esto se acentúa en el siglo XII, cuando
en Castilla, como en toda Europa, se desencadena un fuerte movimiento de secularización
de la cultura, y más en el siglo siguiente, cuando Fernando III es Santo y su
hijo Alfonso X el Sabio hacen del castellano el idioma oficial de la Cancillería,
abandonando el latín, y echan las bases de la prosa castellana con las obras enciclopédicas
y las traducciones que emprendieron y fomentaron.
Ya
el castellano ha dejado de ser la lengua tosca de los arriscados fronterizos;
ya su evolución no se cumple hacia una progresiva dialectización, sino que
ahora, en el tono general de la lengua, en los caracteres de su funcionamiento
y en la orientación de su desarrollo intervienen con peso creciente los
caballeros, los letrados y cuantos sienten la dignidad de la cultura superior,
y sobre todo, los escritores, que, por seguir y propagar ideales artísticos,
son los que más empujan el idioma hacia modos de ser contrarios a los
dialectales. Unos y otros fueron dando lentamente al idioma fijación y capacitación
de instrumento literario.
Esta
doble labor se continúa y prospera en los siglos siguientes, y se acelera desde
la segunda mitad del siglo XV. Al llegar la época del Descubrimiento, el idioma
ya está listo para que los poetas y escritores que lo usan edifiquen con él las
más delicadas o magnificas construcciones artísticas. Si, ya sé que es lugar común
entre los hispanistas decir que en la época de la conquista todavía no había alcanzado
el idioma su mayoría de edad; pero eso es un espejismo: se piensa en la literatura
“clásica” española, y como la vieja tradición escolar da al concepto de “clásico”
el coeficiente de “perfecto”, entonces, naturalmente, lo que es diferente y
anterior a lo perfecto resulta inmaduro, y lo que es diferente y posterior
resulta degenerado o decadente: un “todavía no” y una “ya no”. Y sobre todo
eso, la mayoría de los hispanistas hasta hace poco veían la sazón del
clasicismo en el siglo XVII, en el genial Cervantes anciano, y sobre todo en el
esplendor barroco presidido por Calderón. El siglo XVI era una magnifica
antesala. Pero, con el idioma español que hablaban los súbditos de los Reyes Católicos,
un Jorge Manrique compone sus |Coplas a
la Muerte de su Padre, hoy mismo milagro de lozanía idiomática. En los días
mismos del Descubrimiento se escribió La
Celestina, y por los años de la conquista de México y del Perú, en la
plenitud de Carlos V mozo, un genio anónimo revoluciona el arte de novelar con El Lazarillo de Tormes, Garcilaso
llegaba en sus versos al colmo de la tersura idiomática, y Fray Antonio de
Guevara subía la prosa artística a un grado tal de transparencia y a la vez de
artificiosidad nunca ya sobrepasado, una prosa que enseño a escribir con arte,
directa o indirectamente, a muchos escritores ingleses y franceses y que todavía
resuena con algunos de sus procedimientos en los periodos de Mateo Alemán. Es más:
el idioma de Guevara y de Garcilaso resulta más cercano a nuestro actual
sentimiento lingüístico que el de Calderón, Quevedo y Góngora en el siglo
siguiente. Los españoles hicieron después otras formas de estilo, pero otras
formas no implican necesariamente formas mejores; en el hablar, los españoles olvidaron
unas palabras y modismos e introdujeron otras y otros, el significado y el
valor de otros pudo cambiar en el uso, pero eso que pasó en el siglo XVI
respecto al XV y en el XVII respecto al XVI, pasa de necesidad siglo tras
siglo, porque en la esencia misma del lenguaje vivo está el cambiar
incesantemente. Y cambiar no es necesariamente mejorar ni empeorar. Ciertamente
entonces se podía decir con igual legitimidad vanedad y vanidad, mesmo y
mismo, traxo y truxo, y hoy solo se admiten vanidad,
mismo y trajo; cierto también que
la fijación de las formas es un índice de la educación idiomática de los
hablantes, y que las formas no se han acabado de fijar hasta que ha habido un
organismo fijador: la Academia, y una poderosa organización que imponga las
fijaciones: la enseñanza pública, instituciones ambas modernas; pero, con todo,
eso afecta a la aceptación social de unas
otras formas del idioma, no a su existencia y vigencia, y, sobre todo,
si las formas no estaban fijadas en los días de Garcilaso y de Guevara, tampoco
lo estaban en los de Cervantes y Lope. Cuando se dice que el idioma de los
conquistadores, en comparación con el de un siglo después, era un lenguaje
tosco y poco hecho, se dice una cosa muy repetida, pero que no tiene
correspondencia con la historia.
El
español anteclásico ¿base del americano?
Lo
he leído en varios de los filólogos que se han ocupado del tema: que el español
de América tiene por base el español anteclásico. Dos errores o confusiones son
los responsables: el primero es de orden teórico-lingüístico, la confusión tan
general entre “lengua” y “lengua literaria”, confusión combatida y acometida
con todas armas desde hace medio siglo, pero que, al parecer, es inmortal. Lengua
clásica es solamente la de las obras literarias que tengamos por clásicas, la
cual, como todo lenguaje literario, es especial, una elevación del idioma por elaboración
artística. El idioma hablado por la gente, por los aguadores y los obispos, por
los oidores y los soldados, por los catedráticos y los bedeles, no es ni puede
ser nunca clásico, y, por tanto, nunca puede ser anteclásico ni posclásico. El
segundo error es de orden históricolingüístico, y es el pensar (¡que
maravillosa precisión!) que el español que hoy se habla en la extensa América
es un derivado concretamente del idioma que en 1492 trajeron los compañeros de Cristóbal
Colón en la Pinta, la Niña y la Santa María. No hacemos caricatura; son esos
mismos filólogos los que despejan la duda aclarando que el idioma base es el anteclásico
“del siglo XV”. Como si la tripulación descubridora hubiera puesto en la
Isabela o en la Española un huevo lingüístico, hubiera escondido un día en la
tierra una invasora semilla lingüística que desde allí se hubiera ido
extendiendo y multiplicando hasta cubrir las islas y los dos continentes. Esa
tan extraña como autentica concepción implica que Bernal Díaz (1519-1522),
Francisco Pizarro y sus 160 soldados conquistadores del Perú, Pedro de Mendoza
y sus 1200 fundadores del primer Buenos Aires (1536), etc., tuvieron que
abandonar su idioma del siglo XVI y volverse al del siglo XV que los Pinzones habían
depositado en la Española. Y sin embargo, un minúsculo acierto hay en este
descomunal error: en la isla Española, asiento primero de los españoles, el
idioma adquirió o fijo algunos elementos que después se extendieron y
naturalizaron por toda América; indigenismos, desde luego (maíz, canoa, ají, batata, hamaca, etc.), pero también voces
patrimoniales con significado americano (por ejemplo, quebrada, estancia) y algunos de los marinerismos tan característicos
del español americano (mazamorra, botar,
halar, largarse). Pero claro que estos elementos antillanos en el español
de las otras regiones americanas suman una parte mínima en la totalidad del
sistema.
Del
judeo-español sí que es la base el español del siglo XV, porque desde el siglo
XV quedaron apartados los judíos de los demás españoles y desde entonces su
hablar, my conservador, no participo de la evolución peninsular del idioma. Las
colonias de América, en cambio, eran durante todo el siglo XVI una real prolongación
de la España peninsular. Olas y olas de españoles iban a las colonias y
renovaban cada año la sangre idiomática. Muchas iban y venían. Lo que era nuevo
en la península saltaba al océano y en las colonias prendía como en su propio
suelo: todos los barcos llevaban remesas de libros españoles; comedias de Lope
se representaban en los teatros coloniales casi en seguida de su estreno
madrileño; las modas de vestir cambiaban en América conforme cambiaban en
España. El idioma también: no como una servil reproducción, sino como la forma
americana que fue adquiriendo en su marcha natural el idioma que hablaban los
españoles del siglo XVI, los de 1500 y los de 1600, y unos decenios del CVII.
El español “anteclásico” no lo puede ser porque “clásico” es concepto de aplicación
literaria; el español del siglo XV no lo es más que en el sentido perogrullesco
de que precedió al del siglo XVI como el del siglo XIV precedió al del XV. En
la época de la conquista y de la colonización, el lenguaje español del siglo
XV, en lo que tenía del siglo XV y no del siglo XVI (en lo que ya había salido
del uso), estaba tan pesado y muerto e inoperante como el lenguaje del siglo X.
Lo pasado y caducado no se cuenta por la distancia temporal, sino por su condición
de no pertenecer al sistema lingüístico vivo. No perduran en América, ni menos
son su base, ni la pronunciación del siglo XV (cambiaba en el XVI), ni las
formas verbales, ni las palabras ni las formas sintácticas que en España
quedaron obsoletas en el siglo XVI.
El
lenguaje de los andaluces ¿base del americano?
Los
castellanos pueden confundir por su hablar a un hispanoamericano con un
andaluz, nunca con un gallego ni con un aragonés. La impresión de andalucismo
que los castellanos reciben es autentica; un hecho seguro. Pero tal impresión,
en si objeto digna de estudio, no tiene justificación histórica. La impresión que
los argentinos reciben de oír hablar a un castellano es la de que es
agallegado; la impresión es verdadera, pero no tiene justificación histórico lingüística.
El apoyo principal en la impresión argentina es la pronunciación castellana de
la s; su timbre palatal da color a la
percepción argentina entera de la pronunciación castellana, y como la s palatal es también característica de
la pronunciación de los gallegos, tan abundantes en la Argentina, los
castellanos (y los leoneses, navarros y aragoneses) quedan sentidos como
gallegos o agallegados. Pero, a pesar de lo auténtico de la impresión, el
castellano nada tiene de gallego ni de agallegado.
La
impresión castellana del andalucismo americano se basa similarmente en dos
rasgos principales de pronunciación: el seseo y el yeísmo. Pero el yeísmo esta
documento antes en América que en España; el seseo, al revés, pero en América
con proceso autóctono y además lingüísticamente heterogéneo con el andaluz.
Ninguno de los dos se ha podido propagar desde Andalucía a América. Pero, además,
es que esa impresión de semejanza se basa en el hablar de los andaluces cultos
(muy desandaluzado, pero conservando el seseo y el yeísmo) y en el hablar de
los viajeros americanos cultos (desregionalizado también, como todo hablar
culto, pero no del seseo ni del yeísmo). Si se le quita al hablar de los
andaluces y americanos la mayor parte de lo que de regionales tienen, dejándoles
sin embargo a ambos el seseo y el yeísmo, es claro que se parecerán, y se parecerán
tanto más cuando mas desandaluzado este el del americano. (NOTA
AL PIE: El gran Hugo Schuchardt dijo que “el andaluz tiene la más grande
semejanza con el lenguaje del pueblo bajo de Madrid” (Zeitschrift für romanische Philologie, V, 304), y no como creencia
impresionista, sino como fruto de su análisis. Como para la impresión de los
castellanos el seseo es rasgo decisivo, estos ponen a los madrileños aparte de
los andaluces. Verdad es que además del seseo hay otros rasgos fonéticos, muchos
e importantes, que separan a los madrileños de los andaluces, y por eso la afirmación
de Schuchardt nos parece inexacta; pero, por análoga razón, lo mismo hay que
pensar y afirmar de la supuesta semejanza entre andaluces y americanos). El español culto de América es variadísimo en
las distintas regiones y zonas, y en las que fueron las más importantes en los
siglos coloniales no tiene nada de andaluz. Su español rústico (para atender a
lo de más sabor regional) y el de los rústicos andaluces son todo lo antípodas que
pueden ser dos dialectos de nuestro idioma. En otras partes, las Antillas, por
ejemplo, son más cercanos, pero aun en estos dialectos tienen más semejanza el
andaluz con el castellano y el antillano con el castellano que el antillano y
el andaluz entre sí.
Históricamente
tampoco está justificada la supuesta población de América por andaluces. Muchos
fueron los colonizadores andaluces, pero no más que los castellanos. El
predominio de los andaluces, se dice, se explica porque los puertos de Sevilla
y Cádiz tenían el monopolio de las Indias. Se olvida que desde 1529 la Corona
autorizo y legalizo la salida de barcos desde puertos del Cantábrico, salida
que ya se venía haciendo antes. Parece además razonable que, si un castellano
se sentía dispuesto a cruzar el Océano para emprender una nueva vida, no le iba
a arredrar hacer por tierra el camino a Sevilla (si no embarcaba por el Norte).
La opinión corriente no toma en cuenta que no podían existir en Andalucía
andaluces suficientes para poblar todo lo que se les atribuye y además quedarse
en Andalucía. La idea vulgar de su profusión pobladora se basa en un cómputo
imposible, como el de los árabes muertos en Covadonga según la tradición, o
como los millones de indios aniquilados en las Antillas por los españoles según
el P. Las Casas. Yo tengo en cuenta, sobre todo, que el andalucismo del español
de América se debe mantener, dejando de lado los argumentos impresionistas, con
el análisis integral del sistema lingüístico (o, si se quiere reducir, del fonético)
del español americano y del andaluz. Este análisis yo lo he hecho con todos los
elementos a mi alcance (nunca completos,
sobre todo por la gran variedad regional tanto de lo andaluz como de los
hispanoamericanos), y resulta que la única región donde existe alguna
correspondencia plural es la de las Antillas y tierras costeras del Caribe.
Solo
el Caribe coincide con Andalucía en algo más que el seseo y el yeísmo. La base
del español americano no es el andaluz del siglo XVI en lo que tenia de
disidente del castellano”. (Págs. 7 a
16).
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