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miércoles, 23 de julio de 2014

Sin ayuda no queda

Como estos días se habla de literatura y se refugia, subrepticia, la verdad entre una ficción real maravillosa, a continuacion otra historia (¿o la eterna historia?).

Hasta hoy aguantó. Anoche el colmo de la injusticia le arrastró fuera de la habitación. Tres semanas después de haber estado en Bulgaria, tratando de aclarar lo que desde el 17 de enero se ha mantenido oculto y forzado a una lógica absurda a partir de la poca información desplegada... Se pretende ocultar el sol con un dedo, mostrar que no se ha hecho nada y que por el contrario, la responsabilidad es de quien ha sido burlado y no de quien se burló. El proyecto de casa fue arrebatado, no se reconoce que precisamente existe porque hubo un aporte inmesurable. Socialmente se sigue promoviendo el aislamiento y la falta de razón y mientras tanto, la excasez de estabilidad laboral y dinero mella cualquier posibilidad. Su capacidad le falla... 

sábado, 19 de julio de 2014

Tras seis meses de "literatura"

Hay cosas que es mejor no explicar. El título es bastante elocuente. Mejor leer... se trata de un texto de una autora inconforme.

El diagnóstico

Para N., que es agua, como viento y fuego,
con el deseo de que también encuentre
su rincón de tierra, en la tierra.

“Me gustó mucho. Pero al final, ¿qué importancia tiene todo esto?”

En mi papel de autor debo aclarar que estas frases encomilladas reproducen los pensamientos de la protagonista de mi cuento. Se llama Nora, tiene 35 años y siente que ya es muy, pero muy vieja. Siente eso porque le falta la fuerza de la r. Sus padres pensaban ponerle otro nombre diferente, pero cedieron ante las insistencias de la abuela materna. De este modo, y por no salir del corazón, el nombre de Nora no le pudo aportar a su dueña la fuerza y el optimismo que le daría una r verdadera y con amor. Me refiero a nombres como Eric, Francisco, Alfredo, Rosa, María, Laura, en fin, nombres con R de verdad. No sé si me entienden muy bien, pero igual. Sigo.

La primavera invernal es algo muy sabroso. En pleno enero, en un país frío, con este sol primaveral es difícil perder la esperanza.

“¡Qué bonito! Le voy a escribir. Le diré que me ha hecho llorar y reír a la vez. ¡Qué bonito! Además, la versión en youtube es perfecta porque cambia la canción y el disco se repite una y otra vez. Para yo llorar y reír sin tener que preocuparme por darle al botón”.

Entenderán fácilmente que Nora estaba perdida en sus propias emociones. Acababa de recibir una de estas muestras de cariño que la hacían tan feliz. Una canción, una sonrisa, una charla y una caricia… qué más podría desear. Bueno, nada más. Solo esto, pero… Ella, por tener un nombre que no le pegaba muy bien, era una persona un poco contradictoria. Aparentaba para estar a la altura de la r de su nombre. Y lo hacía bien. Al mismo tiempo tenía algo delicado y casi imperceptible, una suavidad de color verde claro invisible que se apagaba cuando estaba triste. Cuando se sentía insegura perdía este encanto y se quedaba atrapada en el abismo de su propia debilidad. Como ahora.

“La vida es el presente. Es un presente. Tú sabes qué significa presente, ¿verdad?”

Entonces no lo sabía, pero justamente el que le negaba este presente tuvo la delicadeza de explicárselo. Ya que Nora estaba muy perdida en esa época, no captó el mensaje. Yo sí se los voy a explicar. Lo que quería decir el sujeto en cuestión era, más o menos: Conmigo o sin mí, la vida es un don y tú debes seguir adelante. Y hazte a la idea de que será sin mí.

“Y no debes darle tantas vueltas al coco”. Así mismo le dijo. Y ella recuerda esto perfectamente. Y lo entendió sin problemas. Así que se rindió. Sin éxito. La primera y única vez que tuvo la fuerza de decidir irse de una vez por todas.

“Si no pude hacerlo, por algo será. Estoy feliz, he ido aprendiendo mucho. Soy una persona rica. De emociones. Soy una persona de felicidad muy fácil. Acabo de darme cuenta. Solo necesito una caricia, una sonrisa, una canción, una amistad para abrirme y querer. Lo malo es que… lo necesito sin cesar. Por eso me encantó el diagnóstico. ¡Qué bien dicho! Y al mismo tiempo suena desesperanzador. ¿Tan fácil se me nota que soy una cabeza perdida?”

No sabré decirles si mi protagonista era o no una cabeza perdida, ya que la tenía bien puesta en su lugar, con una mente que no dejaba nada que desear y una inteligencia lúcida. Lo que preocupaba era el corazón. El corazón le latía tan rápidamente que no le permitía posarse en la tierra. Estaba volando. De una emoción y otra, entre un lugar y otro, entre un nombre y otro, así era ella. A lo mejor algún día da con su nombre, lo reconoce y se reencuentra. Pero hablábamos del diagnóstico.

“¿Y eso está mal? -No sé si está mal. Unas personas son altas, ¿es malo? No, simplemente lo son y ya.” Lo importante era reconocerlo, aceptarlo y rodearse de gente que la quisiera tal y como era: enamorada del amor. “Y de alguna manera lo persigues”.

“¡Qué bonito! ¡Gracias! Mil gracias una y otra vez. Aunque seas tan solo un instante, aunque tú vivas en esta tierra y yo en un incierto lugar soñado, gracias por existir y haberme devuelto una vez más la sonrisa. Aunque sea tan solo por esta noche.”

Como ven, queridos lectores, me veo obligado a abandonar a mi protagonista. No hay fuerza que la devuelva a habitar entre la gente de esta tierra y por tanto, darme a mi material para yo poder contar sus vivencias entre sus semejantes. Y si se reconocen en alguna de estas líneas, ya saben: unos lo son y otros no. Malo no es, de todas formas. Se lo ha dicho un hombre muy especial que tiene en su nombre una R verdadera.

(FIN)

Las justificaciones son maniqueas, líquidas, adaptables; y tal complicidad inaceptable nul ozen ozen pet devet chetiri ches dve ches chetiri... Esa es la magia de la literatura: polisemia; cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

miércoles, 16 de julio de 2014

¿Academia Mexicana buscará independizarse de la RAE?

Hay veces en que es mejor no generar contenido, sino que conviene presentarlo tal cual. Sin embargo conviene resaltar el título, solo para la reflexión: ¿independizarse? Lo otro sería lo que se viene estudiando: el rol de la ASALE (precisa y originariamente "mexicana").

Como se cree que es mejor presentar la información, tal cual, ese es el caso de este "post" en "El Castellano, la página del idioma español"; un excelente espacio online, por cierto.

Por considerar que el diccionario de la Real Academia Española es inequitativo con las expresiones que se utilizan fuera de la Península Ibérica, es que la Academia Mexicana de la Lengua (AML) buscará independizarse. El reto es por lo tanto generar un diccionario tan amplio, y mejor, que el diccionario de la institución europea (DRAE), pues son necesarios recursos verdaderamente equitativos y que reconozcan las hablas locales, comentó el director adjunto de la AML, Felipe Garrido, al término del sexto congreso regional celebrado en la Universidad Autónoma de Aguascalientes (UAA). En compañía de la jefa de gabinete de la Comisión de Enlace de la AML, y el académico correspondiente para Aguascalientes, Felipe San José González Garrido, recordó que en 2010 se publicó la primera edición de un diccionario de mexicanismos a cargo de la AML, con el que se busca arraigar la idea de que los modismos regionales (formas particulares del español) son totalmente legítimos, por lo que se prepara una segunda edición que hasta el momento ha duplicado el tamaño de su antecesor. Al respecto, expresó que esta acción plantea las bases para un gran diccionario que registre la gran diversidad lingüística del país, y se avanza hacia la independencia de academias de lengua española, pues consideró que el DRAE sigue siendo el diccionario central para los hablantes del español, a pesar de que no es equitativo. Sobre el tema, manifestó que los diccionarios son obras de orientación que no deben tomarse con histeria, pues aunque no existan algunas palabras en él, si se usan, deben respetarse. Esto lo ejemplificó con vocabularios derivados de lenguas extranjeras como el inglés o el francés, que en España son reapropiados, como güisqui o jersey, mientras que en México siguen conservando varios de sus elementos, como sandwich o futbol, a diferencia del sándwich o fútbol para la comunidad española. De esta forma indicó que no se pueden evitar los debates porque el DRAE está hecho allá, por lo que debe generarse un diccionario de tal magnitud por cada academia, pues aunque existe el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPN) que describe cómo se dice en distintos países una cosa, este documento se puede considerar como un intento por imponer a todos los pueblos de habla española los usos de España, más que defender las diferencias. Simplemente, dijo, en el DRAE se indican argentinismos, mexicanismos o colombianismos, pero no españolismos, por lo que no es un mamotreto equitativo. Por otra parte, Felipe Garrido mencionó que de acuerdo a especialistas en todo el mundo, desaparecerán al menos la mitad de las 3 mil lenguas que actualmente se conservan, debido a la falta de uso y la globalización; pero el español seguirá en expansión por ser utilizado por cerca de 400 millones de personas en el mundo y la segunda lengua más estudiada; sin embargo, existen lenguas que podrían extinguirse, como el kiliwa que sólo es empleado por nueve personas en Baja California, y otro sólo es conocido por un matrimonio de más de 80 años de edad. 

El link donde está la información es del mes de mayo: http://www.elcastellano.org/ns/edicion/2014/mayo/aml.html 

domingo, 13 de julio de 2014

"La Batalla del Idioma" (más sobre trasfondo e intríngulis de política lingüística panhispánica)

Una de las cosas que resaltan de este libro -para quienes lo descubrimos hace no más de dos años-, cuyos editores son José del Valle y Luis Gabriel-Stheeman, es que fue publicado en español hace ya una década. The battle over Spanish between 1800 and 2000: language ideologies and hispanic intellectuals, había sido publicado por Routledge en 2002, pero dos años más tarde es que aparece La batalla del idioma. La intelectualidad hispánica ante la lengua en la editorial Vervueishrt/Iberoamericana.

Resalta por la profundidad de los argumentos de los diez trabajos que componen el texto. No dudo de su impacto.

A continuación, se comparten algunas citas a modo de literature review de los capítulos 2 y 4; muy adecuados para los interesados en los intríngulis de eso que llaman política lingüística panhispánica. 

LIBRO:

DEL VALLE, José & Luis GABRIEL-STHEEMAN (Eds.) (2004): La batalla del idioma. La intelectualidad hispánica ante la lengua. Madrid: Iberoamericana/Vervuert.

CAPÍTULO:

2. Antiacademismo lingüístico y comunidad hispánica: Sarmiento y Unamuno, por Barry Velleman (p.35-65)

COMPENDIO DE CITAS:

“La llamada Generación argentina de 1837 ha sido considerada como “probablemente el grupo de intelectuales latinoamericanos más elocuente y consciente de sí mismo” de su siglo (Katra 1996:7). Juan Bautista Alberti, Esteban Echeverría, Juan María Gutiérrez, y Domingo F. Sarmiento -todos ellos nacidos entre 1805 y 1811- fueron vástagos de la independencia argentina de España (1810-6), así como testigos de los graves conflictos ocurridos durante la agitada era postcolonial de su país” (p35).

“Defensores de los valores tradicionales hispánicos se oponían a aquellos que aspiraban a imponer los ideales liberales europeos, y en especial los franceses. Para Sarmiento, además, la revolución había servido para provocar otra confrontación, en este caso entre dos elementos opuestos que ya estaban presentes en la sociedad argentina de la preindependencia: barbarie y civilización”. (p36).

“La independencia política había de llevar a una análoga liberación de la inteligencia y, de hecho, de cualquier manifestación cultural. Esto significaba, por supuesto, romper con la tradición intelectual española, a la que todos consideraban anquilosada (Katra 1996:88)” (p37).

“Estos escritores consideraban que la autonomía literaria y lingüística de España debía ser una consecuencia natural de la independencia política. Como escribió Echeverría: Nos parece absurdo ser español en literatura y americano en política…la lengua argentina no es la lengua española (cit. en Rosenblat 1960:558)” (p37).

“Rosenblat ofrece la siguiente síntesis de las ideas lingüísticas de este grupo de intelectuales: Todos ellos coinciden en un antiespañolismo cultural y lingüístico, que a veces llega a la hispanofobia; en n entusiasmo ferviente y neófito por la literatura y el pensamiento francés; en a devoción por  pueblo y la tierra; en la afirmación de la inspiración americana…; en la exaltación de las ideas y el menosprecio de las palabras; en el rechazo de toda tutela académica o academicista; en la afirmación de la libertad de la lengua, para que pueda progresar con las ideas nuevas. Sarmiento, Alberdi y Juan María Gutiérrez llegaban a proclamar la soberanía popular en materia del lenguaje (1960:557)” (p37).

“En opinión de Sarmiento, a través de los errores de sus déspotas -y especialmente de la Inquisición- España había producido una civilización inerte que, por supuesto, Latinoamérica había heredado…Mediados los años cuarenta, Sarmiento aún veía la influencia española en oposición diametral a las necesidades de los estados independientes latinoamericanos…el español, como lengua de una cultura inerte, era necesariamente una lengua muerta, incapaz de expresar ideas modernas. En 1843 escribió: La España no posee un solo escritor que pueda educarnos, ni tiene libros que nos sean útiles (Sarmiento 1843c:38). En 1867, Sarmiento le escribió lo siguiente al presidente Mitre de Argentina: ¡Estamos hablando un idioma muerto! Las colonias no se emanciparán, sino abandonándolo, o traduciendo entero otro. Esto último será obra de varón. Lo otro sucederá por la lenta acción de otras razas, que poblarán nuestro suelo, sirviendo nosotros de abono a la tierra (1911:30)” (p38).

“En sus escritos de 1843, Sarmiento enfatiza lo que percibe como falta de legitimidad de la RAE, aun en el contexto de España. Sus miembros, opina, son pensadores poco originales: “[…] son, no obstante ser los más notables de España, escritores subalternos, pensadores comunes que importan ideas de las naciones vecinas a su país, o como Hermosilla y otros pobres diablos, se aferran en sostener lo pasado con dientes y uñas” (1843c:6). Esa falta de legitimidad y por ende de autoridad justifica, en opinión de Sarmiento, el separatismo cultural respecto a España que radica en el mismísimo corazón de la nacionalidad americana: [E]l estarnos esperando que una academia impotente, sin autoridad en España mismo, sin prestigio y aletargada por la conciencia de su propia nulidad, nos de reglas, que no nos vendrán bien después de todo, es abyección indigna de naciones que han asumido el rango de tales (1843c:29)” (p43).

“Es ridículo estar usando la ortografía de una nación que pronuncia las palabras de distinto modo que nosotros” (1843c:3) (p44).

“El 19 de noviembre de 1842 se aprobó el plan de fundación de la Universidad de Chile, con Andrés Bello como rector y Sarmiento como miembro fundador. Una de las tareas de la nueva universidad fue la supervisión de la educación elemental. Bello, quien había escrito algunos artículos en torno a la reforma ortográfica, animó a Sarmiento a investigar más a fondo la cuestión. El 17 de octubre de 1843, exactamente un mes después de la inauguración de la universidad, Sarmiento presentó su “Memoria sobre ortografía americana” (1843c). Las reformas ortográficas propuestas en ella se basaban principalmente en otras anteriores a García del Río y Bello (1823), pero Sarmiento dio un paso más al reclamar una ortografía estrictamente latinoamericana. Por otra parte, el texto de Sarmiento reflejaba una postura fuertemente antiespañola: eso es lo que diferencia fundamentalmente su sistema del de Bello, el cual veía con alarma todo signo de escisión lingüística, de fraccionamiento de la amplia comunidad hispánica. Sarmiento en cambio se dejaba llevar por el violento anti-españolismo que en las generaciones jóvenes había seguido a la guerra de la Independencia (Rosenblat 1981:cvii)”. (p45).

“Sarmiento rechazaba dos de los tres criterios ortográficos tradicionales. Por una parte, aseguraba que el uso constante apenas existía en las naciones hispanas, dada ausencia de autores eminentes que pudieran servir como modelos. Por otro lado, la etimología no se podía considerar una opción práctica, ya que iba más allá del entendimiento de la gente común. Por consecuencia, la pronunciación era el único criterio viable para la reforma ortográfica (Sarmiento 1843c:12-3)” (p46).

“Más de medio siglo después de las polémicas suscitadas por Sarmiento en Chile, Miguel de Unamuno volvería en España sobre muchas de las mismas cuestiones” (p51).

“Unamuno se consideraba un “devoto lector y… entusiasta panegirista” de Sarmiento e incluso, en un momento dado, pensó en escribir un libro sobre el argentino (Holguín 1964:155; Unamuno 1997:34), quien, no en balde, era su autor favorito del siglo XIX, un hombre “más español que ninguno de los españoles”, a pesar -o más precisamente, por- sus ataques a España (Unamuno 1905a:903)” (p51).

“Un examen de las visiones del lenguaje de Sarmiento y Unamuno revela que ninguno de los dos sentía gran interés por las investigaciones de la lingüística formal. Para nuestros autores, el saber sobre el lenguaje debe estar humanizado para tener valor. Unamuno escribió: en mí la filología no es nunca más que un pretexto, o mejor un trampolín. Ambos escritores establecían una conexión inmediata entre lengua y crítica social: la visión unamuniana de la lengua y su perplejidad acerca de los profundos conflictos de su sociedad proceden de las mismas circunstancias…Su visión de lengua y su percepción de las disfunciones de su sociedad son simultáneas (Lacy 1967:120, 101)” (p53).

“Sarmiento y Unamuno compartían un profundo escepticismo con respecto a la utilidad y legitimidad de la Real Academia Española: ambos se mostraban reacios a aceptar que “un cuerpo de sabios” pudiera desempeñar un papel positivo en la vida lingüística de una comunidad; veían en “la gente” al verdadero poseedor de la legitimidad lingüística e insistían en defender una visión necesariamente pragmática de la lengua” (p55).

“Para Sarmiento, la Academia era inútil en cuestiones prácticas: “no se ocupaba por entonces de escuelas primarias, ni del desenvolvimiento de la razón pública” (1843c:23). De manera similar, Unamuno escribió: “La tal Academia es una institución aristocrática que no trabaja para la cultura popular” (1907c:372). Por otra parte, en sus críticas a la Academia, ambos autores enfatizaban la imposibilidad de estabilizar una lengua viva. Unamuno afirmaba así la futilidad de tales esfuerzos: [D]ejemos a la Real Academia que fije la lengua castellana, haciéndole hipoteca inmueble, y, por nuestra parte, nosotros, los vivos heterodoxos, los que por favor de la naturaleza no somos instituciones ni tiramos a serlo, ya que tenemos que servirnos de esa lengua, procuremos, en la medida de nuestras fuerzas cada uno, movilizarla, aunque para conseguirlo tengamos que ensuciarla algo y quitarle algún esplendor (1903a:1072)” (p55).

“Sarmiento se había opuesto a la opinión de Bello de que, en la lengua, era necesario un cuerpo de sabios para “dictar las leyes convenientes” (Bello 1842a:252) y había definido como la función más apropiada de la Academia la de “recoger en un armario las palabras cuyo uso está autorizado unánimemente por el pueblo mismo y por los poetas” (Sarmiento 1842f:242)” (p55).

“La aceptación del uso popular como fuente principal de legitimidad lingüística era predominante entre las nociones románticas de la lengua. Alberti había escrito: “las lenguas no son obra de las Academias; nacen y se forman en la boca del pueblo” (cit. en Cambours Ocampo 1983:34). Unamuno, por su parte afirma que la “lengua la hace el pueblo, señor mío, y no los académicos” (1907c:369)” (p56).

“La Generación de 1837, influida por el nacionalismo lingüístico, por las ideas revolucionarias de Francia y los Estados Unidos, y por el pesimismo crítico de Larra en España, reaccionó contra aquellas opiniones. En la controversia sobre la posible fragmentación de la lengua española en América, la postura separatista de Sarmiento mantenía que el progreso inmediato de la sociedad era lo primordial, aun si la continuidad del español acababa siendo una víctima de este empeño. En contraste, otros escritores latinoamericanos, como Andrés Bello en su Gramática, expresaron una mayor preocupación por la unidad lingüística hispana y vieron un peligroso precedente en la fragmentación del latín vulgar en las diferentes lenguas románicas: juzgo importante la conservación de la lengua de nuestros padres en su posible pureza, como un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes… [L]a avenida de neologismos de construcción, que inunda y enturbia mucha parte de lo que se escribe en América, y alterando la estructura del idioma, tiende a convertirlo en una multitud de dialectos irregulares, licenciosos, bárbaros; embriones de idiomas futuros, que durante una larga elaboración reproducirían en América lo que fue la Europa en el tenebroso período de la corrupción del latín (Bello 1981:129-30)” (p60).

“A finales del siglo XIX y comienzos del XX se produjo una intensificación del debate respecto a la cuestión de la fragmentación. El escritor español Juan Valera y el filólogo colombiano Rufino J. Cuervo se habían enzarzado en una áspera polémica. Unamuno a su vez apoyó la postura de Valera, rechazando la idea de Cuervo de que el español se dividiría inevitablemente en muchas lenguas. Asimismo, le dedicó un buen número de páginas a la teoría fragmentacionista del escritor francés Luciano Abeille (1860-1949), cuyo libro Idioma nacional de los argentinos proponía la idea de que hablar español era para los argentinos “[contrario al] derecho inherente a un pueblo de hablar un idioma especial” (1900:5)” (p60).

“La lengua hispánica, hoy patrimonio de una veintena de naciones… es la lengua que compartirá un día con la inglesa el predominio mundial” (Unamuno 1911a:598-9)” (p61).

"Unamuno sostenía que la situación del latín durante y tras el Imperio Romano había sido muy diferente de la del español en América. Aparte de que éste poseía diferentes condiciones de sustrato y niveles de competencia cultural muchos más altos y amplios, la fragmentación lingüística en América se prevendría o retrasaría gracias al ascenso de la clase obrara (resultante del crecimiento del comercialismo postindustrial) y a innovaciones tecnológicas como la imprenta, que había perpetuado una norma escrita conservadora (ver Unamuno 1908b: 591-3)” (p61).

“Sarmiento creía que la falta de una literatura de valor haría imposible un modelo peninsular en Latinoamérica; la postura de Cuervo era similar en el hecho de que consideraba improbable que la comunidad intelectual hispana se pusiera de acuerdo en cuanto a una norma común. Por el contrario, Unamuno enfatizaba la centralidad de un lengua común como una tradición intrahistórica que creaba sociedad: sociedad no es más que lenguaje común” (1919:438) “Lo que hace la continuidad de un pueblo no es tanto la tradición histórica de una literatura cuanto la tradición intra-histórica de una lengua; aún rota aquélla, vuelve a renacer merced a ésta” (cit. en Betancur 1964:87)” (p62).

“Unamuno encuentra la fuente de la unidad hispánica en una lengua compartida que él denomina “sobrecastellano” o “hispanoamericano” (Unamuno 1911b:227-8). Unamuno identifica al “sobrecastellano” como el viejo romance castellano enriquecido por su contacto con nuevas ideas y nuevas culturas. “El futuro lenguaje hispánico no puede ni debe ser una mera expansión del castizo castellano, sino una integración de hablas diferenciadas sobre su base, respetando su índole, o sin respetarla, si hace al caso” (1903a:1065)” (p62).

“En los artículos escritos inmediatamente después de los cruciales sucesos de 1898, Unamuno valoró la literatura latinoamericana en contexto de recolonización, considerándola como un “proyecto de nostalgia imperial” (Fiddian 1999:119)” (p63).

“En 1908 le escribió a Menéndez Pidal: mi tribuna es La Nación de Buenos Aires, donde a mi modo españolizo, y sobre todo, procuro destruir ciertos aditamentos que allí iban anejos a lo español (cit. en Unamuno 1970:26)” (p63).

“La actitud de Unamuno hacia Latinoamérica cambió con el tiempo. Si en 1905 todavía estaba de acuerdo con el juicio enunciado por Sarmiento en sus Viajes (1846) -a propósito de la vacuidad de la cultura literaria y académica española (1999:207)- después de 1908, sin embargo, se advierte una actitud crecientemente negativa hacia Sarmiento. Para 1911, Unamuno ya percibía una falta de información en la conceptualización sarmentiana de la historia española: este escritor “tan profundamente español” era ahora para él una víctima del afrancesamiento”. (p64).

“El argentino consideraba impotente a la Real Academia Española para contribuir a la formación de una cultura latinoamericana en la que el proceso social pudiera tener lugar. La RAE era para Sarmiento un símbolo de los tiempos ya pasados de la “la colonia” de una cultura en decadencia. Además, en la Península no existían modelos literarios contemporáneos que fueran aceptables y la ortografía tradicional, anárquica y arcaica, representaba un obstáculo para una regeneración pedagógica fundamental en el progreso cultural de Latinoamérica. Por estas razones, las repúblicas independientes deberían volver la mirada a los modelos culturales de los “países cultos”. Los viajes de Sarmiento a Europa y los Estados Unidos (1846-8) fueron cruciales en su búsqueda de modelos culturales (es decir, educacionales). Cualquiera que fuera su fuente, las nuevas ideas inevitablemente provocarían cambios lingüísticos en Latinoamérica que los individuos y las Academias serían incapaces de impedir. La unidad de la lengua española podría perderse en este proceso, pero las “necesidades inmediatas” de América debían recibir prioridad” (p65).



Realizado por Jesús A. Meza M.
chumeza@hotmail.com
Sofía, 10 de julio de 2014.


CAPÍTULO:

4. Lingüística histórica e historia cultural: notas sobre la polémica entre Rufino José Cuervo y Juan Valera, por José del Valle  (p.93-107)

COMPENDIO DE CITAS:

“Esta conocida controversia coincidió con dos momentos cruciales en la historia política e intelectual de las naciones hispánicas: empezó en 1899, el año después de que España perdiera sus últimas colonias, y se terminó en 1903, el año antes de que Ramón Menéndez Pidal publicara su emblemático Manual de gramática histórica española. La refriega entre Cuervo y Valera subraya el valor que la lingüística adquiere como fuente de legitimidad en debates culturales y políticos, y en particular en el debate sobre la naturaleza de la identidad hispánica durante los primeros años del siglo XX” (p94).

“En 1899, veía la luz una narración en verso titulada Nastasio escrita por el poeta argentino Francisco Soto y Calvo. El poema…venía precedido de una carta-prólogo de Rufino José Cuervo, en la cual, tras resumir y elogiar el poema, don Rufino aludía al glosario de términos regionales que lo había de acompañar. Estos provincialismos y, en especial, su cada vez más frecuente aparición en la literatura eran, para Cuervo, germen de futuras lenguas independientes y amargo presagio de la inevitable fragmentación del español, que emularía así el triste destino del latín. Esta división de la lengua la atribuía Cuervo a tres factores: la natural diferenciación a que conducen los distintos climas, estilos de vida y razas, el colapso de España como centro unificador y fuente de inspiración intelectual, y la falta de contacto entre los países hispanoamericanos. Todo esto lo expresaba Cuervo con la mayor amargura e insistiendo en que estas épocas de división “en la vida de los pueblos pueden ser muy largas”” y en que “no hemos de olvidar que somos hermanos” (Cuervo 1899)” (p94).

“Por aquellos años, Juan Valera colaboraba asiduamente con La Nación de Buenos Aires, con cartas que solían girar en torno a temas culturales y literarios. Hacia agosto o septiembre de 1900 debió de recibir Valera una copia del Nastasio, y tanto lo contrariaron las palabras de Cuervo que sin demora escribió una respuesta (titulada “Sobre la duración del habla castellana” [Valera 1900] que habría de ser publicada el veinticuatro de septiembre en Los lunes de El Imparcial de Madrid (la reseña del Nastasio aparecería por fin en La Nación el dos de diciembre del mismo año). Esta nota de Valera, impregnada de sarcasmo valerino, rechazaba la posibilidad de diferenciación lingüística de los países hispánicos; los provincialismos, afirmaba, son comunes también en España y normales en la vida de toda lengua” (p95).

“La reacción de Cuervo no se hizo esperar (ver Guitarte 1981). En 1901, el volumen III del Bulletin Hispanique, incluía un artículo del colombiano titulado “El castellano de América”…En primer lugar, puso Cuervo a un lado la discusión sobre las fuentes culturales (ibéricas y no ibéricas) de las que bebe o ha de beber Hispanoamérica; y lo hizo con un comentario no carente de una cierta causticidad que nos recuerda al escepticismo con el que, como indica Velleman en el capítulo 2, Sarmiento y los miembro de su generación veían el estado de la vida intelectual española: yo lamento también, como el que más, y sin poderlo remediar, que si en América quiere uno estar al tanto del progreso científico y literario, desde la gramática hasta la medicina, la astronomía o la teología, no se le ocurra acudir a los libros españoles, y que si tienen los recursos necesarios para trasladarse a las universidades europeas, no escoja las de Madrid o Salamanca (Cuervo 1950:275)” (p96)

“A lo largo del cuerpo central del texto, Cuervo insiste en la validez de la comparación entre la fragmentación del latín y la futura del español. Para ello echa mano de abundante evidencia filológica que demuestra el lento pero natural e inevitable proceso de cambio lingüístico y aporta datos dialectológicos que prueban la presencia del germen de la disgregación. Concluye que, cuando la propia dinámica interna del organismo lingüístico se suman circunstancias geográficas e históricas que favorecen el relativo aislamiento de unas regiones de otras, es inevitable la divergencia: “es visto que todo conspira a descalabrar la unidad” (306)” (p96)

“En 1903, de nuevo en el Bulletin Hispanique, Cuervo, irritado por la incapacidad de Valera para discutir en términos lingüísticos y ofendido por la tergiversación que el español había hecho de sus palabras, pone fin a la polémica con palabras muy reveladoras del verdadero espíritu de la misma: [Valera] pretende que las naciones hispanoamericanas sean colonias literarias de España, aunque para abastecerlas sea menester tomar productos de países extranjeros, y, figurándose tener aún el imprescindible derecho a la represión violenta de las insurgentes, no puede sufrir que un americano ponga en duda el que las circunstancias actuales consientan tales ilusiones:: esto le hace perder los estribos y la serenidad clásica. Hasta aquí llega el fraternal afecto (Cuervo 1950:332)” (p98)

“Las ideas lingüísticas de Valera, así como la actitud hacia la ciencia del lenguaje que acabamos de describir, son complementarias de su visión de la realidad cultural y política de España y del mundo hispánico: sumándose a “aquella parte de España que no se resigna a la decadencia” (Tuñón de Lara 1980:97), propone que, frente al abatimiento y decaimiento económico y político en que se encontraba España, es responsabilidad de todo español afirmar la grandeza de la civilización española y defender la unidad de esta civilización” (p100)

“Valera fundió y confundió su defensa de la unidad del mundo hispánico con la defensa de la uniformidad lingüística y cultural (de nuevo en un gesto propio del movimiento hispanista que anticipaba la visión pidalina de la lengua española). En un sentido, su ideología era resultado de lo que Joan Ramón Resina ha llamado “una de las grandes equivocaciones de la historia de España: la superposición de la identidad castellana como identidad del estado español” (p100)

“Valera promovió la proyección transoceánica de la superordinación de la identidad castiza, y por eso concibió a Hispanoamérica como una simple prolongación de España. A lo largo de su obra ensayística, defendió y practicó con denuelo el fortalecimiento de vínculos y formas de comunicación entre ambos continentes: la unidad de civilización y de lengua, y en gran parte de raza también, persiste en España y en esas Repúblicas de América, a pesar de su emancipación e independencia de la metrópoli (Valera 1958:313)” (p100)

“Esta unidad y uniformidad entre “españoles de España” y “españoles de América” conllevaba una latente jerarquización, e implicaba necesariamente una condena de silencio, o mejor una negación, de lo indio y lo negro como elementos de la hispanidad: lo que sostengo es que ni el salvajismo de las tribus indígenas en general, ni la semicultura o semibarbarie que ahí llevamos y que ustedes mantienen y quizá mejoran y magnifican (Valera 1958 (1889): 365)” (p100)

“La lectura de la obra ensayística de Valera nos revela, en suma, a un hombre empeñado en una misión de matices casi  quijotescos: la de devolverle el orgullo a un pueblo atrasado económicamente, derrotado militarmente, convulsionado políticamente y abatido y decaído culturalmente” (p101)

“Como ha señalado Donald F. Fogelquist, “después de las guerras, todo tendía a la disgregación” (1968:11): las jóvenes naciones americanas buscaban inspiración en doctrinas filosóficas y modelos políticos europeos; y España, a su vez, se enfrentaba a los retos de su desarrollo como nación-Estado moderna en medio de una crisis económica y de conciencia. La interrupción del comercio espiritual y material entre la metrópoli y sus antiguas colonias acentuó la ignorancia y desinterés que en España había hacia lo americano: en la segunda mitad del siglo XIX lo que menos interesaba al español eran los países hispánicos de allende el mar. Los periódicos traían noticias de Francia, Inglaterra, Alemania, Italia y otros países europeos, pero casi nada de América o sobre América (Fogelquist 1968:19)” (p105)

“Las polémicas de la lengua en la Hispanoamérica decimonónica (particularmente intensas en el Cono Sur) habían probablemente alimentado los recelos puristas de la intelectualidad española. Estas polémicas se desarrollaron en el seno del movimiento cultural de afirmación de lo americano y de proclamación de autonomía literaria (Caballero Wanguemert 1989:180). Pero en la propia América, y por debajo del espíritu americanista dominante, habían de surgir diferencias, y muy marcadas, al tratar el espinoso tema de la emancipación lingüística” (p106)

“En conclusión, la lectura aquí propuesta de la polémica entre Cuervo y Valera sugiere varias claves para la comprensión de las relaciones culturales entre España y Latinoamérica y para la contextualización de la historia reciente de la lingüística hispánica. Primero, muestra la profunda implicación de la ciencia del lenguaje en la elaboración de discursos culturales de abierta orientación política; segundo, ilustra cómo, a principios del siglo XX, la tradición filológica hispánica tenía que plantearse la conveniencia ideológica de reconciliar el estudio científico del lenguaje y la concepción  romántica del mismo que lo mantenía ligado a la voluntad humana…; y por último, la polémica ilustra la difícil relación entre la vieja metrópoli y sus antiguas colonias en el proceso de configuración de una identidad común ajustada a la nueva realidad postcolonial: Valera insistió en la supervivencia de un espíritu panhispánico asociado con las fuerzas de la civilización e hizo un llamamiento a españoles y americanos para defenderlo. Cuervo dejó ver su escepticismo ante el glorioso futuro de una comunidad hispánica unida y su decepción ante los intentos de la intelectualidad española de retener la posición hegemónica en el concierto de naciones hispánicas” (p107)



Realizado por Jesús A. Meza M.
chumeza@hotmail.com
Sofía, 13 de julio de 2014.

jueves, 10 de julio de 2014

La nacionalidad Iberoamericana y el futuro de la lengua

¿Siempre es válido lanzar ideas al aire?

Desde su salida de España y estancia en Bulgaria lo que menos ha tenido es tranquilidad. Ha conducido más de 2500 kilómetros, ha estado inmerso en un coctel aceptaciones y negaciones que para bien o para mal ocasionaron que hoy se sentase, en su mesa y frente a la plenitud de sus libros.

Madrugó y en las previas del desayuno hizo un corte para compartir esta reflexión.

Tras estar en Madrid, investigando, tiene muy claro que la Madre Patria sabe que el futuro de la existencia de la lengua española está inexorablemente vinculado a la lengua hispanoamericana. 

El estudio de las relaciones internacionales, historia, economía, política, sociología, antropología y lengua indica que el impulso que viene dándosele a la política lingüística panhispánica desde mediados del siglo XX apunta, hoy en día, hacia la creación de una comunidad de países (naciones) unidos por la lengua. 

Ese intento de Comunidad Iberoamericana congrega a aquellos países de habla hispana y lusa. Se erige como una organización internacional para la ciencia, la educación y la cultura y hace suya la idea que está justificada la unión a partir del pasado histórico y, por supuesto, la lengua  (¿Soft power de Nye?).

No obstante, la dinámica la imponen los negocios y el intercambio de mercancias. Así, sin entrar en los detalles lingüísticos entre Portugal y Brasil, absolutamente disímiles a la realidad panhispánica, el mercado que se genera para los países ibéricos es más que fundamental, mientras que del lado inverso, para los americanos no excede los 70 millones (población de España y Portugal). 

Sin embargo, ese constructo ideológico propone la creación de una nacionalidad iberoamericana, que como la europea, representaría un escenario en el que la promoción y estadarización de esta lengua estándar tenga un nuevo justificante. El botón de muestra son los flujos de cooperación, inversiones y comercio internacional.

Desde Bello, Sarmiento, Cuevo vs. Valera, por citar ejemplos de Venezuela(Chile), Argentina, Colombia, España el debate se transforma, pero no cesa...

martes, 1 de julio de 2014

El avance del cangrejo

Amaneció julio y no pudo. El tiempo no logró ser su aliado. Reflexiona igual y equivocadamente mientras el pasar, desgasta hasta las suelas de goma...

domingo, 29 de junio de 2014

La valentía del primer paso

Para empezar, lo mejor es iniciar por el principio. Claro está, para eso es menester saber dónde comienza todo.

Ante la dificultad, apela a un pedazo de papel y lápiz. Anota. Uno, dos, tres, hasta que agota los puntos. Se para, desconecta físicamente y mientras camina para salir de la habitación le va dando vueltas a la lista. Se hidrata. Se airea. Se ahuma y vuelve al lápiz y el papel. Fusiona. Edita. Agrupa. Ordena. Rescribe. Termina, deja el lápiz rodar y dobla el papel. Le sigue dando vueltas a la lista, pero ahora, concentrada. Transforma aquello en acciones y en el revés doblado y reducido en cuatro, apunta ahora en tinta, los "por hacer" organizados según el tiempo previsto para cada asunto y el lugar donde supone que debe realizarse. "¡Lento que tengo prisa!" se repite para sí en sus vueltas y en los momentos en que se sabe bajo presión, pero con todo relativamente controlado, entiende que lo menester no es solo conocer el dónde / cómo arranca todo, sino que previo a esa necesidad de empezar (y/o en sintonía), se requiere valentía para precisamente iniciar lo que no se había resuelto o comenzado y que, el hecho de que estuviera así, sin empezar, evidenciaba: decidia, apatía, temor, trauma, incomprensión, ignorancia; valga decir, monstruosas emociones para cuyo enfrentamiento se requiere valentía.

Un guerrero necesita descansar, pero también entender que la valentía no lo es todo. La mayoría de sus batallas son contra sí y representan su forja más importante. La cortesía es clave también. El refrán que expresa que una cosa no quita a la otra es muy conocido. Pero además otro entendido una vez dijo: "en la lucha se conoce al soldado, pero en la paz al caballero" dejando más que claro el valor de esa llave. Saber por dónde empezar demanda conocimientos pero también instintos...

Lo único constante es el cambio. Muchas veces su pronóstico no es extrasensorial. Sí, es un cliché pero también una realidad. Como incluso la frase que siempre se y le repite: "¿en qué momento se transforma la constancia en terquedad?". Al respecto agrega que además de saber que esa transformación se da al no entender las las características de tus propias limitaciones, ahora cree que también se da transformación cuando no hay apoyo (pero la línea con el "victimismo" es muy delgada); porque la palabra junto al acto son siempre ingredientes de un primer paso.

La cuenta regresiva no termina sino con el olvido...

sábado, 28 de junio de 2014

Tanto nadar para morir en la orilla. Reflexiones sobre la lengua panhispánica del siglo XXI

La experiencia en el congreso fue muy buena, enriquecedora. De esas que ahora que empezó a pasar el tiempo, una vez culminado el evento, se reflexiona sobre aquello de mejor manera...

Menos mal que pudo ir al congreso en Sevilla en diciembre 2013; allá se enteró de este.

¿Hay alguien interesad@ en leer esa comunicación? A continuación el texto leído ayer viernes 27 de junio de 2014, en la sala 2 del Auditorio de Cuenca, España.

PonenciaJMezaM

domingo, 22 de junio de 2014

Al ver que ahora cecea...

Once again, he reckons English might be a solution.

sábado, 21 de junio de 2014

Constancia de momentos duros

Anoche recibió otro baño de agua fría. Se siente solo, desmotivado, frustrado. Supone que debe seguir pero lo principal, la confianza le falta... Considera que ha hecho e intentado algo y viendo que no cosecha, desespera por tener que seguir tratando sin espejo, reconocimiento ni gloria, sino al contrario.

viernes, 20 de junio de 2014

Cuestiones de política lingüística

Sigo tratando de obtener la información, pero nada. "Las cosas de palacio van despacio", y desde marzo (formalmente hablando) no se consigue mucho...

Como no conviene despotricar y dar detalles, porque en esos casos se corre riesgo de ser clasificado de terrorista, valga este "post" como registro de lo que se viene tratando: compilar la info para el toque final de la tesina y la presentación en Cuenca de la semana de arriba. 

En principio, una imagen elocuente que retoriza (por aquello del buen decir) sobre las decisiones asumidas tras la publicación de la Gramática de 2009...
De resto algunos tres textos. Un par, transcritos de documentos consultados en la biblioteca de la RAE, sobre el aporte de Bello y las ideas de "panespañol" en el trascendental año 1989, y una compilación de citas interesantes del libro El español en los flujos económicos internacionales.

Valga esta info para "multidisciplinar" el intento...

I. Memoria del Noveno Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española, San José de Costa Rica del 8 al 15 de octubre, 1989. 

COMISIÓN II Unidad y Defensa del Idioma Español
"El Panespañol"
Academia Salvadoreña de la Lengua Española
Salvador, 18 de agosto de 1989

Los diferentes esfuerzos que en los últimos años se están haciendo en los países hispanohablantes por recoger y valorar debidamente el tesoro de los aportes léxicos regionales al español general han puesto de manifiesto la necesidad de precisar la existencia y el contenido de un español general, llamado también panespañol. No se piensa en un español de Madrid o de España como modelo sino en un español que, habiéndose constituido como un fenómeno o una atmósfera espiritual sobre todos los pueblos hispanohablantes, debe ser mirado por todos estos pueblos como un modelo y como un punto de referencia para la contrastividad, en el caso de los regionalismos.
Después de esta afirmación fundamental, que consideramos no como una opinión sino como un hecho histórico, nos oponemos a la tendencia de ciertos lexicógrafos que le dan a los regionalismos una importancia demasiado emocional y casi política, en detrimento del hecho más relevante de la unidad del idioma. Los regionalismos deben considerarse como un aporte enriquecedor o imprescindible, pero no como un enemigo o como una negación de la unidad espiritual del panespañol.
A continuación proponemos un concepto de lo que se entiende por panespañol: Se entiende por panespañol el gran acervo lingüístico de los términos de uso generalizado en España y en los demás países hispanohablantes y de los conceptos esenciales que, contenidos en ese léxico, constituyen el tesoro de la cultura hispánica y son un lazo de unión entre los pueblos hispanoamericanos y una prueba viva y permanente de que el panespañol existe como una unidad espiritual.  (Pág 100)

II. "Aportación del Pensamiento Gramatical de Bello"
Luis Quiroga Torrealba -Academia Venezolana de la Lengua Española

Ramón Trujillo, en su Edición Crítica de la Gramática de la Lengua Castellana de Andrés Bello, da cuenta de las varias revisiones que llegó a realizar nuestro autor a las diferentes ediciones de su obra, aparecidas hasta 1860. Llega a precisar Trujillo, a partir de los cambios que observa como resultado de tales revisiones de Bello, “los fundamentos ideológicos que parecen haber orientado el conjunto principal de esas alteraciones desde el primer texto de 1847”.
Al señalar estos fundamentos, se refiere Trujillo, particularmente, a la desconfianza con que rechaza Bello el criterio semántico en la delimitación de las unidades de la lengua; a su preferencia por la descripción formal para explicar el mecanismo y funcionamiento gramatical; y a su oposición para aceptar el criterio logicista y el latinizante, incompatibles con una consecuente posición suya frente “al influjo de las explicaciones e interpretaciones historicistas de los hechos gramaticales”.
Fueron tales principios o fundamentos los que, continuamente revisados, pero siempre corregidos y sistemáticamente superados, supo exponer y sustentar Andrés Bello a lo largo del desarrollo de su pensamiento gramatical. Fueron ellos también los que desde su perspectiva lingüística universal, enmarcada en un amplio y concienzudo conocimiento del castellano, sentaron las bases para el estudio realmente científico y moderno de nuestra lengua, desde su Gramática llegó a alcanzar alguna trascendencia y desde que pudo ser reconocida esa maestría suya para la adecuada descripción de los valores de las formas gramaticales. Todo lo cual tendría que haber ocurrido desde esa misma época en que, justamente -como diría Amado Alonso-, llegaría a constituirse en ciencia el estudio del lenguaje.
Sobre esos principios, ya plenamente analizados por Ramón Trujillo, queremos agregar ahora nuestros comentarios, circunscribiéndonos en esta ocasión a uno de los aspectos señalados en el Tema IV de este Congreso. Nos atenemos, en la exposición, al orden en que hemos resumido las referencias de Trujillo.
1. El criterio semántico de Bello. Ciertamente, Bello desconfía de las definiciones semánticas; y en algunos pasajes de su Gramática da razones no tanto para evitarlas como para rechazarlas y criticarlas. Sus puntos de vista, sin embargo, no podrían considerarse invariablemente negativos ante ningún criterio semántico que pudiera conducir a una deslinde categorial correcto de las unidades significativas del lenguaje. Su oposición  en este aspecto se manifiesta particularmente hacia la generalizada actitud de los gramáticos de la época de definir esas categorías sin llegar a tener en cuenta una distinción precisa entre los planos que conforman la funcionalidad de la lengua desde el punto de vista lingüístico, lógico y ontológico. Tiene muy en cuenta Bello las semejanzas de significado que estas categorías presentan en relación con la realidad objetiva o natural; y sabe también, por ello, tomar las debidas precauciones para diferenciarlas delimitando acertadamente sus variadas correspondencias.
Esa actitud suya de asegurarse de un criterio rigurosamente lingüístico para dar con las entidades verbales, lo lleva a la convicción de sostener invariablemente el principio de que todo estudio o análisis gramatical de una lengua ha de tener como fin explicar los usos de la misma. Puesto que “el uso -afirma- no puede exponerse con exactitud y fidelidad sino analizando, desenvolviendo los principios verdaderos que los dirigen”. De allí esta decisiva conclusión suya cuando procede a justificar el criterio a que se ha atenido para clasificar las palabras: “A este uso, pues, han de referirse y acomodarse las diferentes clases de palabras, de manera que cada clase se distinga de las otras por las funcione peculiares que desempeñan en el razonamiento”. A lo que agrega además la necesidad imprescindible de que “los varios miembros de la clasificación no se comprendan unos a otros”.
Se trata, pues, de establecer esas unidades evitando toda interferencia de los planos del significado, y distinguiéndolas en pleno funcionamiento de la lengua, o en sus usos. Eso es, no sólo en la forma de articularse y de funcionar mediante unas determinadas reglas de combinación, sino ajustándose también a un orden jerárquico de ideas (semántico) en el acto mismo de expresar el pensamiento. Es lo que en nuestros días encontramos acertadamente expuesto en tesis como la de Eugenio Coseriu.
2. Las descripciones formales. Ha señalado Trujillo que Bello tiene preferencia por la descripción, es decir, “ajustada a los comportamiento rigurosamente comprobantes del mecanismo gramatical”.
Y en ésta, precisamente, la finalidad de las descripciones gramaticales: “Las categorías de la gramática son necesariamente formales”, ha expresado también Coseriu; y por eso la función de la gramática es siempre descriptiva y caracterizadora. A ello se atuvo Bello al aplicar, en sus análisis, el criterio lingüístico que lo guiaba. Fue preocupación constante suya la de identificar y distinguir las categorías gramaticales por medio de sus rasgos formales caracterizadores. En este sentido se detuvo asiduamente a analizar las unidades morfémicas, instrumentales, de nuestra lengua en función de un deslinde riguroso de las partes del discurso. Apuntaba, por ejemplo:
“La clase a que pertenece el sustantivo, según la terminación del adjetivo con que se construya, cuando éste tiene dos en cada número, se llama género”. “El atributo (predicado) varía de forma, según el sujeto significa unidad o pluralidad, o en otros términos, según el sujeto está en número singular o plural”. “El verbo en una clase de palabras que significan el atribuyo de la proposición, indicando justamente la persona y número del sujeto, el tiempo y modo del atributo”.
Para afrontar su análisis Bello no parecía desconocer, como se ve, los procedimientos paradigmáticos y sintagmáticos, más tarde descubiertos por Saussure; y de los que, como intuitivamente, echaba mano con no pocas ventajas y con real provecho. Caracterizar el modo verbal mediante sus rasgos gramaticales, fue una prueba de ello. De una parte, en la manera de especificarlo sintagmáticamente: “Llámase modo las inflexiones del verbo en cuanto provienen de la influencia o régimen de una palabra o frase a que esté o pueda estar subordinado el verbo”; y de otra, por el criterio “conmutativo” al determinarlo paradigmáticamente: “Las inflexiones verbales que son regidas por una palabra o frase dada en circunstancias iguales o que solo varían en cuanto a las ideas de persona, número y tiempo, pertenecen a un modo idéntico”. Es el mismo punto de vista que sustenta al clasificar al artículo dentro de los adjetivos y el pronombre personal en el grupo de los sustantivos.
Pero el análisis formal no deja de utilizarse, de otro lado, como un procedimiento definidor o actualizador de ciertas categorías. La función semántica que tienen para Bello los sustantivos propios, por ejemplo, es de características individualizadora con respecto a la persona u objeto que designan; de allí que los considere como una especie de unidad categorial autodeterminada (“Nada más personal ni determinado que los nombres propios…” -ha dicho de ellos). Pues bien, esa individualización funcional de estos sustantivos está sujeta, para nuestro gramático, a la relación formal que pueda manifestarse entre ellos mediante la oposición ausencia/presencia del artículo definido.
3. Posición ante el logicismo gramatical. El logicismo de Bello se halla vinculado, naturalmente, a su posición filosófica; es decir, al criterio racionalista -empirista que predomina, particularmente, en los años de su formación intelectual, y que luego influyera decididamente en sus obras. Estas ideas inspiraron, como se sabe, su obra juvenil dedicada al análisis de los tiempos verbales; y no dejaron, indudablemente, de constituirse en puntos de referencia permanente, aunque sustancialmente moderados, para el desarrollo de la doctrina lingüística en la que ulteriormente fundamentara la obra gramatical de su madurez. Como lo ha demostrado Arturo Ardao, privó en Bello la preocupación de aplicar sus puntos de vista filosóficos solo a los aspectos en que aquéllos pudieran conciliarse con la teoría gramatical  específica de una lengua particular; como, en su caso lo hiciera con la española. Por lo que rehuyó siempre la actitud, en prédica constante, de atenerse de manera radical a las ideas directrices de las gramáticas generales o filosóficas, que entonces señoreaban.
En este sentido, fue siempre Bello consecuente con su tesis de hallar o entrever en las relaciones de pensamiento y lenguaje, solo las necesarias, es decir, las que permitieran explicar rigurosamente el mecanismo de los usos de la lengua. Así procedió en sus ensayos de juventud al someter a fórmulas precisas el significado de las inflexiones del verbo; y fue esta también su posición en sus reflexiones posteriores sobre la naturaleza de los signos del lenguaje. Ha sido así como, al analizar su funcionamiento, ha sabido diferenciar en ellos sus valores específicos en cada uno de los planos o campos del significado: o bien al distinguir aquellos que pudieran derivarse de las leyes a que está sometido el pensamiento; o al identificar los que caracterizan al propio al propio signo por la inherente capacidad de sus funciones.
4. El criterio historicista. No siempre llegó a evitar Bello la explicación diacrónica. Lo ha hecho, limitadamente, al dar cuenta de ciertas formas particulares de la lengua española, que ya Amado Alonso ha destacado. Estos casos, sin embargo, quedaron reducidos solo a algunas estructuras morfémicas (entre ellas, los denominados demostrativos), en las que quiso halar, diacrónicamente, determinadas analogías. De lo contrario, nuestro gramático fijó siempre doctrina para rechazar la revisión historicista como explicación de rigor gramatical. Actuó en esto con aguda crítica; sobre todo al saber concebir y estimar la condición de inmanencia y conformación propia de los hechos del lenguaje, dentro de una bien definida posición sincrónica.
Ya la misma definición de idioma que Bello estampa en su Prólogo anticipa, en este sentido, y en admirable coincidencia de términos -como ha dicho Amado Alonso- la definición de lengua de Ferdinand de Saussure: “el habla de un pueblo es un sistema artificial de signos, que bajo muchos respectos se diferencia de los otros sitemas de la misma especie”. A lo que agrega, con acertado criterio, y como consecuencia de esta caracterizadora distinción, un justo deslinde de la conformación sincrónica de la lengua: “De que se sigue -afirma- que cada lengua tiene su teoría particular, su gramática. No debemos, pues, aplicar indistintamente a un idioma los principios, los términos, las analogías en que se resumen bien o mal las prácticas de otros. Esta misma palabra idioma está diciendo que cada lengua tiene su genio, su fisionomía, sus giros; y mal desempeñaría su oficio el gramático que explicando la suya se limitara a lo que ella tuviese de común con otra, o (todavía peor) que supusiera semejanzas donde no hubiese más que diferencias, y diferencias importantes, radicales. Una cosa es la gramática general, y otra la gramática de un idioma dado: una cosa comparar entre sí dos idiomas, y otra considerar un idioma como es en sí mismo”.
Punto de vista éste que parece advertir la presencia del análisis comparado y el histórico, que para entonces inician ya su infujo; y ante los que solo faltaba el pertinente señalamiento del lugar que, con respecto a ellos, habría de tomar el análisis sincrónico. Señalamiento que, con completa certidumbre de su significado, valor y vigencia, ya reparamos también en uno u otro pasaje de la obra de Bello; como en los siguientes:
“…Desde que la elipsis se hace genial de la lengua, y preferible a la expresión completa, las palabras entre las cuales media contraen un vínculo natural y directo entre sí. La palabra tácitamente; deja de haber elipsis. La elipsis pertenece entonces a los antecedentes históricos de la lengua, no a su estado actual”.
“¿Y qué diremos de una teoría que no se adapta a lo que es hoy la lengua sino a lo que se supone que fue?”. “Ver en las palabras lo que bien o mal se supone que fueron y no lo que son, no es hacer gramática de una lengua sino su historia”.
No podía hablarse, pues, de otra manera de la valide e importancia del pensamiento gramatical de Bello en cuanto a lo que ha significado para el conocimiento y estudio de la lengua castellana, si ella ya se asienta en el rigor metódico de los principios y procedimientos en que habría de sustentarse la lingüística contemporánea.

III. JIMÉNEZ, Juan Carlos y Aránzazu NARBONA (2012): El español en los flujos económicos internacionales. Madrid: Ariel/Fundación Telefónica

El libro está dividido en siete capítulos, en 265 páginas. Se incluyen algunas citas de los primeros dos capítulos.

C1        Introducción
C2        El PIB del español en mundo: un ancho mercado común
C3        Lengua y distancia
C4        Los modelos de gravedad aplicados al estudio de los flujos económicos
C5        El español en el comercio internacional
C6        El español en los flujos de inversión directa extranjera
C7        Recapitulación: El español como instrumento de la internacionalización

C1 Introducción
La lengua es, ante todo, un instrumento de comunicación. Su función más primigenia es servir como sistema de interrelación entre los seres humanos. Desde el puntos de vista de la economía: la posibilidad, como ya intuyó Adam Smith hace más de dos siglos, de especializarse y comercializar.
Al preguntarse por “el principio que motiva la división del trabajo”, Adam Smith concluyó que es la consecuencia de “la propensión a permutar, cambiar y negociar una cosa por otra”; una propensión que, a su vez, “como parece más probable, es la consecuencia de las facultades discursivas y del lenguaje”. La lengua, por tanto, es lo que distingue al ser humano del resto de las criaturas: es lo que le permite cooperar, comerciar y, de ahí, especializarse (p.9)
Hubo que esperar casi dos siglos para que un notable económetra, Jacob Marschak (1965), definiera el lengua (“la lengua, oral o escrita”) como “el más desarrollado sistema de comunicaciones entre las organizaciones humanas”: un medio de intercambio, una especie de moneda única cuyo uso reduce los costes de transacción. Aunque la contribución germinal de Marschak haya dado pie…al desarrollo de un campo científico denominado “Economía de la lengua”…, lo cierto es que a la lengua le ha costado abrirse camino dentro de los causes del análisis económico.
Su carácter intangible le ha hecho comúnmente invisible al análisis económico. Pero hay otras razones. La economía neoclásica -y, con ella, la corriente central del pensamiento económico- se ha construido, desde hace siglo y medio, sobre la base de tres grandes factores productivos: capital, trabajo y tecnología. Y la lengua encaja difícilmente en este esquema analítico.
Por un lado, la lengua es, ante todo, una tecnología social de comunicación, si bien ha sido vasta comúnmente, por decirlo de un modo actual, como una especie de software libre, sin costes -aunque sí los tiene de acceso- y, por tanto, sin retribución específica dentro del producto (esto es, del PIB, totémica medida de lo que vale y lo que no en economía). (p.10)
Por otro lado, la lengua, en tanto que destreza comunicativa, es parte del capital humano, y, por tanto, del factor trabajo tal y como hoy se concibe: de este modo, el conocimiento de varias lenguas -o el buen uso de una- se monetiza en el mercado de trabajo, al igual que lo hace cualquier otra habilidad educativa.
La lengua también contribuye a la formación de capital: pero no del capital físico, en la concepción neoclásica, sino del capital social, ese “pegamento social” -en la acepción de Robert J. Putnam (2000)- en forma de redes de relación y lazos de confianza que tanto contribuye al crecimiento, como se reconoce cada vez más ampliamente en la literatura, aunque siga siendo en todas sus facetas -y, por supuesto, en esta de la lengua- tan difícil de cuantificar.
Edward P. Lazaer (1999) ha sostenido que “una cultura y un lenguaje comunes facilitan el comercio entre los individuos”, lo que hace que éstos “tengan incentivos para aprender otras lenguas y culturas con el objetivo de tener así  mayor conjunto de potenciales socios comerciales”. Que la lengua -una lengua común- tiene valor económico como factor de aproximación y, por tanto, de intercambio y de creación de riqueza, parece fuera de toda duda. De igual modo que empobrece no contar con ella. Bien lo sabe cualquier inmigrante que llega a un país de lengua diferente y sufre, al menos hasta que la domina, la “sanción” económica, en el acceso al empleo o en forma de menores salarios, que conlleva su desconocimiento (José Antonio Alonso y Rodolfo Gutiérrez, 2010). (p.11)
“Una lengua común provee una herramienta de comunicación y permite, igualmente, un mejor conocimiento de las normas culturales, en la medida en que una lengua refleja diversos aspectos de la cultura. A través tanto de la comunicación directa como de los canales culturales, una lengua común contribuye a facilitar el comercio entre los países y el desarrollo de proyectos conjuntos […] La comunicación personal también afecta la inversión directa extranjera, debido a que reduce la asimetría de información entre los interlocutores nacionales y extranjeros (…)” (OCDE, 2008)
Algunos autores, como Krishna S. Dhir (2005), han buscado el paralelismo entre una lengua y una moneda común, atribuyéndole a aquélla las tres funciones tradicionales de ésta: medio de cambio (en este caso, de intercambio, de comunicación), depósito de valor (de un intangible que conforma la identidad de los pueblos) y unidad de cuenta (de traducción en signos orales o escritos de la creación científica o cultural). La analogía entre un idioma común y una moneda común, traída anteriormente a colación por Jack Carr (1985) con otros fines interpretativos -demostrar la tendencia al monopolio que tienen todos los idiomas-, ilumina una vía de análisis para el estudio de los beneficios económicos de la lengua, en la medida, sobre todo, en que un idioma común elimina, como una moneda común, una parte de los costes de transacción de todo intercambio (Breton, 1998; Reksulak, Shughart y Tollison, 2004). (p.12)
Las tres grandes funciones económicas que se le pueden asignar, en principio, a una lengua:
·      Primero, como destreza o herramienta de comunicación social: de hecho, como la más antigua y poderosa tecnología de comunicación social con que ha contando el ser humano.
·       Segundo, como elemento identitario: la lengua constituye igualmente un atributo de identidad colectiva y un factor de socialización que condiciona el estatus socioeconómico de los individuos y ayuda a extender los lazos de confianza entre estos.
·      Y, tercero, como soporte creativo, como gran “materia prima del conocimiento” que se plasma en múltiples manifestaciones intelectuales y artísticas y, en última instancia, en todo un conjunto de industrias culturales. (p.13)
El poder económico de una lengua común -creciente con el número de sus hablantes- se deriva básicamente de tres cualidades económicas de ésta que potencian los intercambios (José Luis García Delgado, José Antonio Alonso y Juan Carlos Jiménez, 2008):
·     * En primer lugar, como bien de club que difunde externalidades de red (acumulados efectos indirectos sobre terceros que no son contemplados en la función de decisión de quien los genera) y permite, con ello, multiplicar el potencial comunicativo de una colectidad.
·       * En segundo lugar, la lengua como reductora de los costes de transacción (aquellos en los que incurren los agentes para formalizar y cumplir los contratos, expresos o tácitos, sobre os que se fundamente la actividad económica), al modo en que lo hace una moneda común o el levantamiento de una barrer comercial.
·       * Y,  tercero, aunque no deje de ser una faceta de la cualidad anterior, como amortiguadora de la distancia psicológica entre los mercados, un concepto que remite a la Escuela de Upssala: compartir una lengua, compendio muchas veces de otras afinidades culturales e históricas, es un factor explicativo de la implantación, directa o comercial, de las empresas en otros mercados y de los propios movimientos migratorios, tan sensibles también a las posibilidades de inserción en el país de acogida. (p.14)
Ante la pregunta de “cuánto vale una lengua” es fundamental seguir el consejo machadiano de no confundir neciamente valor y precio. Porque la lengua es un bien muy complejo, cuyo valor no siempre pasa por el mercado; es más, en raras ocasiones lo hace. En muchas de sus facetas, no tiene un precio explícito, y, en las que sí lo tiene, éste no suele reflejar todo lo que vale para el conjunto de la sociedad. La lengua es un bien del que disfrutamos sin pagar -una vez que hemos accedido a su conocimiento, muchas veces, como sucede con la lengua materna, con un coste sólo tácito, o muy difuso-, que no se desgasta con el uso, antes al contrario, y tanto más útil, y por tanto valioso, cuanto más personas lo compartan. Es, ante todo, un bien público de club, cuya valoración privada y social no coincide. No es, en todo caso, un bien libre, como el aire o la luz del sol: aunque no tiene, como estos, costes de producción, sí los tiene de acceso. Pero, en cierto modo, tratar de medir su valor a través de los precios de mercado de los productos que incorporan lengua sería como valorar la luz del sol a través del precio de la energía obtenida en paneles, como si éste fuera todo su valor económico, por más que se le sumase el ahorro diurno de consumo eléctrico en iluminación que el astro evita. (p.15)
El valor económico de una lengua -y el del español que aquí más nos interesa- requiere, pues, un plano de análisis más plural que singular, en tanto que una lengua común encierra muchos “valores”, tantos como facetas, y esto no es reductible a una simple magnitud escalar, a un número mágico (sea éste el célebre “15% del PIB”, o cualquier otro), que siempre será reflejo de unos limitados instrumentos de medida. Un enfoque más dinámico y relativo que estático, por cuanto todas las lenguas “valen”, y lo verdaderamente crucial es dilucidar cuánto aporta -como plus- una lengua al crecimiento de las magnitudes económicas, y cuánto puede hacerlo en el futuro si se saben aprovechar sus ventajas. Y más internacional que sólo nacional, en la medida en que las lenguas conforman condominios lingüísticos de dimensión transnacional, y es en los intercambios entre países donde se manifiesta más claramente su valor, y la ventaja de unas lenguas sobre otras.
Darle a la lengua un valor económico reflejado en una única cifra es, sin duda, una entelequia. Las lenguas son vehículos de comunicación interpersonal y, como tales, puede decirse que toda la actividad económica depende de ellas. El equipo encabezado por Ángel Martín Municio (2003) cifró en el 15% del PIB el valor del español incorporado en los bienes y servicios producidos cada año, cálculo que ha sido recientemente refrendado al alza en el nuevo estudio de Francisco Javier Girón y Agustín Cañada (2009). Pero ésta es sólo una de las facetas en que puede valorarse un idioma. De hecho, si lo que interesa es conocer el valor diferencial del español como gran lengua de comunicación internacional hay que acudir al estudio de sus efectos multiplicadores sobre los grandes flujos migratorios, comerciales y de capitales. (p.16)
C2 El PIB DEL ESPAÑO: UN ANCHO MERCADO COMÚN
Donde hay una lengua común, hay un mercado también común (desde luego, comunicado), como el que ayudan a conformar -de un modo más reconocido- una moneda única o un espacio económico sin barreras comerciales. Otra cosa es que la economía no lo haya tenido expresamente en cuenta; esto es, que no lo haya incorporado a sus modelos, al menos hasta ahora.
EL “PIB DEL ESPAÑOL”
En una red de interacciones lo que cuenta, en primer lugar, es el número de nodos que la componen. En el caso de la lengua, esa primera medida de tamaño viene dada por el número de sus hablantes; por dos motivos: uno es el factor multiplicativo, de carácter potencial, que tiene cada nuevo individuo que se incorpora a una red de hablantes. El cálculo es sencillo: en una comunidad lingüística de n individuos las posibilidades de interacción binaria, es decir, entre cada dos de ellos, es de n(n-1); con lo que cada individuo añade 2n potenciales interacciones. Otra razón, sumada a esta, es la capacidad de la lengua para generar lo que en economía se llaman externalidades de red: acumulados efectos indirectos sobre terceros -en el caso de la lengua, casi todos positivos- que no son contemplados en la función de decisión de quien los genera, lo que hace que la utilidad que un usuario dado obtiene de un bien dependa de forma creciente del número de otros usuarios que están en la misma red. Este rasgo confiere a la lengua el carácter de bien de club (o supercolectivo), e implica que el valor de pertenecer a un grupo lingüístico -a un “club”; el del español- aumenta con el número de sus “socios”. (p.22)
Hay un segundo e importantísimo factor, además del puramente demográfico, que tiene que ver con la intensidad potencial de esas interacciones. Cuando se habla de potencia económica, es la renta, la capacidad de compra de los hablantes, lo que multiplica de verdad los intercambios, las transacciones mutuas. Un mercado puede ser amplio por el número de los que concurren a él, pero lo que lo dota de profundidad y de auténtica magnitud son las cantidades y el volumen de las transacciones, que dependen, más bien, de la renta de los concurrentes. Cabe incluso introducir un tercer elemento, complementario de los anteriores, que ayuda a percibir la auténtica medida del valor de una lengua: su carácter internacional. Desde este punto de vista, el español puede calificarse como segunda lengua internacional de relación; tras el inglés, claro, pero por delante del chino, al que aventaja en cosmopolitismo. La prueba está en la pujanza del español como “segunda lengua” preferida de aprendizaje en todo el mundo, con Europa y Estados Unidos a la cabeza.
Si el número de hablantes señala la anchura del mercado abierto por una lengua común, la capacidad de compra de estos es lo que determina su profundidad. (p.23)
El carácter compacto o disperso del condominio lingüístico de que se trate, por cuanto la comunidad de lengua es un factor de aproximación intangible, y solo virtual, que puede tener en la distancia física (o geodésica) una barrera limitativa que impida, o reduzca drásticamente, la materialización de sus ventajas (por más que el desarrollo de las comunicaciones haya convertido este factor, en buena medida, en secundario).
La lengua, en suma, puede acortar distancias, pero no suprimirlas; y puede ayudar a saltar las fronteras económicas, pero no derribarlas sin más. Subráyese, de momento, que el español, como lengua, hoy, americana, se distribuye de un modo relativamente compacto sobre el territorio de este continente, y eso es una ventaja; pero entre países con frecuentes carencias de desarrollo y cuya integración económica -como el grado de calidad institucional que condiciona igualmente los flujos económicos de todo tipo- está, en general, lejos de ser satisfactoria. (p.24)
La parte fundamental del condominio hispano se corresponde con el grupo de dominio nativo. La razón es que el español es hablado por casi el 97%. En Paraguay, donde poco más de dos tercios de los habitantes domina el español, y Bolivia, Guatemala y Perú, con proporciones en torno al 87%, debido también a la importante presencia de lenguas indígenas. Por encima está Guinea Ecuatorial, cuyo cociente de hispanohablantes se sitúa en torno al 90% de la población. En el resto de los países, lo común es que roce o supere el 99%. (p.27)
He aquí, pues, un primer e importante rasgo de la cartografía del español descrita por Moreno y Otero: su compactibilidad geográfica. El condominio del español no solo goza del continuum de 19 repúblicas a lo largo del subcontinente americano, sino que, además, a diferencia de otras lenguas más diseminadas, es, casi, sin excepción y abrumadoramente, la lengua vehicular utilizada por (…) los habitantes que pueblan los territorios en que es lengua oficial. A esta característica se le une otra, muy importante desde el punto de vista lingüístico -y económico-, en comparación con otras grandes lenguas del mundo: su relativa homogeneidad, con muy altos grados de comunicatividad -posibilidad de entendimiento mutuo-, y muy bajos de diversidad a lo largo de todo el condominio hispánico, lo que no es incompatible con una amplia convivencia con otras lenguas. Una gran “unidad lingüística”, fruto en gran parte de la continuada labor de las Academias a uno y otro lado del Atlántico, que facilita la capacidad del español para conformar un mercado igualmente “común”. (p.28)
En las cifras de aumento del grupo de dominio nativo del español en los últimos diez años, cercanas al 10%, han influido tanto el crecimiento vegetativo de la población como la extensión de nuestra lengua dentro de los propios países hispanohablantes, particularmente en Iberoamérica, donde los niveles previos ya eran muy altos. Y sin que los intensos movimientos migratorios que han seguido partiendo de esta zona hacia países de otras lenguas -con Estados Unidos como destino prioritario- hayan reducido, antes al contrario, las cifras de conjunto. No es aventurado, pues, atribuir a la ya citada unidad lingüística del español una función amalgamadora de primera entidad.
Una parte esencial del futuro del español se juega en la extensión de su enseñanza por el mundo, en respuesta a una demanda que, desde hace tiempo, refleja la percepción que millones de personas tienen de su valor como lengua de futuro. Los 14 millones de estudiantes de español como lengua extranjera que estima el Instituto Cervantes la convierten en la segunda más estudiada del mundo, por detrás tan solo del inglés; además, un rasgo común en todos los países que se consideren es la tendencia creciente de la demanda de español como lengua extranjera. Una demanda en muchos casos insatisfecha, pero que, en una industria que obedece tan claramente a los impulsos del mercado (de lo que se percibe como útil y por lo que se está dispuesto a pagar y a sacrificarse), ofrece una prueba algo más que indiciaria del valor económico del español. (p.29)
La prueba de la prudente ponderación que aquí se hace de la contribución del universo hispano de Estados Unidos al “PIB del español” en el mundo es que esos 798 millardos de dólares tan solo suponían, en 2006, el 5,9% del PIB norteamericano (cuando su proporción en la población norteamericana se aproximaba, en esa fecha, al 15%). En una estimación alternativa: véase la nota al pie del gráfico 2.3), ello supondría el 7,7% del PIB de Estados Unidos. (p.30)
Este “PIB del español”, no obstante, se reparte geográficamente con parecida asimetría a la que prevalece en la distribución internacional de la renta dentro de buena parte del condominio hispánico.
Así, dos grandes áreas concentran la parte fundamental de ese gran poder de compra: la que conforman México y Estados Unidos -más Canadá, por incluir toda Norteamérica (o el Tratado de Libre Comercio de América del Norte)-, por un lado, y la Unión Europea -con España, obviamente, a la cabeza-, por otro. Ahí están más  las tres cuartas partes (el 78%) del “poder de compra” de los hablantes de español. Esto o es algo que deba pasar desapercibido: el futuro de la fuerza económica del español está muy ligado al progreso económico de los casi 200 millones de hispanohablantes (prácticamente la mitad de los contabilizados en el mundo) cuto poder de compra apenas si alcanza al 22% del total. Como también está ligado al más equitativo reparto de la riqueza dentro de cada uno de nuestros países, habida cuenta, sobre todo, de que en Iberoamérica subsisten algunas de las ratios de desigualdad más extremas del mundo.
Al poner en relación el PIB global “en manos” de los hablantes de español a la altura de 2006 con la cifra de PIB mundial ofrecida por el Banco Mundial para el mismo año de referencia (48,5 billones de dólares) se estaría, con la prudente estimación previa del “poder de compra” hispano en Estados Unidos, ante el 8,7% del PIB mundial: y, con el factor de elevación antes explicado, ante el 9,2%.  (p.32)
Lo que significa ese “PIB del español” es “poder de compra en español”. O, dicho de otro modo, en qué se materializa este desde el punto de vista económico. Porque, siento un factor de potencial provecho, no es en modo alguno una medida precisa -sino más bien hiperbólica- del valor económico de nuestra lengua. Lo es, si acaso, de algunas posibilidades, añadidas a las actuales, de aprovechamiento comercial, particularmente en las actividades más ligadas a la lengua y a la cultura en español. Puede decirse, valga el retruécano, que no es lo mismo el “PIB del español” que el “español en el PIB”.
EL ESPAÑOL EN EL PIB
La expresión “español en el PIB” remite al ya famoso, por repetido en múltiplesforos, “15% del PIB” en que cifró el equipo el equipo dirigido por Ángel Martín Municio (para 2004) el valor económico del español; cálculo que ha sido refrendado, con matices al alza, por la actualización llevada a cabo por los profesores Francisco Javier Girón y Agustín Cañada (2009) (recuadro 2.2). (p.34)
refleja, de acuerdo con el procedimiento de cálculo que está en su base, la parte del producto global compuesto por bienes y servicios que son enteramente lengua (edición, telecomunicaciones, servicios artísticos) o por otros que, no siéndolo, la incorporan como insumos -valorando la parte correspondiente a través de los “coeficientes de lengua”- en sus respectivos procesos productivos. Una medida, en todo caso, con componentes arbitrarios, al basarse en supuestos acerca de lo que es o no lengua dentro del producto que incorporan valoraciones subjetivas; y, por otro lado, seguramente muy parecida en la mayoría de los países, al menos en los que comparten un nivel de desarrollo y una estructura productiva similares a los de España. De modo que si los hablantes de español en el mundo manejan una cifra del producto (y, por tanto, de la renta y el gasto) próxima a los 4,5 billones de dólares, y el 15% es una suerte de “proporción áurea” del valor de la lengua (cabe suponer que algo menos en los países iberoamericanos más atrasados, en los que aun tienen gran peso las actividades primarias), bastaría con una simple multiplicación para situar en cerca de 700 millardos de dólares el valor del español en el PIB mundial. Pero ¿significa esto algo realmente, desde el punto de vista de la potencia económica de una lengua?
Conviene no llamarse a engaño: una cosa es el contenido en lengua de la producción anual de bienes y servicios de un país o de un conjunto de países -algo sujeto, además, a unos presupuestos metodológicos que condicionan su alcance y significación-, y otra muy distinta lo que puede llega a impulsar una lengua común los intercambios económicos. Por un lado, una parte fundamental de ese mágico “15%” se compone del valor de los servicios producidos en el país, pero no susceptibles de intercambio internacional (piénsese en la educación, la sanidad o la administración pública). Y, por otro, disponer de una herramienta común de comunicación como la lengua puede potenciar los flujos de bienes y de servicios que, en principio, no están “compuestos” de lengua: desde el comercio agroalimentario al establecimiento en otros países de empresas energéticas, por poner dos simples ejemplos. (p.36)