Es una decisión odiar
cocerse en su bilis
y curar así lo inaceptable.
Día tras día se confirma
que sin clasificación
definir no es fácil.
El miedo, la cobardía
el conformismo, la ira
impulsa lo que sabía.
Soberbia ciega justificada
que solo daña a uno mismo
y promueve la venganza.
Auto-convencerse funciona
libera cuando incauto
se acepta, se cree, se deja llevar.
¿Dónde están los frutos?
¿Cómo se presume de lo bailado?
¿Quién me salva?
Eterno dilema entre constancia y terquedad.
¿Qué quiero? ¿Qué hago? ¿Qué busco?
¿Por qué sigo? ¿Qué espero? ¿De quién y por qué si no de mí?
Adentro hay mucho eco. Está vacío.
Se agotó. Escasea.
Mientras que afuera todo sigue igual.
¿Cómo se forma parte del todo?
Ante una crisis, la desconexión, el trauma que deliria
¿Quién se perjudica?
¿A dónde cojo con esta pata hinchada?
Cargado, quebrado y sin estética, gracia ni recursos
no queda más que arrodillarse, aceptar, sucumbir, pero nada cambia.
La arrechera crece frente a un espejo que no la refleja,
ignora que está allí, pero la vanidad de ella le impide alejarse y sigue tratando de verse
como esperando que alguien venga y le diga algo.
Es la ausencia, el descrédito, la seudo excretación.
¿Cómo clasificar? Ergo el odio colectivo, resentimiento, isla.
El rompecabeza del puzzle está ahí y no pasa nada.
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